Autor: Álvarez, Faustino F.. 
 El estado de la nación. 
 Rodríguez Sahagún, mozo de estioques     
 
 Ya.    11/06/1986.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 1. 

URNA O ESFINGE

Rodríguez Sahagún, mozo de estoques

FAUSTINO F. ALVAREZ

UNO tiene la impresión subconsciente de haberlo visto en alguna película de cine mudo, andando con

pasitos veloces, volviendo el rostro como si alguien lo persiguiese, algo cómico, un poco misterioso. Es la

imagen del escudero perfecto y siempre apareció como el convencido mayor de la estrategia de Adolfo

Suárez, ante la que se comporta con una incondicional lealtad. Su currículo es el de un empresario

luchador que echa una cana al aire con la política porque está aburrido de tanta productividad y tan

tedioso control de costes. Anda por el mundo de las finanzas con la seguridad de quien se conoce muy

bien el reglamento, y lo que más le gusta es entrar con la lupa en los libros de una empresa y, de acuerdo

con el cliente, que siempre tiene la razón, pasar del arado romano a la fibra óptica. L,a empresa que

intentó transformar de un modo más radical fue este país, la convivencia nacional, las viejas costumbres,

la losa de tantos siglos de abigarrada rutina, aquellos cuarenta años sin libertades aún coleando. Pero la

empresa, que era la UCD, había comenzado con un proyecto histórico y terminó en una orquesta en la que

cada músico tocaba una partitura distinta y a la hora que é¡ mismo elegía. Era una oportunidad cuyo

balance había dado más dolores de cabeza que satisfacciones, y cuando todos creíamos que Agustín

Rodríguez Sahagún volvía a sus asuntos, tras la excursión, él nota que el veneno de la política se. le

enredó en las neuronas como una liana y que algo había cambiado su vida, sin caerse del caballo y sin

poder regresar a la época en que obtenía todas las matrículas de honor y coleccionaba cada curso, el

número uno que ya le reservaban desde las primeras jornadas académicas en los escolapios de Bilbao y en

las universidades de Deusto y Valladolid. De sus años de ministro de Industria y Energía, primero, y de

Defensa, después, le queda la sensación de que el camino que había intuido en aquella selva aún está

virgen, y, además, está convencido de que se trata del camino más directo y más fácil hacia la felicidad. A

diferencia de la mayoría de los políticos, más blandos, Rodríguez Sahagún sigue el rastro de su razón

hasta el último instante; es el rayo que no cesa, y está orgulloso de que Miguel Boyer le haya dicho que,

en la legislatura recién cerrada, las críticas más duras en materia económica fuesen las suyas. Era casi un

francotirador, el capitán de granaderos del pequeño ejército del duque de Suárez, un batallón con pocos

hombres, con mucho amor propio y con una estrella reciente que parpadeaba, con más o menos fuerza,

pero siempre viva, frente a esos millones de personas que, al mismo tiempo,

son opinión pública y electores potenciales. De Rodríguez Sahagún se han contado, como de todo hombre

público, muchas y muy variadas historias, pero donde nadie pudo meter la daga, porque no existía la

mínima fisura, era acero bien soldado, fue en su permanente servicio a aquello que Adolfo Suárez fuese

olfateando en la travesía: un giro hacia la izquierda, el respeto institucional hacia el sucesor en la

Moncloa, el silencio sepulcral sobre el 23-F y ahora, en plena campaña electoral, la veda que se levanta

y.el sálvese quien pueda, dialécticamente, claro. Cuando le hablan de su lealtad al ex presidente,

Rodríguez Sahagún asiente, pero añade un nuevo dato como norte de su brújula política1 tos miles de

ciudadanos que están ilusionados con los ía española y a los que hay que tutelar e invitarlos a ver los

balazos de Tejero en el Congreso cuando pasan por Madrid, mientras los hijos quedan en el Parque de

Atracciones. Ante la deserción de los «barones» y de los «fontaneros», Agustín Rodríguez Sahagún se

muestra horrorizado por lo que él denomina «una traición bastante

generalizada», mientras espera, con solemnidad, que la historia haga justicia y, sí puede ser, cuanto antes.

Tiene claro que, para entenderse políticamente con alguien, primero debe existir una buena sintonía

humana porque, incluso en la gobernación del país, muchas veces se encuentran las soluciones en el clima

de sosiego y de confianza de un cuarto de estar. Cuando lee el periódico, cada mañana, y encuentra algún

paso adelante del Gobierno de Felipe González, Agustín piensa para sus adentros: «Esto mismo lo

hubiésemos hecho -nosotros, y aún mejor, de haber tenido la suficiente fuerza parlamentaria.» Ahora, en

el CDS, tiene algo del veterano mozo de estoques de un torero a quien conoció en las capeas y que, tras

una peripecia de triunfo, éxito y ruina, vuelve a los ruedos y necesita que le digan desde el callejón, entre

sol y moscas: «Maestro, no han pasado los años; sigues sin tener sustituto.» Entonces, Adolfo le sonríe y

le vuelve a ofrecer, humanamente, políticamente, el asiento de la diestra.

 

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