Autor: Sainz de Robles, Federico Carlos. 
   El futuro, contra el miedo     
 
 Ya.    14/06/1986.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

Sábado 14 de junto de 1986

ya

TRIBUNA ELECTORAL

El futuro, contra el miedo

FEDERICO CARLOS SAINZ DE ROBLES

UNA sociedad libre ha de ser, por su propia naturaleza, una sociedad sin miedos. Naturalmente, el ser

humano es complejo. Por lo que no es cosa de entrar en sus recónditos entresijos psicológicos; cada ser

humano tiene sus propios y particulares miedos espontáneos, por lo que es comprensible su pretensión de

que, por añadidura, no se le abrume desde fuera con razones objetivas para acrecentar el temor.

De ahí que el ciudadano, en las sociedades maduras y democráticas, persiga la seguridad como objetivo

inherente al bienestar. Pero la seguridad es en gran medida antinómica de la libertad. De forma que el

político, el que acepte la sagrada función de proponer designios colectivos y de tratar de materializarlos,

haya de buscar un equilibrio entre ambos conceptos, seguridad y libertad.

La sociedad totalmente segura, sin grado alguno de incertidumbre, sólo existe en los regímenes

totalitarios. Por el contrario, la sociedad plenamente libre tan sólo es imaginable en una utópica Arcadia

anarquista. Es, pues, en el entremedio de estas dos posturas donde los liberales hemos de movernos: en

una sociedad cuyo Estado garantice la seguridad hasta donde no se limite o condicione la libertad. El

«Estado-bienestar», un invento socialdemócrata que, sin embargo, es ya patrimonio de todo el Occidente,

es la constante búsqueda de este difícil equilibrio.

Libertad sin constricciones

Los liberales, ocioso es reseñarlo, creemos que el individuo sólo puede alcanzar la felicidad en un clima

de libertad. Sin embargo, somos conscientes de que esa libertad sólo es posible cuando el Estado otorga

unos grados determinados de seguridad. La cuestión es obvia: el ciudadano libre debe poder ejercitar su

albedrío sin temor a los delincuentes; ha de estar facultado para trabajar y progresar sin el miedo perma-

nente a un generalizado desempleo, a la marginación, al hambre física en algunos casos. Y es el Estado —

la política, en suma— el que ha de garantizarle esa posibilidad de ser libre sin constricciones.

Por ello, en democracia, ser libre es no temer al futuro, sobre todo a

aquellas facetas tenebrosas del porvenir sobre las que el ser humano no puede influir por sí solo: el

empresario que se arriesga a formalizar un nuevo proyecto tiene miedo, sin duda, del fracaso, pero él sabe

que poniendo todo de su parte triunfará; domina, pues, su propio futuro. El futuro indomeñable es,

pongamos por caso, aquel que se cierne amenazador en caso de enfermedad si el individuo no tiene

garantizada una buena asistencia sanitaria, o el que le sobreviene cuando no hay relación entre su esfuerzo

personal y los resultados que obtiene porque el Estado se entromete en el porvenir con su

intervencionismo.

Todo esto se compendia en la formulación del Estado que hacemos los liberales: el Estado debe llegar a

garantizar una seguridad que no sea incompatible con la libertad. La iniciativa privada ha de alcanzar

hasta donde sea posible; la iniciativa publica, hasta donde sea necesaria.

Actividades que no competen al Estado

Paradójicamente, estamos viviendo en un clima en muchos aspectos opuesto a este desiderátum: el Esta-

do, en España, construye barcos, exporta bienes de consumo, gestiona transportes, fabrica alimentos, mo-

nopoliza algunos aspectos de la comunicación... Realiza, en fin, activi-

dades que no le conciernen, que podría hacer mejor y más barato la iniciativa privada, y que, por

añadidura, hacen la competencia más desleal a los arriesgados empresarios que pretenden crear riqueza en

estos ámbitos. Y, por el contrario, abandona actividades que sí le son propias y obligadas, dejando

desprotegido al ciudadano: no ataja como debería la inseguridad; no pone las condiciones económicas

para que la iniciativa privada crezca y se desarrolle; no facilita la pluralidad educativa, poniendo trabas a

la libre y espontánea creación de centros; no acaba de liberar el sector de la comunicación; no atiende

sanitariamente a la ciudadanía como resultaría deseable...

Todo ello coarta la libertad, sin entregar a cambio mayores,dosis de seguridad. Tan evidente incompeten-

cia es el pesado lastre que hemos de arrostrar los españoles. Y si sentirse libre es constatar que uno puede

influir en el futuro, hay que reconocer que, por causa de las innumerables trabas opuestas por el

paternalismo socialdemócrata, no somos tan libres como debiéramos.

Aceptar los riesgos

Yo no dudo de que hay, de que ha de haber, sin duda, personas que entregarían su libertad a cambio de la

plena seguridad, porque siempre ha habido gentes con vocación de siervos. Pero tengo la certidumbre de

que la inmensa mayoría de los españoles prefieren afrontar el futuro con riesgos a aceptar sin más la

mediocridad del presente. Y creo que son muchos más quienes tienen vocación de libres que quienes

optan por la pasividad servil.

Por eso, el mensaje reformista se dirige a todos los españoles, con la certeza de que será atendido por la

mayoría. Porque es una mayoría la que quiere ver despejado su camino de progreso, un camino que debe

forjarse —todos lo sabemos— por el esfuerzo personal del día a día. Aunque, eso sí, con la seguridad de

que nadie vendrá a arrebatarnos, en nombre de una extraña burocracia, la cosecha de nuestro trabajo.

Federico Carlos Sainz de Robles, del PRD.

 

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