Autor: Álvarez, Faustino F.. 
 El estado de la nación. 
 Alfonso Guerra, la fuerza de la duda     
 
 Ya.    14/06/1986.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 1. 

URNA O ESFINGE

fuerza

FAUSTINO F. ALVAREZ

DICE Alfonso Guerra que va de oyente, pero no de mudo de la película. Eso se puede comprobar. El

rostro es el arsenal donde guarda sus armas más temidas y más odiadas. Un rostro anguloso, con los ojos

sorprendidos que se enmarcan en unas gafas enormes, con la sonrisa de mil matices a instancias de unos

músculos de prodigiosos reflejos. A veces da la impresión de que está harto de representar su papel, la

ingenua ferocidad verbal, e! agresivo ingenio para allanar los caminos a otros, los resjduos de aquel actor

aficionado que representaba «La sangre de Dios», de Alfonso Sastre, y «El rinoceronte», de lonesco, entre

los estudiantes de Sevilla. Con Felipe González forma el dúo nacional más temido y adulado de estos

tiempos, y siempre dice que, antes de romper con su amigo o antes de enfrentarse, se ¡ría a casa. Ha sido

la guindilla del tedio parlamentario, con lengua suelta un poco de córrala e inteligencia de matón

dialéctico que se encuentra muy a gusto en el esperpento y que, improvisando, hace camino al hablar. Se

considera agresivo exclusivamente por tímido y, además, el cliché le funciona bien, y ahí está, en la

Moncloa, haciendo realidad el sueño de aquellos jóvenes del grupo sevillano que, hace veinte años,

decidieron, en una reunión que duró varios días, lo que iban a hacer políticamente para llevar el país a su

huerto. El socialismo tenía, entonces, los pies en Asturias, en el País Vasco, en el grupo de abogados

madrileños, pero, a juicio de Alfonso Guerra, el corazón estaba en el sur: una tierra arrasada que renacía

con aportaciones ideológicas modernas y con unos muchachos que habían ido a Alemania, a Suecia o a

Noruega a interesarse por las campañas electorales... Sus adjetivos son como rejones: la derecha es

cavernícola, la izquierda es ficticia y los discursos del centro son de un tercermundismo revolucionario.

Es un poco como El Platanito, aquel torero efímero, ante el diccionario de don Julio Casares. Da la

impresión de que los diez millones de votos de 1982 son cosa suya porque, bajo la apariencia de

doméstico de Felipe, de «mozo de cuadra del jockey F. G.», tiene la sensación de que es imprescindible, y

por eso periódicamente azuza la hoguera de su retirada, como una amenaza de que no siempre va a estar

allí haciendo el papel, tal como lo calificó el «Time», de cocinero del «chef» González. Tiene cuarenta y

seis años y se inició en la política en las Juventudes Socialistas, por estética. En el fondo, este jefe* del

departamento verbal de pirotecnia de la Moncloa se considera un Prometeo luchando siempre contra la

tendencia natural de su destino. Dio clases de dibujo técnico, vendió tibros, estudió Filosofía y Letras y,

en Sevilla, era considerado el modelo del hombre existencialista: un traje de pana cubriendo el

pensamiento de

Sartre o de Camus y paseando la angustia vital y la náusea por los caminos del Guadalquivir, que dejaban,

así, de ser patrimonio de García Lorca. Se considera un enemigo declarado de !a chapuza nacional,

aunque su negocio de artesanía dialéctica tenga tanta dientela y sea incluso más rentable que la librería

sevillana. La chapuza le come la sangre, es cierta, pero teme que el péndulo se lance hacia el extremo

opuesto, hacia la sociedad sin espontaneidad, hacia ia perfección suiza que Max Frisch describe nega-

tivamente. También arremetió contra el chocolate del loro como pretexto para tantas injusticias porque, a

su juicio, estos pájaros golosos no eran la excepción, sino una multitud; no la minoría de Juan Ramón,

sino Ja inmensa mayoría de Blas de Otero. Admira a Antonio Gala, a pesar de su postura en el

referéndum OTAN, y daría toda la gloria y todo el peso de la púrpura por un buen endecasílabo. Dice que

la armonía con el Presidente se basa en que Felipe es un vaquero que aún huele a establo y él un ratón de

biblioteca Tiene la duda en un altar, la duda como norma, como medida, como norte, y recurre a Brecht

(«de todas las cosas seguras, la más segura es la duda») o al Juan de Mairena de Antonio Machado

(«duda, hijo mío, de tu propia duda; la duda es un don que Dios ha

concedido a los escépticos») para asegurarse en las arenas movedizas de su instinto, para que las verdades

nunca sean vidrios rotos. Cuando la aplastante victoria del 82 tenía un aire de tristeza bajo la sonrisa,

también como una duda. Al día siguiente, solo, sin avisar a los fotógrafos, se encerró en el Museo del

Prado, ante las obras de Murillo, su paisano, y pensó en el regreso a Sevilla. Habla de que algún día

volverá a su tierra y al paisaje de su infancia, aquellos años duros en que era el único universitario de

trece hermanos. Y lo hará bajo la bandera de unos versos de Jaime Gil de Bied-ma, en «De vita beata»: a

dejar que el tiempo lo recorra, con dedos vegetales, como «un nobte arruinado que vive entre las ruinas de

su inteligencia». Es, por estructura psicológica, un perfecto perdedor, un potencial defenestrado que

aguanta el triunfo como una antigua novia alcanzada y volátil. Pero daría algo —mucho— por volver a

empezar, para huir de la Policía que ahora le escolta y para releer la novela del Oeste «El pistolero de

Denver», que escribió cuando tenía doce años. Pero, por ahora, estas tendencias las reprime y sigue

entrando en el coche oficial como un marciano. El sabrá por qué.

 

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