Autor: Puig, Valentí. 
   Los que no somos socialistas     
 
 El País.    17/06/1986.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

Por razones que no vienen al caso, determinados individuos de este país no somos socialistas. Ahora,

cuando nos acucia la inminencia de unas elecciones generales, aprovechamos cualquier tiempo perdido

para mirarnos al espejo y hacernos una pregunta incómoda: ¿a quién votaremos esta vez? Desde el

referéndum sobre la reforma política jamás dudé, ni voté en contra, ni tuve la sensación de que votaba

útilmente o por un mal menor. Conviene aclarar que mi indecisión actual está en las antípodas de la

desilusión o el desencanto —avitaminosis propias de quienes confundieron la torpeza de sus deseos con la

solidez de la realidad—. Al contrario: al optar por la vida adulta conviene comprender que a los políticos

no se les ha de pedir que nos hagan soñar, sino que administren la realidad eficazmente y con sustancial

ahorro de conflictos. El político que quiera hacernos soñar acabará —como enseñan siglos de historia—

por hundirnos en la pesadilla más atroz. No hablamos, pues, de ilusiones perdidas, y, sin embargo, ¿a qué

líder o a qué partido político deberíamos votar para que —aun a sabiendas

Los que no somos socialistas

de que no pueda lograr un cómputo mayoritario— uno pueda seguir con cierta emoción los avances del

escrutinio?

Se cuenta la sobada leyenda del joven capitán de la Marina que al tomar el mando de su nave solicita

consejo al viejo capitán que se retira: recibe un sobre sellado que contiene toda la información necesaria

en caso de problema grave. Con curiosidad, al cabo de pocas horas de navegación, el nuevo capitán rasga

el sobre y encuentra un pedazo de papel con las palabras: "Babor, a la izquierda; estribor, a la derecha".

Tal vez el precio del escepticismo y de desconfiar de las ideologías sea tener que oír a lo lejos la

carcajada del viejo capitán que a inicios de la transición política española nos entregó un sobre tan poco

explícito; o quizá se trate de que hay muy pocos viejos capitanes. Así, por ejemplo, ocurrió para algunos

de los que no somos socialistas en el reciente referéndum sobre la permanencia de España en la

VALENTÍ PUIG

OTAN, y parte de nuestra perplejidad de hoy pudiera proceder de aquella sinrazón de los partidos que

pregonaron la estrategia de abstenerse contra las propuestas del Gobierno.

Sucede además que los socialistas —en plena digestión, como boa que se tragó al explorador con salacof

incluido— no se alteran en sus postulados reales ni parpadean al reiterar sus postulados retóricos; al

contrario de una oposición que vive la exacerbación de sus hostilidades intestinas, más propias de un

organismo descompuesto que de un cuerpo capaz de resoluciones y acción. Ciertamente, no tener el poder

desgasta mucho. Leí acerca de un alga parda que habita en el fondo del mar. Sus células femeninas

secretan sustancias olorosas que han de lograr atraer a las células masculinas: se ha descubierto que de

hecho secretan varias sustancias químicas y que tan sólo una de ellas actúa como estimulante al servicio

de la reproducción.

Otra de ellas, en cambio, atrae a las células masculinas de otra alga, también parda y además rival: es

decir, produce información falsa para atraer a las células masculinas de la competencia y menoscabar su

capacidad reproductora, refrenar su crecimiento y ocupar sus dominios. Uno piensa que así debieran ac-

tuar los partidos de la oposición, pero a veces tengo la sospecha de que el partido en el Gobierno les ha

tomado ventaja por este camino. Ocurre, en realidad, que quienes no son socialistas pueden votar a

distintas opciones de centro o derecha o —si es que, francamente, no desean grandes cambios para el

país— incluso a los socialistas.

En esta campaña electoral también estamos oyendo hablar mucho de la modernidad. Como aquel papel

manoseado donde el paleto lleva escrita la dirección del médico de la capital, los discursos y eslóganes de

la modernidad están a años luz de la vida planetaria que será el futuro de

las sociedades abiertas. Esta modernidad ha sustituido las imágenes del obrero sonriente por la pantalla

del ordenador y los cantos revolucionarios por el rumor telemático, pero en el orden de la realidad

electoral estamos allí donde Cánovas y Sagasta nos dejaron. Tales inconsecuencias colectivas —

propiciadas por el diluvio electoral— por fuerza han de facilitar el asombroso proceso por el que, en

nuestra época, la memoria de los pueblos se acorta cada vez más y acentúa consecuentemente la carencia

de espíritu público.

Tal vez porque la esencia de, un país puede llegar a consistir en la suma de sus propios errores, votar no

es una cuestión trivial. De nuevo ante el espejo de nuestra individualidad política haremos cada día acto

de contrición para en algún instante poder discernir a quién votaremos en la mañana de incierta gloria de

un domingo de junio. No quedan demasiados días para la reflexión, pero quizá no conviene apresurarse

precisamente para llegar con puntualidad a la cita, porque no me refiero a otra cosa que a aquellos 100

años que hacen falta para conseguir un buen césped.

 

< Volver