Autor: Castellano Cardalliaget, Pablo. 
   Esto no va bien     
 
 El País.    18/06/1986.  Página: 21. Páginas: 1. Párrafos: 17. 

18 de junio de 1986

POLÍTICA

ESPAÑA / 21

Por mucho que quieran distinguirse, no se lo han puesto muy claro al elector, llamado moderado, al que

todos aspiran. Tener que escoger entre programas de pareja vocación centrista, de tintes indefinidos, de

eufemistiz ación y vacuidad, entre partidos de idéntico corte jerárquico-burocrático y entre líderes de

análoga vocación caudillista, bien uno de ellos sea más proclive a la irascibilidad, y los otros a la

omnisapiencia o a la soberbia, coincidiendo todos en cierto halo de mesianismo, no es fácil ni ilusionante.

Casi peor lo tienen los electores de izquierdas, y en particular los socialistas que no hayan cedido a la

tentación socialtecnócrata y socialburócrata, que no es confundible con la socialdemocracia, y no se

hayan dejado arrastrar al mediocre reduccionismo de, partiendo de una alternativa, en cuanto a un

diferente modelo de sociedad, acabar conformándose con el remedio o el sustituto de una mera técnica de

gestión del Estado, con evidente complacencia y alabanza de la sociedad capitalista y de su básica

desigualdad, y enorgullecidos con su aportación al bloque atlántico y a la dialéctica maniquea. Es

evidente que ser socialista no es obligatorio, y a la irrenun-ciable luz de la relatividad del pensamiento y

del quehacer humanos, no es ni más ni menos lícito, ni más o menos acertado que cualquier otra forma

democrática de pensar.

Pero es evidente también que no todo puede ser igual, y que ser socialista ha sido, al parecer hasta hace

poco, algo distinto de ser conservador, liberal, comunista, fascista, etcétera, en cuanto a su modeJo de

sociedad y de Estado.

Hay que preguntarse como socialista, hoy, qué resultados de lo hasta ayer realizado o qué previsiones de

lo mañana esperado han contribuido ya, o van a contribuir en el futuro, a ir ensanchando ese largo camino

en la construcción de la sociedad más libre, crítica, democrática, justa e igualitaria, y de un orden

internacional a su vez más solidario, o por el contrario nos alejan de este objetivo.

Hay que preguntarse, como pacifistas de verdad, qué comportamientos pasados o qué intenciones de

futuro han afectado negativamente o tan a contribuir positivamente a la tarea de construcción de un nuevo

orden internacional de paz, respeto, colaboración y solidaridad, o si nos han hundido más en la dinámica

de división entre seres libres y esclavos, plebeyos y ricos, pueblos colonizantes y explotados, y han

extendido el clima de seguridad y de esperanza, o la psicosis de terrorismo internacional belicista y las

acciones de guerra y destrucción.

En la lucha por la libertad de los seres humanos los obstáculos, por mucho que se quiera ocultar, siguen

siendo la explotación económica, la sumisión política y la manipulación o alienación ideológica, tanto en

el plano nacional como en el internacional, y están bien presentes, aun cuando al día de hoy se

manifiesten de variada forma y a veces sean de difícil denuncia o presentación.

Y como socialistas y demócratas a 10 años de la transición biológica, hemos de cuestionarnos acerca de

cómo se encuentra el proceso de la inacabada transición política, económica, cívica y sociológica, a la luz

siempre de esos valores de libertad, justicia, igualdad que el socialismo postula y nuestra Constitución

proclama, y que parecen pura retórica para unos o se han hecho ya realidad total para

Esto no va bien

PABLO CASTELLANO

El autor de este artículo realiza una reflexión sobre las principales dificultades con que se va a encontrar

el ciudadano ante las urnas, principalmente si es de izquierdas, ante la convergencia de programas y de

comportamientos políticos por parte de los distintos partidos. Desde una clara definición socialista, este

artículo critica también los hábitos del socialismo gobernante y su pérdida de identidad socialista.

aquellos otros que se conforman con su cínica proclamación.

El proceso de burocratiz ación y privatización de nuestra democracia es inocultable. Su residuación en la

estructura de lo institucional y en lo electoral ha vuelto a recrear la imagen de dos espacios y dos tiempos.

La lucha política por el poder es cosa bien lógica, pero exige algún correctivo, porque cuando un proyecto

consiste pura y exclusivamente en conquistar el poder, en repartirlo con los afines y en conservarlo entre

ese grupo de incondicionales, la apariencia de legitimidad democrática, por mucho que sea el esfuerzo

cosmético, no sanea la finalidad caciquil.

Es sorprendente que la lucha por situarse en los escalafones sea previa a la elaboración y discusión de una

teoría política, de un programa, del proyecto político, quizá porque lo importante, tal como paladinamente

se ha reconocido, sea "el estar en la foto", y luego es meramente accidental o instrumental el defender

esto o aquello, según nos convenga y desdiciéndose sin rubor alguno cada mañana.

Ya no es sorprendente, porque nos estamos habituando a ello, que los procesos electorales, más que ser

protagonizados por el elector o por el pueblo, para escoger lo más conscientemente un equipo y una tarea,

lo sean por la jefatura de los partidos y su guardia preto-riana, y a lo mejor conviene sustituir aquello tan

bonito y hoy tan falso de "habla, pueblo, habla" por lo más real y comprobado de "a votar y a callar".

Este proceso generalizado de oligarquización partidista y de caudillización hace, indudablemente, más

daño a la incipiente democracia que las actitudes invo-lucionistas descaradas, pues contra estas últimas

siempre cabrá la medicina de la espontánea reacción ante lo inocultable; mas contra la primera de las

actitudes es más difícil la movilización y la cautela, cuando se presenta ni más ni menos que como la

actitud normal y obligada, aunque sea burla y desprecio de lo democrático.

Hemos de preguntarnos como socialistas y demócratas, seriamente, qué está pasando con nuestra

democracia entendida como verdadera soberanía política, económica y cultural a la luz de la libertad, que

también constituye el objetivo del socialismo, frente a las mixtificaciones interiores y a las injerencias

exteriores.

Existe, aunque se trate de silenciarla o descalificarla, dentro del campo de la izquierda, la alternativa

socialista democrática, moderna y serena, que sin anclajes en la nostalgia de la historia, pero sin renunciar

a ella, sin dogmas y sin prejuicios, se asoma ilusionada a la revolución tecnológica para ver cómo se

puede extraer, según se use de ella, más libertad y dignidad, más igualdad cultural, jurídica, política, más

ocio creativo, más realización humana, más equilibrio democrático, más desarrollo generalizado y más

progreso base de la paz mundial. Existe una cultura del socialismo de izquierda, en la que está la

verdadera moderniza-ción del pensamiento y del quehacer humano, preocupada por los nuevos modelos

de desarrollo y en cuyo campo Izquierda Socialista encamina sus esfuerzos y orienta su trabajo con mo-

destia y con humildad, sin sectarismos ni vetos, y soportando los que provoca precisamente en la

dirección del partido en el que mejor debía ser valorado su esfuerzo, y que claramente la ha marginado de

cualquier posible y honrosa colaboración en estas elecciones.

Precisamente por eso tiene ahora más razón que nunca su existencia como corriente política del

socialismo y como equipo humano, cuando comprobamos que la lucha por la democracia y por el

socialismo sigue siendo

cada día más necesaria ante el contrabando ideológico y la mixtificación, cuando es también más obligada

la lucha por la recuperación de la dignidad y grandeza de la política y el rescate de su conversión en un

asunto de picaros, en una pura lucha por el poder, y por su conservación al precio que fuere, con la

reducción de la acción política al mero oportunismo al que se sacrifica la credibilidad, la dignidad, la ética

y todo cuanto pueda poner en peligro el poder propio y el de los sumisos colaboradores.

La legitimidad democrática es el equilibrio combinado entre tres importantes legitimidades. Legitimidad

de origen democrático, legitimidad de ejercicio en democracia, legitimidad de intención o finalidad

democrática.

No basta ser elegido democráticamente si el anterior o posterior comportamiento convierte la mayoría en

totalitaria superioridad, con el aplastamiento de toda minoría y su potencialidad, y se manifiesta en la

soberbia de los electos, actuantes por sí y para sí.

La mezquindad y las interpretaciones sectarias y reduccionistas de lo que es el sufragio universal y las

prestidigitaciones y trampas pueden convertir un proceso electoral en un trámite cuatrienal que sólo afecte

a los políticos profesionales y a su supervivencia, y que por ello se soporte cada día más desilusionada y

distanciadamente por los ciudadanos, que, "alienación por alienación", se podrán refugiar esta vez en el

Mundial.

Pablo Castellano es militante del PSOE y de la tendencia Izquierda Socialista.

 

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