Autor: Gavela, Daniel . 
   La "marcha" sobre Madrid del Partido Reformista  :   
 Sainz de Robles, Garrigues y García Díez recorren la capital para conocer sus problemas. 
 El País.    20/06/1986.  Página: 18. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

18 / ESPAÑA

LA CAMPAÑA ELECTORAL

POLÍTICA

EL PAÍS,

La ´marcha sobre Madrid del Partido Reformista

Sainz de Robles, Garrigues y García Diez recorren la capital para conocer sus problemas

DANIEL GÁYELA, Madrid

Cuando quedaban menos de cuatro horas para que se iniciara el histórico partido España-Dina-marca, el

miércoles pasado, alguien en la sede del Partido Reformista Democrático (PRD) escribió en un folio en

blanco: "Definitivo, a las

20.20 horas del día 18-6-86". El programa del día más largo de campaña del PRD había quedado

ultimado. Todo estaba a punto para que se iniciara, horas más tarde, lo que Antonio Garrigues terminaría

bautizando, ante una jarra de sangría, como la marcha sobre Madrid del PRD.

El programa, confeccionado con minutaje riguroso, situaba la primera cita, como no podía ser menos en

una mañana como la de ayer, en un contexto futbolístico, ante el estadio Santiago Berna-béu. La marcha

se inició con puntualidad a las diez de la mañana, camino de la clínica La Paz, con el fin de tomarle el

pulso a médicos y enfermos. Los parados, los ancianos menesterosos y los niños del Hospital Asilo de

San Rafael, los agobios del ama de casa —detectados en el mercado Maravillas a través de un calado en

profundidad en la cesta de la compra— y la ira santa de los contribuyentes fueron sucesivamente los

objetivos cubiertos a lo largo de la mañana.

Importancia fundamental

Al margen de cuál fuera el resultado de esta toma de contacto con la ciudadanía, el PRD ya había

calificado el encuentro del trío que encabeza la lista de Madrid como un hecho de "importancia

fundamental, por encontrarnos al final de la campaña y ser la primera vez que los tres aparecen juntos

ante la Prensa y

ante el público". Se les hacía un ruego para que dirigieran "mensajes claros, rotundos, concretos y

críticos, a modo de cargas de profundidad" (no se precisaba contra quién), a la hora del almuerzo.

Llegó la hora del almuerzo, a la sombra de los soportales de la plaza Mayor. Se anunciaba menú sencillo,

a pagar a escote entre los comensales, salvo los periodistas, cuya manutención corría a cargo del partido.

A la vista del menú nadie se atrevería a poner en duda la austeridad en el gasto que predica el programa

del PRD: gazpacho, ensalada para once, un cuarterón de tortilla, helado y, de beber, sangría. Pagar 1.600

pesetas por eso y por persona, abre, por el contrario, grandes interrogantes sobre la capacidad gestora de

los reformistas.

Antes de los postres se iniciaron las prometidas cargas de profundidad. "Paseos como éstos son lo que

deben hacer los ministros para enterarse de lo que pasa", dijo García Diez tras describir el

monumentalismo ineficaz, las grandes colas y el cabreo de los médicos que había descu-

bierto en La Paz (y eso sólo mirándola desde fuera, pues no pisó dependencia alguna), así como la

desesperada situación de los parados, tal como les fue narrada por los funcionarios de una oficina de

empleo. A este paso, "a España no la va a conocer ni Dios", dijo Sainz de Robles, y Garrigues,

parafraseando al Guerra de verdad, pero señalando al otro, afirmó: "Con este Gobierno lo que no puede

ser no puede ser, y además, es posible (y no imposible como se decía antes).

´Comando´ del Gobierno vasco

A los postres, Sainz de Robles se había ido a un programa de radio; Garrigues, a Barcelona, y cuando

García Diez quemaba en solitario los últimos cartuchos, hizo su aparición en lo alto de un balcón de la

plaza Mayor un comando del Gobierno vasco, que había percibido desde lo alto los efluvios electorales

que subían del empedrado y, con invitaciones al candidato a que subiera al piso de arriba, acabaron disol-

viendo el discurso y la asistencia. Antes de ello, una gitana había

colocado a los candidatos los boletos que le quedaban de la lote-. ría, y un ser que no articuló palabra, el

código internacional de sordomudos por 100 pesetas.

El paso siguiente fue un recorrido callejero por la zona comercial próxima, repartiendo propaganda, que

los transeúntes tomaban sin inmutarse. Justo en el kilómetro cero surgió la nota: un candidato trató de

entregarle un folleto a un obrero que manejaba un martillo neumático para forzudos. "Mira, te cambio la

pápela por esto", cortó tajante el obrero. Cerca de la librería donde cayó muerto Canalejas la generosidad

propagandística llegó a que alguien le entregara folletos a un ciego. Luego se pasearon por la calle

Preciados, mirando escaparates, y se tomaron una horchata antes de subirse a los taxis para contarles su

programa a los taxistas y conocer sus quejas.

Entonces no estaba claro si se mantenía el viaje en metro, uno de los platos fuertes del programa:

Garrigues volaba hacia Barcelona; Sainz de Robles expresaba sus temores a sumergirse bajo tierra,

porque siente claustrofobia, y García Diez no estaba por la labor. Algo de giscardiano tienen, sin duda, los

reformistas: ninguno de los tres se sabía el precio del metro. Y así, entre dudas y ausencias, languideció la

marcha sobre Madrid.

 

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