Autor: Guerra González, Alfonso. 
   La mayoría social progresista     
 
 El País.    20/06/1986.  Página: 20. Páginas: 1. Párrafos: 14. 

20 / ESPAÑA

POLÍTICA

EL PAÍS, viernes 20 de junio de 1986

LA CAMPANA ELECTORAL

Que España haya avanzado mucho o poco en los últimos años, durante la mayoría socialista, es debate a

menudo infructuoso, cuando las afirmaciones derivan por entero de los intereses o de la sensibilidad de

cada cual. El grado de cambio puede, sin embargo, reconocerse con mayor facilidad si nos atenemos a los

hechos, pues nadie podrá entonces honestamente negar que se han producido unos cuantos no

imaginables sin que desde el poder público se hayan operado, al mismo tiempo, transformaciones, nada

superficiales, y sí muy profundas, en nuestro Estado y en nuestra sociedad.

Es el caso, por ejemplo, de la incorporación de España a las Comunidades Europeas o de la plena

realización de los procesos autonómicos. ¿Puede caber alguna duda de que la integración europea de

España o el asentamiento del Estado sobre principios —radicalmente distintos a los vigentes durante

siglos— en cuanto a la distribución territorial del poder no son fenómenos que puedan explicarse por sí

solos, sino que, por el contrario, han sido posibles mediante un amplísimo conjunto de decisiones del que,

prácticamente, no hay aspecto de nuestras relaciones políticas o sociales que no haya sido afectado?

Es el caso, también, del hecho mismo que, por primera vez en nuestra historia, una mayoría y un

Gobierno progresistas hayan podido cumplir una legislatura con normalidad y en plena estabilidad

política. No se trata, en efecto, de un hecho intrascendente, pues fácilmente podrá recordarse que la

mayor duda de muchos españoles

La mayoría social progresista

ALFONSO GUERRA

Una mayoría y un Gobierno progresistas han podido cumplir, por primera vez en la historia de España,

una legislatura con normalidad y en plena estabilidad política. El autor de este artículo analiza las

circunstancias de los últimos cuatro años de gobierno y concluye, entre otras cosas,

que el fenómeno más positivo y de mayor alcance quizá sea la emergencia y la creciente solidez de una

nueva mayoría social, en la que se han ido articulando sectores, inicialmente muy diversos, en torno a los

valores y objetivos propios de una cultura cívica avanzada.

a finales de 1982 lo era sobre la capacidad de los socialistas para gobernar, en el sentido más amplio del

término, y para hacerse, de modo estable, con resortes esenciales del poder público.

La duda no era ociosa. Hasta entonces, en la tradición política española el poder público siempre tendió a

degenerar en un fin en sí mismo, en algo cuyo ejercicio venía a ser su único título de legitimidad. A partir

de entonces, lo que se iniciaba era una utilización instrumental y mediadora del poder, esto es, su

consideración de instrumento para llevar a cabo una transformación del Estado y de la sociedad en

España, o, si se prefiere, la regeneración del Estado para modernizar nuestra sociedad.

El contraste era evidente. Si nos hubiéramos limitado a administrar la herencia que recibíamos —tan

adversa, desde todos los puntos de vista, a la política que se emprendía—, en lugar de modificarla muy

sustancialmente y de adaptarla a nuestros propósitos, no se hubiera llegado a unas elecciones en las ac-

tuales condiciones, esto es, a un momento que posiblemente sea aquel en que los españoles, a lo largo de

su historia, afrontan la decisión de su futuro con mayor tranquilidad o ausencia de temores. Y justo en

este momento, la capacidad política de gobernar establemente conforme a nuevos criterios se convierte en

el principal objeto de una intensa actividad de derribo, como sucede siempre que se señala el peligro de

que esa función de Gobierno estable y reformador al mismo tiempo pueda quedar asegurada para España

durante los próximos años.

Mejores perspectivas

Los hechos parecen avalar, en suma, la puesta en movimiento de un cambio profundo que, con todas las

limitaciones o carencias que se quiera, permite, en todo caso, afirmar que las perspectivas de futuro para

España son notablemente mejores y más abiertas en 1986 que en 1982. El fenómeno más positivo y de

mayor alcance de toda esa situación quizá sea que en la misma subyace la emergencia y la creciente

solidez de una nueva mayoría social, en la que se han ido articulando sectores, inicialmente muy diversos,

en torno a los valores y objetivos propios de una cultura cívica avanzada.

Esta nueva mayoría social, para su ascensión —legítima y necesaria en términos históricos—, ha optado,

en efecto, por los cambios graduales, pero irreversibles, o lo que es lo mismo, por la efectividad de las

vías legales y democráticas para el desplazamiento de los considerables obstáculos que encuentre a dicho

proceso de ascensión histórica. Tales obstáculos, aun a riesgo de simplificar, pueden resumirse en un

enquistamiento de oligarquías, que las hay de muy distinto linaje, y que se manifiestan no sólo en forma

de intereses concretos y organizados —cuya expresión más relevante probablemente sean los

corporativismos—, sino, de manera mucho más difusa y extensa, a través de comportamientos y

mentalidades.

En esta situación, el formidable factor de innovación y modernización que supone para España la

existencia de esa mayoría social comenzó a ser operativo en la medida que ha sido capaz de dotarse de

una mayoría política identificada con sus aspiraciones. No es casual que una identificación similar, del

mismo modo que ha sucedido o sucede en distintas fases de la historia reciente de otros pueblos europeos,

se haya producido en el

espacio del socialismo democrático, donde coinciden la concepción del Estado como instrumento para

crear o fomentar las condiciones que hagan efectivas la libertad y la igualdad de los ciudadanos y un

sentido del ritmo político progresista y adaptado a las realidades sociales existentes.

No está de más recordar, en un momento en que parece asistirse a una creciente valoración intelectual de

los componentes utópicos de la acción política, que el pragmatismo o el sentido de la realidad no son

ajenos, sino esenciales, a la utopía socialista. No es difícil comprobar que la mayor identificación con una

política gradualista proviene, justamente, de sectores sociales cuya situación inicial de desventaja es

mayor y que serían, por tanto, los más legitimados para la impaciencia.

Y es que, sin duda, no se desean más oportunidades perdidas en nuestra historia. España es un país con

una larga experiencia en frustraciones colectivas. Nunca, sin embargo, como ahora nuestro pueblo ha

tocado tan de cerca el objetivo secular de equiparación respecto al reducido conjunto de naciones que

ocupan la vanguardia de la cultura y del progreso material. El mayor riesgo que amenaza al proceso de

equiparación, una vez iniciado, es que se llegue a quebrar el instrumento político de que dispone la

mayoría social que alienta ese objetivo histórico.

De ello son bien conscientes los adversarios de lo que la nueva mayoría social significa, a los que resulta

vital debilitar la mayoría política o introducir en ella fisuras a través de las que puedan penetrar los

intereses sectoriales que todavía anidan entre las ruinas deJ pasado. De ello también habrán de ser

conscientes quienes, por el contrario, alimentan e impulsan el espíritu de modernidad, que es hoy el

principa] impulso y motivo de esperanza para la sociedad española. En su propia consideración de

mayoría social ascendente será, en suma, esencial preservar su mayoría política.

Alfonso Guerra es vicesecretario general del PSOE.

 

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