Autor: Jiménez Losantos, Federico. 
 Balance electoral Generales 86. Pujol llamó "leal y generoso" a Garrigues. 
 Cuando Cataluña aplaudió a Madrid     
 
 Diario 16.    22/06/1986.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

Diario 16/22 de junio-86

BALANCE ELECTORAL

PUJOL LLAMO «LEAL Y GENEROSO» A GARRIGUES

NACIONAL

7

Cuando Cataluña aplaudió a Madrid

Federico Jiménez Losantes

Barcelona Mas de trece mil kilómetros ha recorrido Miguel Roca en una campaña electoral que empezó

en Barcelona y terminó en Madrid. Ha sido el líder que más España ha recorrido, y, sin embargo, aún no

ha llegado del todo: la distancia entre Madrid y Barcelona, Barcelona y Madrid, sigue siendo para muchos

de más de trece mil kilómetros, y no es fácil cubrirla en tres semanas.

Estaba el campo de fútbol repleto en las gradas y en el césped, con la gente sentada en el suelo una vez

agotadas las sillas. Detrás de una de las porterías un escenario mironiano, mediterráneo, blanco con dibu-

jos abstractos rojos y amarillos. Calculaban entre veinticinco y treinta mil el número de asistentes venidos

de toda Cataluña.

El partido de Pujol y Roca había querido demostrar su capacidad de movilización, y un verdadero ejército

de autobuses llegó de todas las comarcas. Venían del Penedés y del Valles, del Ampurdán y de la Terra

Ferina, de los Pirineos y de Tarragona, de los barrios de la zona alta de Barcelona y de los del cinturón

industrial.

El aspecto del asistente medio al mitin de Roca era, por decirlo en una palabra, muy catalán. Gente de

clase media, media-baja o rural relativamente acomodada, sin millones pero sin hambre, ordenada,

discreta, en grupos perfectamente organizados para colocarse bien en el estadio y con un alto índice de

banderas catalanes per cápita, incluidas algunas de los «Paisas Cata-lans», esos a los que Roca renunció

en Valencia simbólicamente para hablar de «construir España».

La durísima campaña de /Joca vivía en esas horas catalanas su momento más crispado. Los nacionalistas

radicales le reprochaban acremente el españolismo de su «operación». Los del PSC-PSOE escribían en la

Prensa catalana artículos contra el reformismo —el más curioso, uno de cierto senador llamado Ferrer, al

que su fervoroso catalanismo nunca le ha impedido obedecer fielmente a Alfonso Guerra, y que titulaba

su texto contra Roca «Eso no te lo perdono».

El PSC-PSOE pagaba espacios publicitarios en la Prensa de Barcelona en los que se leía: «Miguel, para ir

a Madrid no hace falta que te cambies el nombre» (los roqueros, indignados, recordaban que Sena sigue

firmando Narciso en el «BOE»),

La Esquerra insertaba como publicidad un chiste burlándose del slogan reformista «La otra forma de

hacer España». Y había gran expectación por ver la reacción de las bases convergentes ante el reformismo

y la campaña contra él.

Trías Porgas, al que se han quitado de encima enviándolp al Senado, hizo un discurso gritón en el que

parecía contradecir el espirita reformista. Pero, como de costumbre, no se le hacía caso. Todo el mundo

esperaba el discurso de Pujol que, por primera vez, no iba a cerrar un mitin, cediéndole a Roca el lugar de

honor.

El carisma del actual presi-

dente de la Generalidad sigue incólume, pero en lugar del desahogo épico-lírico habitual en su oratoria

escogió un estilo apologético-didáctico para que la muchedumbre cuatribarrada comprendiera la apuesta

reformista, para que una catástrofe electoral —siempre posible— no significara, en el seno del partido

mayoritario catalán, una crisis política gravísima. Repetía Pujol que Cataluña siempre ha sido adelantada

de la modernidad entre los pueblos de España, y de la euro-peidad, de la industrialización y otras

gollerías. Que nunca el

nacionalismo catalán había renunciado a participar seriamente en la política del Estado —aunque Pujol,ya

dice España, como Roca, sigue usando más lo de Estado—, que, desde su propia personalidad, ahora el

catalanismo emprendía una colaboración fecunda con el sector más abierto de la política española, y

entonces pidió una ovación para Antonio Garrígues, presente en el acto, al que llamó «lleiaiy géneros». El

campo se venía abajo como si Antonio Garrígues hubiera marcado el último gol de Caldera. Después del

Buitre,

Garrígues es el madrileño más aplaudido en la Ciudad Condal.

Roca fue más lejos. Demasiado lejos, para muchos, a fin de que otros lo consideren más cercano. Además

de explicar el proyecto reformista, de criticar al felipismo —reunido a la misma hora en la plaza de

toros— y de exponer su programa de Gobierno entre las ovaciones de rigor, terminó diciendo que su

agradecimiento a la gente de Convergencia, al catalanismo popular, por la confianza depositada en él, era

impagable, pero que él tenía un grado de

compromiso todavía mayor con la gente de Andalucía y de Madrid, en donde cerraría la campaña, que

habían aguantado una campaña durísima en contra por haber elegido un posible presidente catalán.

Y allí estaban las muchedumbres pujolistas aplaudiendo no sólo la futura solidaridad con Andalucía, sino,

milagrosamente, con Madrid. Roca, que está obsesionado por las acusaciones de doble lenguaje, insistió

en lo de Madrid, y en que aquí diría exactamente las mismas palabras. Y los nacionalistas seguían

aplaudiendo.

El mitin acabó con Felipe Campuzano, que entre canción y serenata, soltó un improvisado discurso

haciendo la apología del liberalismo y de la selección española de fútbol. Y los nacionalistas,

aplaudiendo.

 

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