Autor: Dávila, Carlos. 
 Balance electoral Generales 86. El único objetivo del PSOE ha sido permanecer. 
 Insultos, "revival" y fútbol     
 
 Diario 16.    22/06/1986.  Página: 10. Páginas: 1. Párrafos: 18. 

BALANCE ELECTORAL

NACIONAL

22 de junio-86/Diario

EL ÚNICO OBJETIVO DEL PSOE HA SIDO PERMANECER

Madrid CUANDO el ^/ presidente González disolvió el Parlamento contaba, seguramente, con los goles

de Emilio Butrague-ño. Para el PSOE y su Gobierno era fundamental que el anuncio del cierre

parlamentario sorprendiera, y sorprendió. Los únicos que estaba sobre aviso eran los publicitarios en-

cargados de copar las cabinas telefónicas del país y los miembros del comité de programas del partido,

que, apenas finalizado el susto del referéndum, recibieron una orden taxativa: «Un programa, un

programa cuanto antes, un programa sin promesas.»

Y a ello se pusieron. El Gobierno, pues, se anticipó a todos y venció en el primer asalto. No obstante, en

la precam-paña, los socialistas desaparecieron; tanto es así, que la oposición, exultante, exclamó con

evidente desmesura: «Tienen perdida la mayoría absoluta.»

Pero la maquinaria electoral del PSOE es apabullante, y cuando los militantes son llamados a rebato por

la campana de Guerra se ponen en marcha como un solo hombre. Y así en los dos úiltimos días de mayo,

el PSOE programó, al menos, tres conferencias de Prensa: González se anticipó y horas antes de iniciarse

oficialmente la campaña convocó a todos en la Moncloa. Allí diseñó el programa: seguir hacia adelante,

para no volver atrás. Esa fue la consigna. Pronto aparecieron los carteles de unos y otros: lemas de

imaginación dudosa y colores clásicos: el PSOE, de verde esperanza Coalición Popular, dé azul purísima;

el PRD, de rojo comercial; Suárez, de verde oliva...

Campaña de insultos

Con los primeros carteles aparecieron también los primeros insultos. Sin venir a cuento, José María

Benegas hizo una torpísima alusión al 23 de febrero del 81. ¡Para que quiso más Suárez! Benegas le

acababa de proporcionar el gran alegato de su campaña. Rápidamente el ex presidente y sus asesores (un

famoso periodista y Fraile, el ex manager de Julio Iglesias} aprovecharon al máximo el comportamiento

viril de

Insultos, «revival» y fútbol

Carlos Dávila

Suárez ante los tiros del espadón Tejero.

En días no se habló más que de eso: de un golpe de estado aún inexplicado, precedido de cientos de

rumores, de maniobras extrañas, de aún más raras sintonías entre militares in-volucionistas y políticos de

la oposición a UCD.

PSOE contra todos

Incluso Enrique Mágica, sin que, al parecer, nadie se lo pidiera, entró en liza. Suárez, perito en esta clase

de refriegas, salió triunfante: el 23 de febrero y Mercedes Milá le hicieron una campaña sin programa, en

la que lo más destacable fue esto: la utópica y aprovechona promesa de la reducción del servicio militar.

Contra el duque, rápidamente, arremetió Guerra. Aquello fue una orgía de insultos cruzados, sazonados

con el detestable gracejo del vicepresidente, de un Guerra que recibió apoyo y comprensión de su presi-

dente. «Guerra —dijo González— no es el que empieza: simplemente se defiende».

Probablemente para defen-der^e, Guerra insinuó que el lí-def de Izquierda Unida, Gerardo Iglesias, iba

por la vida «cargao», una apelación a la

supuesta querencia etílica del comunista, que motivó la réplica feroz del aludido: «Es un miserable», dijo

con fina dialéctica versallesca.

Y así corrió la campaña: Guerra, conocedor como nadie del tedioso y nada ilusionante programa

socialista, se autoin-moló en beneficio de su partido: extendió el tramposo percal y logró que nadie

discutiera los grandes temas del país: el paro, la inseguridad ciudadana, las recurrentes huelgas, el déficit

público, el escándalo de las matrículas partidarias y de las escuchas telefónicas, la sanidad colapsada, los

constantes asesinatos de ETA, el odiado comando «España», el aplazamiento electoral de la declaración

sobre la renta... ¿Qué importaban?

Fraga, de «correcaminos» infatigable, hacía su campaña y, más moderado que nunca, respondía a las mil

impertinencias que, en coloquios abiertos, se le decían por las radios de España. En Bilbao, el más tem-

plado de los oyentes le llamó «torturador»; un supuesto obrero le advirtió que «el pueblo trabajador vasco

le tiene a usted sentenciado»; un periodista que no tuvo el gesto de identificarse le pidió que le

aclarara una duda: «¿No será usted hijo de un Ibarra y una criada apellidada Iribarne?»

Y para completar el florilegio, Fraga respondió a esta «bondadosa» cuestión: «¿Cuáles serían sus últimas

palabras ante un pelotón de fusilamiento? Sorprendentemente, el irascible fraga ni retó a nadie a duelo, ni

contestó con agravios comprensibles. Fraga, se ha dicho, ha sido «otro» en esta campaña, campaña en la

que ha trotado a lomos de un Volvo frenético por toda España y que ha pasado tratando de que Felipe

González le aceptara un desafío, pero el presidente no estuvo nunca por la labor.

Debate, no.

Primero dijo castizamente que la oposición le designara un contrincante, porque el presidente y su partido

han tenido una obsesión durante toda la campaña: fuera del PSOE no hay salvación y, a mayor abun-

damiento, el resto es lo mismo. Así que todos en el mismo saco y que se pongan de acuerdo para elegir el

rival. Cuando la argucia aprovechona y falsa fracasó, porque la Junta Electoral de Andalucía, tildó de

«falto de equidad» un debate a dos, el presidente no se molestó en hallar nuevas excusas. Sencillamente

dijo: « Ya no hay tiempo.» Y se quedó tan tranquilo. Nadie se «moja» cuando parte de favorito.

El presidente, según emocionada confesión , ha vuelto a sentir en la campaña «el calor del pueblo».

Pero además de meter a todos los demás en el mismo saco: la saca de la «Derecha ácrata», como la

denominó Guerra en televisión, el mensaje del poder, felizmente propalado desde su medios se ha

dirigido preferentemente contra el más nuevo: contra Roca, que ha molestado por reinventar el centro, y

al que se ha acusado de tener «un proyecto confuso» (Suárez); de recordarle a un «sanitario» (Guerra) y

de ser, simplemente un «forastero), (Carrillo).

Todo un florilegio de sarcasmos y de insultos, apoyados por el recuerdo constante que se ha hecho de la

condición catalana del candidato reformista, realizada por los que no comparten la operación de in-

tegración estatal montada desde un partido como Convergencia, que corre un riesgo en esta campaña que

no hubiera sufrido, caso de circunscribirse a su ámbito estrictamente territorial.

Roca y Suárez, por este orden, han sido los políticos más atacados por el PSOE, mientras a Fraga, incluso

Guerra le calificó concesivamente de «persona noblota y simpatico-ta». Así, como quien se refiere a un

mozo ribereño.

Si algo puede haber quedado claro para el público en general, es que el objetivo del PSOE ha sido

permanecer; el de la Coalición Popular, provocar un debate imposible; el de los reformistas, presentar un

programa alternativo; el de Suárez, «vender» su arrojo, el de Izquierda Unida, llevarse a los descontentos

de la «gauche» y el de Carrillo, no enfadarse demasiado con el PSOE por lo que pueda surgir.

Los mensajes de todos.

El singular papel del veterano comunista en la campaña ha merecido estas apreciaciones de dos oponentes

políticos: «Carrillo corre con los segundos colores del PSOE» y «¿Es cierto que va a volver Carrillo al

PSOE al cabo de cincuenta años?» Al PSOE han ido aparar ex comunistas de otra época, pero, para ser-

ciertos, habrá que decir que son, precisamente, los que Carrillo echó del partido cuando era secreterio

general.

No es, pues, lo mismo. Sí puede decirse, sin embargo, que Unidad Comunista se ha negado a atacar al

PSOE. Es decir, que ha colaborado. ¿Ha colaborado el fútbol en el objetivo socialista de devaluar la

campaña? Hubiera creído que no, pero el error cometido por un incógnito personaje de Televisión,

colocando siglas PSOE encima de uno de los goles de Butragueño, inducen a pensar lo peor. ¡Qué le

vamos a hacer!

 

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