Autor: Lafora, Victoria. 
 Balance electoral Generales 86. Tres semanas peleando por el centro. 
 Adolfo Suárez: De la calabaza a la carroza de cristal     
 
 Diario 16.    22/06/1986.  Página: 13. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

Diario 16/22 de junio-86

BALANCE ELECTORAL

TRES SEMANAS PELEANDO POR EL CENTRO

NACIONAL

13

Adolfo Suárez: De ¡a calabaza a la carroza de cristal

Victoria Lafora

CENICIENTA, abandonada

de todos, permaneció callada durante largo tiempo en un rincón de la cocina. Sus hermanastras, feas pero

ricas, marcharon al baile real en busca de pretendiente. Cenicienta, guapa pero pobre, no tenía un mal

vestido prestado con el que presentarse en público.

Adolfo Suárez arrancó, hace veintidós días, la campaña vendiéndose como la Cenicienta y sólo los votos

demostrarán hoy si consiguió convertir o no la calabaza en carroza de cristal. Es decir, tener un grupo

parlamentario notable.

Lo cierto es que, con más astucia que medios, ha logrado transformar las adversidades en ventajas y que

su tono inicial, lastimero pero retador, llegara a la gente.

Como en el cuento infantil en el que todos querían ayudar a Cenicienta, la gente de carne y hueso se

siente solidaria con los que saben dar la imagen de perseguidos.

Populista hasta el final, alguien comentó a la salida de uno de sus mítines, cuando le veía luchar a brazo

partido contra los achuchones de sus admiradoras: «¡Realmente sólo le falta Evita!»

Ha sido, como él mismo dijo, la campaña sorpresa y, entre unos y otros, pero sobre todo con la

inestimable ayuda de los socialistas, se ha convertido en incógnita.

Vendió una frase tan ambigua como «El valor del centro», en la que se escondía un mensaje subliminal

sobre su actitud en el hemiciclo la noche del 23-F. Tema que, por cierto, él aseguró que no quería sacar en

la campaña y que, por torpeza, sacaron otros.

«¿Qué español no se ha sentido agredido por ¡a Banca?», preguntaba a primeros de mes en unas ruedas de

Prensa, en la sede de su partido, a las que asistían no más de diez periodistas. Y claro, el mensaje llegaba,

y con él la esperanza de que fuera verdad su oferta de llamar a los banqueros, si ganaba, y ponerles las

peras al cuarto.

Después de cuatro años de calculado silencio, y tras descubrir que la única forma de que no le jubilaran

antes de tiempo o de que le pasaran a los libros de historia —en contra de su voluntad— era quitarles

votos a los socialistas, los convirtió en el objetivo principal de sus ataques.

Hizo una pasada por la izquierda que dejó «chiquitos» a los propios líderes de Izquierda Unida, a los que

ha ignorado, como al resto de las fuerzas políticas en toda la campaña. Con

la ventaja de vender, hasta en las plazas públicas, su experiencia de poder para dar credibilidad a sus

ofertas de reducir la mili a tres meses o de llevar los problemas ecologistas a los mismos bancos del

Parlamento.

No le han acompañado, todo hay que decirlo, los candidatos locales, entre los que se podía encontrar

desde el más encendido mitinero hasta al más tórrido de los oradores, pero la gente, y en especial las

mujeres de edad intermedia acudían, única y exclusivamente, para verle a él y, si podían, para tocarle.

Han sido sus verdaderas fans, sus seguidoras más entusiastas y más fieles, las que alzaban las manos

desde los sitios más inverosímiles y empujaban a sus hijas al grito de «¡Tócale, tócale!» o, «con ayuda de

la Virgen», acudían con revistas del corazón atrasadas para que él les estampara su firma sobre un viejo

retrato de la familia Suárez en la Moncloa.

Le llegaron a romper las dos correas del reloj y su entusiasmo fue creciendo casi al mismo nivel con el

que subían las encuestas que, casualidades de la vida, hizo también que viéramos con más asiduidad en

los mítines a personajes relevantes del partido que no habían querido, ante el previsible fracaso inicial, ni

siquiera presentarse en el último lugar de las listas.

 

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