Autor: Urbano, Pilar. 
   Las urnas pueden sorprender     
 
 Ya.    22/06/1986.  Página: 14. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

Las urnas pueden sorprender

PILAR URBANO

DEL dramaturgo inglés Chapman es esta desconcertante pero certera sentencia: «La avaricia de todo es

siempre madre de nada.» Viene como anillo al dedo en un día electoral en que el socialismo gobernante

se afana en revalidar su permanencia pero con la fija puesta en «la-necesidad-de-tener-mayoría-absoluta-

para-ser-un-gobierno-fuer-te». Gobierno fuerte... para hacer ¿qué? La experiencia democrática española

nos ha enseñado, en vivo, dos lecciones: primera: Los gobiernos de Suárez, con «la minoría mayor»,

fueron dialogantes, respetuosos y consensuadores; no actuaron a la contra de los intereses, opiniones y

creencias de los demás; no amenazaron a ningún sector económico, político o social, y ofrecieron al país

un clima cordial de convivencia y de libertad. ¿Era eso un signo de debilidad? Nadie sensato puede verlo

así. El gobernar en minoría no les impidió ser enérgicos y eficaces en la difícil, histórica, tarea de

construir la nueva casa democrática donde todos —sin exclusiones— pudieran vivir a gusto. Pero sí les

impidió la tentación de la tiranía. Necesitaron ser deferentes, atentos y considerados con los demás, por su

derecha y por su izquierda; receptivos a la crítica de los periódicos, a las enmiendas del Parlamento y a

las demandas de las fuerzas sociales. Y esa es la buena virtud que tiene un Gobierno de minoría: la

garantía de que «gobernarán respetando». La segunda lección, reverso de la medalla, es la que hemos

vivido estos últimos cuatro años, cuando una mayoría absoluta en manos de un solo partido le ha

permitido esgrimir los diez millones de votos como una maza omnipotente, prepotente y no pocas veces

inclemente. Demasiado poder, para muy poca eficacia. En el trasfondo de las conciencias ciudadanas hay

miedo a que una renovada hegemonía del PSOE se convierta en una tiranía; y un dominio absoluto, en un

poder absolutista, que haga y deshaga a su antojo; que, más que socializar el bienestar, estatalice el ma-

lestar; que invada desde el aparato del Estado todo ámbito de iniciativa social o individual; que disponga

e imponga, pero jamás proponga; y que, en fin, go-

bierne a-cpntra-todos-los-demás, porque no necesite el beneplácito de nadie. Riesgo temible en el PSOE y

en cualquier fuerza que «barriese».

Hoy, cada voto es un poder. Hoy, la España deseable es todavía posible. Los españoles somos mucho

menos frivolos, mucho menos crédulos, y mucho más resabiados de lo que algunos magos del

«marketing» estiman. Al fin, hacemos lo que nos trae cuenta, lo que nos dicta la conciencia, o lo que nos

da la gana. Tenemos, por casta «un rey en la tripa».

Estos comicios ofrecen varias bandas de expectativa: que el PSOE conserve la mayoría-absoluta o una

mayoría-holgada para gobernar; o que descienda a una minoría-mayoritaria. Que CP rompa su techo y

acorte distancias con un PSOE a la baja. En cualquier caso, se habría producido la quiebra del ficticio

bipar-tidismo, con la reaparición del centro. Si en en bene ficio de Suárez, Fraga podría contar con él —y

con otros— para una investidura; pero no para formar Gobierno. Sólo se cambiaría el signo político si se

diesen estas circunstancias: descenso fuerte del PSOE, remonte grueso de CP, refuerzo de ios partidos

nacionalistas, con irrupción novedosa del PRD de Roca. Entonces sí: entonces cabría un álgebra de pactos

de ligislatua y de gobierno en coalición «comanditaria». Esta posibilidad (hoy, todavía, nada es

descartable) agilizaría la vida política de las instituciones, obligaría a gobernar dialogando y reinstalaría la

feliz práctica del consenso entre fuerzas distintas, sin «tajadas de león» para nadie.

La gran pregunta, la gran disyuntiva es ésta: ¿qué es más temible: un Felipe González con poder incon-

dicional y absoluto o un Manuel Fraga con poder relativo y condicionado?

Decía con desencanto el poeta norteamericano J. R. Lowell que «la democracia da a cada hombre el

derecho de ser su propio opresor». Es más real decir que te da derecho a elegir a su opresor o a su libera-

dor. Pero es más puro y democrático que uno pueda elegir, simplemente, a su «administrador». ¡Hagan

juego, señores, que hoy España está en sus manos!

 

< Volver