Votar hoy, ¿y a quién?     
 
 Ya.    22/06/1986.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

Votar hoy, ¿y a quién?

EN diciembre de 1976, cuando se presentó la ley para la Reforma Política; en 1977, con motivo de las

primeras elecciones democráticas para el Parlamento; en 1978, cuando se sometió la Constitución a

referéndum; en 1979, fecha de las nuevas elecciones generales; en octubre de 1982, en que se celebraron

las terceras elecciones de ese carácter, hemos mantenido un criterio uniforme y hemos hecho, ante todo,

la recomendación de votar, que por supuesto ha servido también para las demás consultas realizadas para

elegir los parlamentos de las comunidades autónomas y, más recientemente, en el referéndum sobre la

OTAN. En todos esos casos hemos dicho: hay que votar; votar lo que en conciencia crea cada ciudadano,

pero votar. Es el primer deber que toda democracia impone a quienes viven en ella, aquel deber cuyo

cumplimiento acredita si son los ciudadanos merecedores de vivir en un régimen de libertad, pero además

es su interés, puesto que, según lo que voten, así serán los que hagan las leyes y quienes los gobiernen.

«Si usted vota no» y «Si usted vota sí» eran los titulares de dos editoriales que publicamos con motivo del

referéndum sobre la ley de Reforma Política. El tercer editorial se titulaba «Si usted no vota», y en él

salíamos al paso de ios que preconizaban la llamada «abstención activa», queriendo contradictoriamente,

que hubiese democracia y absteniéndose de votar la ley que pretendía implantar la democracia. «Lo que

no debemos hacer el día 15» era nuestro comentario previo a las primeras elecciones parlamentarias

celebradas en nuestro país democráticamente después de 40 años. Lo que nadie debía hacer, decíamos,

era desinteresarse, esperando que otros les sacasen las castañas del fuego, porque nadie lo iba a hacer por

él. Llamábamos la atención sobre la necesidad de votar con la cabeza, no por simples reacciones

emocionales, ni en un arrebato de mal humor, ni por simple simpatía. El resultado fue el que pudimos

escribir después de las elecciones: «La democracia empieza hoy», porque así fue en efecto. Sometida a

referéndum la Constitución, era obvio nuestro punto de vista. Estábamos a favor del sí, pero respetábamos

a los que votasen no siempre que su voto fuese consecuencia de una seria reflexión. Lo que no podíamos

respetar era la frivolidad de la abstención.

•El deber de votar» se tituló nuestro editorial del 27 de febrero de 1979, previo a las nuevas elecciones

generales. Replicábamos en él al escepticismo que en muchos producía el ver que la democracia no sólo

no Íes había resuelto sus problemas, sino que los había aumentado. Recordábamos que por lo menos la

democracia había resuelto el problema de nuestra convivencia en paz y que ofrece siempre la posibilidad

de corregir los errores y de cambiar a quienes los cometieron, que es la enorme superioridad del sistema

democrático sobre todos los demás sistemas de gobierno. En ningún país la democracia es una panacea,

pero garantiza que periódicamente todos puedan contribuir con su voto al buen gobierno de la nación.

Votar en una democracia es por lo menos votar por la convivencia civilizada contra los extremismos

irreconciliables, contra la violencia, el anacronismo y el revanchismo, que en la abstención encuentran el

más firme apoyo que podrían desear.

El mismo punto de vista exponíamos ante las elecciones del 28 de octubre de 1982. Los títulos de

nuestros comentarios son significativos: «De usted depende», «El elector tiene la palabra» y por último

«Aunque no se quiera, siempre se vota». Decíamos esto último porque la abstención influye

necesariamente en favor del partido mayorita-rio, que gracias a ella puede obtener un número de escaños

muy superior a su peso real en el país, distorsionando de esa manera la realidad peligrosamente. La

llamada «abstención de castigo», a quien realmente castiga es al que se abstiene. El único castigo eficaz

es votar a los partidos opuestos a aquel al que se quiere castigar. Recordábamos, por último, que la

votación no es tanto un acto «declarativo» de nuestras preferencias como un acto «operativo», a

consecuencia del cual se va a relizar una política que decidirá lo que sea nuestra vida durante años y acaso

en muchos aspectos de modo irrevocable.

A quién votar? Creemos que el socialismo tiene un puesto en el país, pero creemos también que su

gestión durante estos cuatro años ha sido en conjunto desafortunada y muy peligrosa para el manteni-

miento del espíritu democrático. Pero entre las alternativas al socialismo, ¿cuál elegir? Nos limitamos a

recordar la parte final de nuestro editorial de ayer. Dada la aproximación entre los programas de las tres

grandes alternativas ai socialismo no serán tanto su contenido como razones de otra naturaleza 0a

confianza que inspiren los candidatos y tas garantías que ofrezcan ellos y sus equipos) los que decidan el

voto. También, por supuesto, la consideración de la utilidad del voto teniendo en cuenta el juego de un

sistema electoral que favorece el bipartidismo y puede producir el resultado de que los votos concedidos a

las cantidaturas menores se pierdan al no alcanzar aquéllas representación parlamentaria. Pero frente a

este punto de vista es legítimo y respetable el de quienes se oponen al bipartidismo y se niegan a supeditar

sus preferencias ideológicas y personales a consideraciones exclusivamente pragmáticas. Es cuestión que

cada cual debe resolver en conciencia. Votar, pues, en primer lugar, decíamos ayer y repetimos hoy; y

hacerlo después de madura reflexión teniendo en cuenta la trascendencia del voto. Eso es lo que debemos

hacer hoy los españoles.

 

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