Autor: Jalón Holgado, Diego. 
   Camacho y perdidas     
 
 ABC.    11/01/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

CAMACHO Y PERDIDAS

Hace bastantes años, en la época en la cual una parte de la Prensa entendía —y no digo si mal o bien— que basculando hacia lo laboral se teñía de «Izquierda», se hizo muy popular la acusación al I. N. I. de ser instrumento para «socializar las pérdidas». Ahora, en «La Voz de Asturias», quien acusa al I. N. I. del mismo pecado es Marcelino Camacho. ¡Toma castaña, que dicen álgunos! Porque lo que yo me tomo, al leerlo, son grandes dosis de un convencimiento viejo sobre las socializaciones. ¥ sobre algo más, tema que dejo para otro día.

El señor Camacho entiende —se ve obligado a entender, piensa y preciso, según su ideología— que el mal no radica en la ineficacia mayor o mayor distorsión económica iue genera la actuación en las empresas públicas, sino en la circunstancia de no estar creadas y administradas «democráticamente» tales empresas. «Así, pues —dice el señor Camacho—.´ la solución de planteamientos como Ensidesa y llunpsa sólo vendrán con la democratización del país, dándose un desarrollo nacional a las industrias nacionales.

Mis discrepancias de fondo con tan bizarra tesis del señor Camacho ocuparían varias columnas, como ésta, empalmadas. Para abreviar, sólo querría saber si, según él, hay poca o mucha, o suficiente democracia en Gran Bretaña. Y que, luego, contase a sus seguidores los resultados de las empresas públicas, de las industrias nacionales inglesas, nacionalizadas por decisión de gobiernos laboristas y administradas con criterios también laboristas. ¿Dónde y cuándo y cómo se han socializado más pérdidas?

«En una España democrática —vuelto a citar al señor Camacho— en la que se vaya también a una democracia socioeconómica, los grandes pivotes de la misma tienen que ser las industrias nacionales, utilizándolas como la base central del desarrollo del país.»

Desde el 20 de noviembre de 1975, tomada esta fecha para la cuenta hacia atrás, no había leído afirmación de política económica que cuadrase mejor con el ideario económica de la democracia orgánica. Que fue, por cierto, el marco en el que nacieron, se impulsaron y se expandieron las industrias nacionales. Lo cual no me sorprende nada, por otra parte, porque lo único que nunca fue la economía española es economía auténticamente libre, verdadera economía de mercado. No fue, famas, democracia económica.

El papel subsidiario qne presentan casi todas las industrias nacionales, como tarjeta de visita o carnet de socios para ingresar en la actividad económica, nunca se cumple. Siempre resulta rebasado. Y siempre, el sector económico estatal u oficial, termina viviendo —malviviendo, por sus pérdidas— a costa del sector privado, al que reduce, y a costa d« los contribuyentes, a los que grava.— Diego JALÓN.

 

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