"¿Sería contrafuero el proyecto de ley sindical?", se pregunta monseñor Guerra Campos  :   
 El obispo secretario del episcopado español enjuicia el texto a la luz de la doctrina de la Iglesia. 
 ABC.    31/10/1970.  Página: 29. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

«¡SERIA CONTRAFUERO EL PROYECTO DE LEY SINDICAL?», SE PREGUNTA MONSEÑOR GUERRA CAMPOS

El obispo secretorio del Episcopado español enjuicia e! texto a la luz de la doctrina de la Iglesia

La revista "Ecclesia" publica en el nú-ñero que aparece a la venta hoy, y bajo el titulo "¿Sería contrafuero el proyecto de ley Sindical?", un articulo del obispo secretario del Episcopado Español, monseñor Guerra Campos, cuya texto es el siguiente:

"En los últimos dos años se viene hablando y escribiendo mucho en tomo al proyecto de ley Sindical. El interés que el tema suscita es proporcionado a la gran Importancia que tiene para todos los españoles.

Como era debido, es frecuente la apelación a la doctrina social de la Iglesia. No queremos entrar ahora en el mérito de la cuestión ni examinar las valiosas opiniones que se han emitido: únicamente subrayar un punto delicado que asoma no pocas veces entre la fronda de los comentarios: me refiero a la indicación de que, en virtud de la confesionalidad del Estado, la no conformidad con determinadas exigencias atribuidas a la doctrina católica invalidaría la ley, por anticonstitucional, o al menos permitiría el recurso de contrafuero.

Se recuerda el articulo 59 de la Ley Orgánica del Estado, según el cual "es contrafuero todo acto legislativo o disposición general del Gobierno que vulnere los principios del Movimiento Nacional, que, entre las directrices due han de inspirar la política y servir de guía a la acción legislativa y de Gobierno, establece el acatamiento a la ley de Dios. según la doctrina de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana".

No todo lo que es moralmente obligatorio, según la doctrina de la Iglesia, puede ser impuesto o vedado por vía jurídica civil; sin embargo, el orden moral en su totalidad afecta a la acción legislativa y de Gobierno por doble título: por cuanto éstas nunca deben fomentar lo que sea Inmoral en los distintos campos de la vida humana y deben, por lo contrario, contribuir a asegurar condiciones propicias para el ejercicio de todos los valores morales y religiosos, incluso aquellos que no son regulados directamente por la autoridad civil. Salta a la vista, por otra parte, que mientras la doctrina católica ha de guiar toda la acción de Gobierno (incluidas las omisiones, que Invita a remediar), la posibilidad del contrafuero se restringe a los actos legislativos y a las disposiciones generales.

Mas para que la Inspiración moral de la Iglesia en los actos legislativos o disposiciones generales tenga repercusión jurídica en el orden constitucional se requiere, evidentemente, que la norma doctrinal esté determinada con la suficiente precisión. Por eso es de esperar que algún día, no lejano, la cuestión ruada sencilla de la obligación constitucional de la doctrina de la Iglesia sea estudiada en toda su generalidad y con todo rigor. Entre tanto, permítaseme apuntar algunas observaciones.

CONDICIONES PARA EL CONTRAFUERO

¿Se vulneran los principios fundiaamenta-les, en el sentido del contrafuero, sólo porque una ley sea de perfección deficiente? Sin duda, no; porque, de suponer lo contrario, cualquiera podría opinar que todas las leyes, dado que no las juzgue perfectas. son anticonstitucionales. Para que haya contrafuero tendrá que haber una transgresión u oposición positiva a las leyes fundamentales.

La conformidad o disconformidad con la doctrina de la Iglesia se puede juzgar fácilmente cuando la norma implica una forma determinada, de aplicación. E¿eai-Dlos: el reconocimiento civil del matrimo-aío canónico. las preaoripctanes negativas de valor universal too fomentar el aborto, no violar derechos inalienables...), la legislación concordada, etc.

En otros casos, la Iglesia recuerda y propone ciertos valores, bienes u objetivos morales a los que debe tender la ordenación social, valores que muchas veces no pueden realizarse con la simple afirmación de cada uno por separado, sino mediante una composición armónica que suele exigir variable acentuación de unos y otros para que resulte el máximo posible de todos. La Iglesia exhorta a buscar la fórmula que realicé el máximo bien factible en un tiempo y circunstancias concretas. No hay una forma predeterminada El juicio práctico sobre la forma en que la mejor síntesis de los valores ha de ser realizada o intentada (juicio moral, no simplemente técnico) no corresponde a la Iglesia. Diríamos que la exigencia constitucional en estos casos es elegir la dirección adecuada y buscar vías de acceso. Pero al realizar esta búsqueda se entra en el campo de la opinable: el consejo, la recomendación práctica—que ahí tienen su aplicación—, no pueden, aunque proviniesen de la jerarquía* eclesiástica, vincular jurídicamente.

Tampoco se puede juzgar desde los principios si una fórmula es suficiente o insuficiente, ya que la "suficiencia" no se mide sólo por relación a los principios, sino también por relación a lo que es, aquí y ahora, factible. La mejor ley, en concreto, no es la mejor apetecible, sino la que mejor funcione dentro de la dirección ideal. Por eso lo que vale como estímulo para mantener la tensión ascendente ante lo que hay que hacer no vale, sin más, como juicio moral sobre lo hecho.

LO OBLIGATORIO, LO RECOMENDABLE Y LO DUDOSO

Tal es el caso de la ley Sindical. El Episcopado español ha recordado oportunamente los principios cristianos. Toca a los ciudadanos opinar y a las Cortes deliberar y decidir sobre las fórmulas más aptas. Es explicable que no coincidan los juicios de todos acerca de esa aptitud. Sería conveniente que no se enturbiase, al menos, la distinción entre lo obligatorio, lo recomendable y lo dudoso. Las confusiones acechan por muchos lados. No juzgará lo mismo quien Interpreta el pasado como "anormal" por restricción excepcional de los derechos y quien lo Interpreta como una de las posibles formas "normales", según un concepto de libertad y unidad sindical no contrario al magisterio pontificio y de los obispos, aunque piense que necesita perfeccionamiento por adaptación a nuevas circunstancias, o bien co. rrección de errores prácticos. No acentúan lo mismo la síntesis de valores que hay que lograr muchos expositores de doctrina social católipa y el Papa Pío XI cuando propulsaba las corporaciones profesionales de Derecho público y tipo vertical, que Pío XII siguió evocando hasta los años cincuenta como un desiderátum, lamentando que los rumbos de la sociedad posbélica se desviasen del mismo (y amparándose por Igual en la doctrina de Pío XI, no coincidían los católicos que sostenían la tesis de Sindicatos libres, plurales, de Derecho privado, integrados obligatoriamente en la organización profesional, y los católicos que, en el plano estrictamente sindical, postulaban la corporación única con secciones patronales y obreras). Es lógico que no aprecien de Igual modo las formas de realizar la unidad, libertad, etc., -los que admiten el carácter institucional de los Sindicatos y los que los contemplan con perspectiva de asoclaclonlsmo liberal.

Todo esto, al mismo tiempo que insinúa la complejidad del asunto, nos avisa, cuánto importa no olvidar el deslinde entre lo que es obligatorio per razón de la doctrina de la Iglesia, lo que pudiera ser obligatorio por una necesidad circunstancial, lo que se estima recomendable y lo que es dudoso o de opción totalmente libre. No es un deslinde puramente formal; es nada menos que la condición para que actúe la libertad creadora, y abra cauces de eficacia a los principios. Nada estorba más a la investigación que se requiere para hallar fórmulas operativas que el intento de hacer pasar por fórmulas la mera repetición formal de los principios.

CONFESIONALIDAD NO ES HIEROCRACIA

Es posible que algunos eludan el deslinde y prefieran la invocación equívoca de los principios con el propósito de conseguir que la fuerza social de la doctrina de la Iglesia presione eficazmente en la dirección de ciertas fórmulas que, según ellos, convienie promover en el futuro. Deberían pensar oue la manipulación utilitaria de la doctrina a plazo corto, a costa de su pureza, debilita la eficacia propia de la Iglesia. Y si pretenden arrastrar en esa dirección a la autoridad eclesiástica, aunque sólo fuese por la vía de las generalidades equívocas, el daño sería mayor, porque, además del peligro de extralimitaciones injustas, daría lugar a que muchos fieles pudiesen legítimamente inhibirse ante las declaraciones jerárquicas, exigiendo que se precise qué es lo que en ellas se propone como norma vinculante y qué se ofrece como recomendación o consejo. Norma y consejo tienen su valor precioso; pero ambos se deterioran si se los confunde. La distinción cuidadosa (que está muy lejos de ser inhibición, ]al contrario!) es particularmente ineludible en el marco de un estado confesional, si se han de ahuyentar ciertos fantasmas que asoman en el horizonte. Porque confesionalidad no es hierocracia.

Esperamos aue las deliberaciones de las Cortes—a la luz de la doctrina de la Iglesia, en conformidad con las Leyes Fundamentales, teniendo en cuenta las opiniones de los ciudadanos, y sobre todo con el examen realista de la situación concreta y de sus posibilidades—lleven a la fórmula mejor. El espíritu cristiano, la sobresaliente capacidad técnica, la experiencia y la, ejemplar dedicación de los miembros de las Cortes son buen cimiento de la esperanza. Naturalmente, no e* imposible—aunque sí inverosímil—la hipótesis de oue se llegase a una fórmula aue constituyese contrafuero o que la Iglesia pudiese impugnar como contraria a so doctrina. En todo caso, para despejar el camino en el momento actual no parece inútil proponerse una pregunta inequívoca y darle la respuesta que estimo adecuada.

Pregunta: Si el proyecto de ley Sindical se convirtiese en ley tal como esta, ¿sería contrafuero en virtud de la doctrina católica? Respuesta: Por razón de la doctrina católica no se podría impugnar como inconstitucional ni el proyecto oue ahora discuten laa Cortes, ni tampoco el que fue presentado en 1969.

 

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