Autor: Bayod y Serrat, Ramón. 
   Eurosindicalismo     
 
 Informaciones.    21/01/1978.  Página: 8. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

EUROSINDICALISMO

Por Ramón BAYOD Y SERRAT

LAS centrales sindicales, aquellas que por obra y gracia del Gobierno integraron la delegación trabajadora de España ante la Conferencia General de la O.I.T., en junio de 1977, sin antes haber mediado el resultado de unas elecciones que nos orientaran acerca de su rEpresentatividad real, dirigen ahora a coro sus ataques contra el proyecto de ley sobre acción sindical que el Gobierno ha remitido a las Cortes.

El texto legal, vienen a decir, no es democrático.

Paradójicamente, aquella representación se la otorgo el Gobierno, quien, jurídicamente, estaba en su legítimo derecho a hacerlo, de acuerdo con el artículo tercero de la Constitución de la O.I.T. Pero, sociológicamente, la representatividad de las centrales estaba todavía por ver. Aquella representación, en suma, fue una medida política coyuntura!, de emergencia, y a la que, como es natural, prestaron su apoyo más o menos solidario las tres Internacionales sindicales: C.M.T. (democristiana), F.S.M. (comunista) y C.I.O.S.L. (socialista). Asi, de momento, todos contentos. Lo que importaba entonces era el ser bien recibidos en el Palacio de las Naciones de Ginebra y que los ilustres compañeros Plant (Reino Unido), Morris (Canadá) y Pimenov (U.R.S.S.) cambiaran el tono de sus voces, tantas veces agrias, para la representación trabajadora española en la sala XII del palacio.

Con aquella medida —tomada a nivel político, no con miras de estadista— es evidente que la reforma sindical en España —incluidas las ratificaciones de los paleolíticos convenios sobre libertad sindical— no quedaba resuelta, sino tan sólo pospuesta, como tantas otras cosas. El problema permanecía en pie.

Porque, en definitiva, las centrales sindicales, creadas por grupos políticos casi todas ellas, necesitaban desde luego de un «contraste» a partir de abajo, con unas elecciones a nivel de empresa, por voto libre, igual y secreto, democráticamente, y no bajo el tumulto asambleario, cuyo mecanismo, manipulación, coacción y alcance, todos conocemos.

Verdadero meollo de la cuestión, surgió aquí la pugna entre las candidaturas abiertas y las cerradas. Unos deseaban que las elecciones, más que para saber quiénes sean los representantes de los trabajadores a pie de tajo o de fábrica, sirvan de índice respecto al «color» político de la central a la que pertenecen; ,otros exigen que la representatividad a nivel de empresa no pase de ahí. Los unos pretenden lo que llaman «clarificación» sindical, de militancia; los otros, no.

En esta situación, las centrales coinciden en afirmar la necesidad de que los sindicatos «sean fuertes, bien organizados, democráticos, representativos, de clase y que den consistencia al movimiento obrero»; pero, desde luego, cada una bajo su respectiva óptica, más que ideológica, política. Porque el partido, el grupo, está detrás y muy atento a lo que pasa.

Algún inocente preguntaría si, puesto que todos son trabajadores, ¿por qué los trabajadores, todos, no se organizan en una sola central, en una sola federación, en un solo sindicato de rama o servicio? Pero aquí viene el viejo tema, que llevamos arrastrando en España hace más de cien años: la politización de los trabajadores por la demagogia de los políticos —descamisados o no, qué más da—, operada desde el Congreso Obrero Español de 1872, por la catequesis ideológica que nos importaron Fanelli y Lafargue, emisarios, respectivamente, de Bakunin y de Marx, tras el enfrentamiento de estos últimos a raíz de la I Internacional. Tal es el origen, en España, del sindicalismo anarquista y del sindicalismo socialista. Más tarde, naturalmente, vendría el comunista.

En nuestro país, la manipulación política de la clase trabajadora —a la que no fue ajena el elemento

confesional—, viene, pues, de muy lejos, y ha sido, casi siempre, la «obra bien hecha» de intelectuales burgueses pasados al bando de una izquierda, que, en el fondo, fue y sigue siendo burguesa. Ya el propio Marx, en un momento de lucidez sindical, no en vano alertó y denuncio en su Declaración de Hannan (1869) que los sindicatos no debían caer jamás bajo el poder de «ningún partido político». Sin embargo, y con cierto talante «revisionista» de la ortodoxia del maes tro, un socialista español acaba de escribir: «El apoliticismo sindical es imposible, es una falacia.» No dirían lo mismo, creo yo, los sindicalistas norteamericanos y británicos, por ejemplo. Sobre todo, estos últimos, porque fueron ellos quienes crearon el Partido Laborista, y no el partido al sindicato, como ocurre con dos de las centrales sindicales españolas del momento.

Entretanto, un avispado caballero sevillano, diputado por más señas rinde viaje estos días a la República Federal de Alemania para conectar con W. Brandt y su equipo. Lo más significativo es la visita a H. O. Vetter, el líder del sindicalismo socialista alemán. El fenómeno no es nuevo. Ya Pablo Iglesias, en su tiempo, puso en marcha sus dos organizaciones —primero, la política; después, la sindical—, gracias al apoyo alemán. (La cita no es mía: corresponde al profesor Colé, mi colega de Oxford.) Por aquel entonces, sin embargo, no circulaba eso de la «homologación» con Europa.

De todo eso, nadie lo dude, va a surgir entre nosotros, tal vez mañana, lo que podríamos llamar «eurosindicalismo», y que, con el «eurocapitalismo», completará los «euros» de esa divina Europa del año 2000. Porque mientras la realidad no nos muestre lo contrario, sabemos tan sólo que esa «medida europea» está integrada y capitaneada por una oligarquía de poderosos que deciden. Europa, corno entidad supranacional, en , lo político, económico y, sobre tocio, en lo social, no es ni siquiera un sueño.

Es, tan sólo, un tópico. Detrás, claro está, quedan los intereses. Y éstos sí son una realidad.

 

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