Autor: Delgado Rodrigo, Carlos. 
   Sindicato y Estado democrático     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 13. 

Sindicato y Estado democrático

El Estado tecnológico capitalista y la presión del progreso técnico han transformado profundamente no las estructuras, sino los medios defensivos y los conceptos tradicionales y jerárquicos de la sociedad. La teoría de la revolución clásica ha perdido toda su virtualidad: pretender transformar actualmente la huelga económica en huelga política y la huelga política en insurrección general es una estupidez criminosa. La metafísica del trabajo constituye una vieja herencia que no corresponde a la realidad social actual.

La presencia del sindicato en la empresa le obliga a organizar sus relaciones con las diversas instituciones de ella y con el conjunto de los trabajadores, lo que impondrá en todas partes la unidad sindical, necesaria y conveniente. El pluralismo sindical, consecuencia de las interferencias de los partidos marxistas, está condenado a desaparecer.

Ese sindicalismo fosilizado de taifas que estamos padeciendo ha podido y ha debido evitarse. El Estado moderno necesita de unos sindicatos independientes, centralizados y responsables con los que poder dialogar. Por eso no debió decretar, ni en el tiempo ni en la forma que lo hizo, la desintegración de los sindicatos verticales. Hubiera bastado transformarlos en su propio ámbito, dándole autenticidad clasista y democrática por la base, para convertirlos en sindicatos puros y eficientes, aprovechando todo lo útil que tenían.

Los sindicatos modernos deben cumplir diferentes funciones, de entre las cuales mencionaremos cinco que consideramos primordiales: 1) Intervenir en los organismos estatales donde se planifique, regule y controle la economía, para contribuir a dirigir a la sociedad «científicamente» sobre la base de datos estadísticos. 2) Impedir la penetración perniciosa de las multinacionales y los monopolios en el área económica nacional. 3) Vigilar esa simbiosis existente entre las grandes empresas, las personalidades políticas y los altos burócratas estatales. 4) Asumir la educación de los trabajadores de una manera selectiva, organizada, sistemática y gradual. El progreso social de una colectividad fundada en la cooperación depende del nivel cultural que alcance. Si los trabajadores aspiramos a la autogestión en la empresa, necesitamos capacitarnos primero para dirigirla eficazmente. 5) Ejercitar la acción inalienable en la defensa de los intereses reivindicativos específicos e inmediatos de las clases trabajadoras. Si bien, tanto en el sistema capitalista como en el socialista en su primera fase, las contradicciones de clase se van atenuando mediante consensos y tribunales de arbitraje.

Vivimos un momento económico grave como consecuencia de la inflación y del paro laboral creciente que padecemos, preferentemente. Los precios de nuestros artículos de primera necesidad —comer, vestir, habitar— son los más altos de Europa, mientras que nuestro índice de productividad es el más bajo. En consecuencia, necesitamos de manera apremiante un Poder fuerte y unos sindicatos coherentes y responsables que impongan de manera inflexible: un régimen de disciplina e incentivos del trabajo que aumente a toda costa >a productividad; un estatuto que regule los canales de comercialización de los artículos prioritarios, que elimine los oligopolios, los escalones innecesarios y que permita fijar los precios de esos artículos en origen, de acuerdo con los sindicatos, y una restricción drástica de las importaciones —en particular del petróleo— que frenen ese derroche de gasolina que estamos presenciando, consecuencia de nuestro natural carácter rumboso e irresponsable; alcanzando también a todos aquellos artículos y productos que, aun siendo necesarios, puedan ser sustituidos por otros nacionales.

Al propio tiempo, la voz más autorizada del Gobierno debe decirle al país con crudeza y sin «máscara» la dependencia en que se hallan los salarios y los precios respecto de la productividad, resaltando toda la importancia y el apoyo que merece el contrato colectivo, como base normal de empleo, concebido con un nuevo alcance coyuntura!.

Como las causas que motivan esta crisis que padecemos son, casi por entero, estructurales, necesitan un tratamiento político adecuado. ¿Cuenta con el equipo idóneo para realizar ese tratamiento el conglomerado gobernante U. C. D.? En nuestro criterio, no. Los actuales políticos en el Poder no son producto de una selección, sino de una improvisación. La Unión de Centro Democrático es una agrupación híbrida de circunstancias, no de principios. Por eso sus líderes no pueden tener fidelidad a ningún pensamiento. Este Gobierno no afronta con decisión y claridad los problemas importantes. Limita su acción a la práctica de maniobras astutas para consolidarse en el Poder.

Lamentablemente, «doña Democracia» en su primer alumbramiento no nos ha traído ni un solo vastago político de verdadera calidad: ese animal humano que posee el influjo magnético capaz de producir en cualquier momento la emoción apasionada y el asenso de una reunión pública; esa espléndida fisiología intuitiva capaz de dar forma a la realidad dispersa en el subconsciente de un pueblo, conmoviendo su imaginación y poniendo tensión en sus músculos para que emprenda una acción constructiva e ilusionada de carácter nacional.

El balance hasta hoy es desolador. El horizonte, tétrico. La democracia pluralista nos está sentando como un tiro, aunque nadie lo confiese. Y no porque «los españoles seamos diferentes»... La inmensa mayoría de las naciones que han alcanzado la independencia después de la II Guerra Mundial no han adoptado la democracia pluralista y han creado algún tipo de sistema acorde con su desarrollo social histórico. Lo que quiere decir mucho.

«Casi en ninguna parte existe la democracia», ha dicho el embajador norteamericano en la O. N. U. Y a esta verdad evidente, tan comentada, no se le atribuye una interpretación correcta: en la actualidad, aproximadamente el 80 por 100 de las naciones no se rigen por la democracia pluralista; el 15 por 100 son «democracias» satélites del imperialismo norteamericano —que viven bajo ese Poder extraño y distorsionado!-, dado a la manipulación cínica y agresiva—, y solamente el 5 por 100 restante son democracias burguesas, es decir, imperialismos saciados asistidos de reducidos y excepcionales asteroides que pueden costearse el lujo de ese sistema. Esto demuestra que la democracia burguesa está superada históricamente. ¡Y la Historia sólo permite que se le sea infiel durante períodos de tiempo muy cortos!

Resulta sintomática en particular la actitud de esos seudosocialistas aferrados ahora a salvar esta democracia —como cipayos del imperialismo judaico— con el mismo ignorante servilismo que se aferraron, en los años 1931-39, a «salvar la República» —como cipayos de la masonería—, ¡con los resultados que todos conocemos!... Hasta hoy lo único que han conseguido es consolidar en el Poder a la burocracia franquista. Y no espere nadie que en el futuro ocurra de otra forma. No existe precedente de que se haya retirado democráticamente de la escena histórica ninguna dase declinante. Está todavía sangrante la experiencia de Chile y se niegan a verla.

Estos hechos contribuyen a que germinen en el país unas nuevas ideas. Estamos hartos ya de rutina, de ineptitud política y de medidas consolatorias. Sabemos que el equipo gobernante —y mucho menos los socialistas— no podrán curarnos de la inflación, ni del paro obrero, ni del despilfarro oficial, ni de los regionalismos o «nacionalidades», que ocultan el germen del despedazamiento nacional; ni de los aumentos salariales, que no se corresponden con el aumento de la productividad...

Habrá quien diga que somos derrotistas, que hay que esperar... ¿A qué? ¿A «que una España empobrecida sirva de conejo de Indias para experimentar en su cuerpo fórmulas de socialismo», como dice, desde otro ángulo, con su peculiar agudeza, nuestro buen amigo José María de Areilza en ABC del 5 del actual?

La misión del político es gestora y, consiguientemente, previsora. Por eso nuestra cualidad de viejos militantes sindicalistas nos obliga —sin ambición y sin celos— a formular este sincero comentario inaplazable. Para pedir a quien corresponda, como medida de salvación nacional, la sustitución del actual equipo gobernante por una selección de hombres con claridad de ideas y actitud decidida.

Caitos DELGADO RODRIGO

(Ex dirigente del Partido Sindicalista, fundado por Ángel Pestaña)

 

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