Autor: Muñoz Campos, Juan. 
   Libertad y obligatoriedad sindicales (I)     
 
 Ya.    26/12/1976.  Páginas: 2. Párrafos: 21. 

LIBERTAD y OBLIGATORIEDAD

libertad y obligatoriedad sindicales (I)

Es triste ver el panorama: unos, empeñados en mantener lo inmantenible; otros, obstinados en colocar lo incolocable; los menos, pensando en como puede articularse la fórmula legal para que la libertad sindical y su pleno ejercicio den vida a un sindicalismo asentado en asociaciones sostenidas por los hombres que las integren, sin ficciones, sin apariencias, sin ortopedia; los más, asombrados, desconcertados, incluso tristes, del espectáculo que se les ofrece...

También son detectables unas minorias, que se frotan las manos, que sienten regusto ante la realidad presente: son como esos pajarracos, cuyos ojos sólo están puestos en la carroña, pues de ella, de la materia muerta, se alimentan.

Lo cierto es que el mundo del trabajo está atónito: esperando una voz clara, ahito de escuchar el buen consejo; ávido de recibir un buen ejemplo; deseoso de que se le interprete serla y responsablemente; impaciente por emitir su opinión...

PIENSO yo que no se trata de reformar lo irreformable. Sí de trazar una meta. Y de recorrer la andadura que a ella conduzca con serenidad y firmeza. Con unos planteamientos actuales: nada de excluir, si de sumar; no de hundir el capital, si de precisar su papel y el de los hombres todos, que de él se sirven; no confundir medios y fines, sí de hacer que todos participemos en la fijación de éstos y que todos nos entreguemos en el servicio de aquéllos.

Y tener muy en cuenta que es el hombre él sujeto activo del trabajo. Y que no debe entregarse a él solo para producir y obtener los medios que le permiten consumir. Sí para sentirse empeñado en una tarea que le sirve para trascender. No encadenado al quehacer, sí Ilusionado con él, en cuanto es su medio de participar en la obtención de otro mundo diferente, en el que las coordenadas básicas no pasen tanto por la cabeza y el estómago como por el corazón y por la inteligencia.

SON muchas las preguntas que se hace el hombre del trabajo y para las que no encuentra respuesta convincente:

¿Quién me sirve y quién se sirve de mi?

¿Quién me estimula a la huelga? ¿Quién al motín y a la revuelta?

¿Quién me aconseja resignación y paciencia?

¿Quién me lleva a un mayor número de deseos, Impeliéndome a su satisfacción, y diciéndome que no hay norma que la Impida?

Juan MUÑOZ CAMPOS

¿Quién me hace pensar en mís deberes, llamando mi a tención sobre la necesidad de cumplirlos ?

¿Quién me concreta que debo exigir el reconocimiento de los derechos a que soy acreedor?

¿Quién me sugiere el diálogo con mi empresario, que nos sentemos Juntos para considerar la situación, Identificar sus causas y aplicar soluciones?

¿Quién me insiste en que soy libre para seguir un camino, pero no me Incita ni ayuda a buscar el que coincida con el de mis compañeros hacia una meta común?

El trabajador de hoy ya no se resigna a ser un Instrumento de producción y tampoco un objeto manipulado para el consumo. Sabe que hay que superar esa situación en que la sociedad le tiene colocado. Es consciente de que tal superación acusará los deberes que ha de cumplir, pero también potenciará, los derechos que le son privativos.

ES consciente de la necesidad en que se encuentra de pasar de la pasividad al protagonismo. Y por ello se interroga: ¿Cuál es el fin que me ha de mover el trabajo? ¿Cómo puedo evitar que se me escamotee ese fin? ¿Qué medios debo utilizar? ¿En qué forma superar esta situación vital, que ya no da nada mas, porque intrínsecamente es que no puede darlo? ¿Cómo actuar para hacer viable esa aspiración de un futuro, en el que mis hijos no queden atrapados como yo lo estoy por el presante ?

Porque el hombre es su futuro. La trascendencia que de sí mismo logre es la razón determinante de su tarea, de sus vivencias, de sus luchas. Nada de mantenerlo en un presente continuado, que no es mas que la descomposición sucesiva de un pretérito caduco.

El mundo del trabajo, que ha sido el más manipulado porque se le negaron las posibilidades de ser sujeto activo durante muchísimos años, es precisamente donde menos se ha manifestado esa descomposición Interna que la sociedad evidencia. Están sus valores, más que descompuestos, como ocurre en otras capas sociales, realmente inéditos.

Vamos a sacarlos a la luz. Vamos a desarrollarlos. En una actividad continuada, participante, real, a través de nuestras asociaciones sindicales, a las que por su concepción y tamaño nos sintamos próximos. Y que ellas se unan a escalas superiores para constituir células sociales vivas, operantes, que funcionen, que nos ayuden, que nos defiendan, que nos Ilusionen.

Y las constituiremos según nuestros modos, usos y costumbres. Pero las constituiremos.

En otras palabras, que sera obligatoria su constitución.

El futuro sindical está en la multiplicidad de las asociaciones, pero, asimismo, en la la obligatoriedad de ellas y en la unidad para la acción. Han de haberlas, para que ningún trabajador quede fuera de una asociación sindical. Y si no le placen las existentes, hará otras; pero estará en una que, sin duda, potenciará su capacidad de colaboración y de lucha.

En la obligatoriedad de sindicarse y en el pleno ejercido de la libertad para hacerlo está el futuro del mundo del trabajo, si efectivamente sus hombres convierten a las asociaciones sindicales, todas las que necesite, en instrumentos concertados al servicio de su persona, de su humanidad, de su trascendencia.

El sindicalismo ha de ser, al servicio del hombre trabajador, el Instrumento que le sirva, mediante la unidad en la acción, para Integrarlo en una nueva sociedad que, por el afán de trascendencia de sus hombres, sustituya de verdad a ésta que estamos padeciendo.

Y lo será, sí los trabajadores ven claro que de ellos depende, de que utilicen su número, su fuerza, su entendimiento, sus aportaciones, en esa línea que hasta ahora, por desuniones, desconocimientos, intrigas y manejos no han estado dispuestos a seguir.

¿Por qué no consultarles directamente con tres o cuatro preguntas claves para que en voto secreto las responda cada uno en conciencia? ¿Por qué no viabilizar que sean ellos, los Interesados, los que resuelvan? ¿Por qué no callarnos, entre tanto, cuantos decimos hablar en su nombre ?

Juan MUÑOZ CAMPOS

 

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