Hacia la libertad sindical     
 
 ABC.    15/09/1976.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

HACIA LA LIBERTAD SINDICAL

El inmediato horizonte del sindicalismo español se aclara. Habrá pronto todas las impresiones, todos los pronósticos solventes, permiten asegurarlo— libertad sindical. Si se excluirá o no a los sindicatos comunistas —único punto que depende lógicamente de la resolución política que se adopte sobre el reconocimiento oficial del P. C.— es asunto por ver todavía. Pero, en definitiva se va a la libertad

sindical.

Es significativo que la asamblea regional de las Comisiones Obreras, reunida en Sevilla, haya acordado «vetar la creación de nuevos sindicatos» El argumento para fundamentar este yeto recurre a un conocido tópico: evitar la división o fragmentación de la clase obrera. Quedan, así, muy claras dos posiciones: la del Gobierno —con el ministro de Relaciones Sindicales sin regatear esfuerzo en pro de la digna negociación— a favor de la libertad sindical; y la actitud de las Comisiones Obreras que inspiradas o comandadas por la ideología comunista —ahí están, a diario, las declaraciones de Camacho—, se niegan naturalmente a la libertad porque prefieren la unidad. Y si llegan a dominar esta unidad, miel sobre hojuelas

No es nada inoportuna, y mucho menos resulta una falta a la congruencia a que debe ajustarse el proceso del cambio hacia la democracia, esta anticipación de la reforma sindical. Si la consumación de otras reformas debe reservarse al juego de poderes que resulte de las elecciones —es decir, al Congreso, Senado y Gobierno futuros— abrir el sindicalismo español a una libre pluralidad es decisión que bien puede adoptarse y aplicarse por adelantado porque, además de facilitar el general proceso evolutivo político, no va a contradecir, evidentemente, la configuración del sindicalismo nuevo que se quiere. Que quieren la inmensa mayoría de las masas laborales.

Interpretaciones razonables y autorizadas de la hasta ahora vigente legislación reguladora de los sindicatos, afirman que sí se entienden «ampliamente» los textos correspondientes, incluidos algunos fundamentales como la declaración XIII del Fuero del Trabajo, el tránsito del sindicalismo unitario al sindicalismo plural que engendrará la libertad de afiliación es va perfectamente factible.

Por supuesto, todas estas facilidades, factibilidades y conveniencias, tan evidentes en él plano de la teoría o plano de la política, tropezarán con la necesidad Ineludible de resolver, sin pérdida de

tiempo, una serie de graves problemas sindicalistas en el plano de la realidad o de la práctica.

Dos tienen extraordinaria trascendencia: el problema del destino del actual patrimonio de los sindicatos; y el problema, absolutamente prioritario y respetable —aunque haya merecido ya alguna incalificable repulsa desde ese tan cantado humanitarismo de la extrema izquierda— de los funcionarios que han dedicado su vida al trabajo en los distintos organismos sindicales. La veracidad informativa y el sentido de la justicia, incluso el más elemental, exigen subrayar la importancia de este asunto.

Precisamente porque ambos problemas y, sobre todo, el humano de los funcionarios sindicales tienen solución, no hemos hecho referencia destacada a ellos presentándolos como obstáculos a la reforma sindical. No lo son. En ningún supuesto deberán serlo.

La libertad sindical —cualesquiera que sean los juicios que merezca a los diversos grupos— es una imprescindible pieza en el tablero del juego democrático auténtico. Como tal debe ser acogida.

Y apoyada. Y entendida.

 

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