Ordenación de la Fuerza laboral     
 
 ABC.    25/08/1974.  Página: 14. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

ORDENACIÓN DE LA FUERZA LABORAL

De los estudios realizados por la Organización Internacional del Trabajo para el Año Mundial de la Población y la Conferencia Mundial que, sobre el tema, se celebra actualmente en Bucarest, se desprende, a manera de axioma, lo siguiente: «Aun si el día de mañana se produjera una caída milagrosa en la tasa de natalidad, el ritmo de crecimiento de la fuerza mundial de trabajo no cedería hasta la década de 1990; la próxima generación de trabajadores ya ha nacido».

Sin participar en absoluto de los adjetivos que califican la posibilidad de un descenso de los nacimientos, y sin ver en la continuación del ritmo normal de los mismos un anuncio catastrófico, resulta evidente la necesidad de considerar las cifras que respaldan el informe de la O. I, T. Falta apenas un cuarto de siglo para que arribemos a ese ya no tan mítico ni esperanzador año 2000, y se calcula que, en esa fecha, el número de trabajadores de todo tipo habrá pasado de los actuales 1.500 millones, a mil millones de personas más. Seremos pues dos mil quinientos millones a trabajar, de los que el 68 por 100 se habrán formado para el trabajo en los próximos veinticinco años.

Aunque el 63 por 100 de esos mil millones de nuevos trabajadores correspondan al incremento de la mano de obra asiática, el 15 por 100 a la africana, el 10 a la hispanoamericana y tan sólo un 4 por 100 a Europa, Unión Soviética y Norteamérica, no cabe duda que cambiarán los métodos y sistemas no ya de trabajo, sino de preparación laboral. Especialmente si se tiene en cuenta que únicamente el aumento de trabajadores previsto para un cuarto de siglo supera el registrado en las dos centurias anteriores, y que la mitad de la población del mundo tendrá entonces menos de veinticinco años.

Determinadas profesiones que requieren, a la vez, vigor y experiencia para su ejercicio, parecen estar exigiendo ya, con vistas a una planificación laboral eficaz, la disminución de la edad de jubilación y, lo que es más importante, la creación, paralelamente, de una categoría profesional no enteramente nueva, pero sí insuficientemente utilizada e infravalorada en la práctica: los asesores. Diplomáticos, altos directivos de empresa, cirujanos, determinadas ramas de la investigación y, ¿por qué no?, periodistas en cargos de responsabilidad, especialistas en las diversas materias de la Prensa, podrían contar con un régimen que les permitiera ahorrar su vigor y emplear generosamente su experiencia, en beneficio de las jóvenes generaciones.

Estas llamarán a las puertas de la vida profesional cada vez con más fuerza. La edad óptima para el trabajo, y esto no cabe entenderlo únicamente para las actividades que requieren fundamentalmente esfuerzos físicos, se ha establecido entre veinticinco y cincuenta y cuatro, años. Y los jóvenes, con todo su vigor y una preparación que ha de ser progresivamente más eficaz y exigente, acabarán exigiendo, de grado o por fuerza, que se les deje paso.

No puede el mundo que llamamos hoy desarrollado permitirse el lujo, como en épocas anteriores, de. un choque, de un enfrentamiento generacional. En nuestro caso, incluidos geográfica y estratégicamente en Europa, debe tenderse a una mayor calidad, un mejor rendimiento laboral, que compense nuestro crecimiento numérico, escaso en relación con otras regiones del globo. Las cifras de la O. I. T. respecto a la disminución, en el total de la fuerza laboral, de los trabajadores de edad, mayores de cincuenta y cuatro años, indican que éstos no representarán más que el 11 por 100 en las zonas desarrolladas. La sabiduría de este grupo, al que actualmente se le prolonga la vida laboral para condenarle después a un ostracismo casi completo, debe ser utilizada debida- -mente, y la actual reglamentación ha de contar con las suficientes excepciones que ayuden a esa racionalización del trabajo, a ese entronque generacional que juzgamos progresivamente necesario.

 

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