Autor: Ariza Rico, Julián. 
   Elecciones y convenios     
 
 Pueblo.    09/01/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 18. 

ELECCIONES Y CONVENIOS

Julián ARIZA RICO

UN encadenamiento de hechos ha determinado la disolución de las Cortes y la doble convocatoria de elecciones legislativas y municipales. No se trata ahora de hacer la historia —breve en el tiempo y compleja en el contenido— que ha dado como resultado esta situación en la que, más que en ningún otro momento, la campaña electoral va a concentrar todos los esfuerzos de los partidos. De lo que me parece interesante decir algo es sobre la incidencia que sobre el sindicalismo tienen estas elecciones, que van a celebrarse en el centro de la negociación de unos dos mil convenios colectivos de trabajo.

Las posiciones de los principales interlocutores en la negociación de los convenios son conocidas.

De un lado, la gran patronal pretende que los salarios no crezcan por encima del 10 por 100. Quiere que el tema de los derechos sindicales en la empresa no se discuta e incluso, hasta hace pocos días, se resistía a sentarse a la mesa de la negociación.

Del otro lado, las centrales mayoritarias demandan un 16 por 100 de subida salarial, ponen especial énfasis en conseguir el ejercicio de una serie de derechas que facilitan la acción sindical en la empresa y recomiendan que las negociaciones tengan muy presente el problema del desempleo y la creación de puestos de trabajo. Esta última cues tión se enfrenta con la política patronal de flexibiliizar plántulas; esto es con facilitar mucho más el despido o, lo que equivale a lo mismo, con reducir en las empresas el número de puestos de trabajo.

Como telón de fondo o si se quiere, como referencia, el decreto-ley del Gobierno «indicando» que la subida salarial se sitúe entre el 11 y el 14 por 100, silenciando el tema de los derechos sindicales y situando lo del empleo más como justificación de su política de rentas que como lo que realmente es: el primer problema del país.

En este contexto y teniendo presente que la dialéctica del sindicalismo es presión-negociación todos los observadores coinciden en que la eonílieti-vidad laboral va a ser fuerte, calificando incluso como invierno caliente lo que tenemos encima. Los conflictos habidos en varios sectores de los servicios aparecen como preludio de lo que, para algunos, puede ser un concierto de huelgas y movilizaciones en toda regla.

Por si fuera poco, la convocatoria de elecciones provoca normalmente en los países de economía de mercado un clima de expectativa que reprime la inversión y coloca a las patronales en actitudes más defensivas que lo habitual. En España, por las razones especiales de nuestro singular proceso de transición y la relación de fuerzas existente, no puede decirse que la actitud haya sido de expectativa sino de abierta incertidumbre. Discutir si ha estado o no justificada está fuera de lugar. Lo que interesa destacar es que el período electoral en nuestro caso acentúa los temores y que la negociación colectiva no ha podido hallar peor marco para desarrollarse. Si el sindicalismo intentara disociar lo relacionado con la negociación colectiva de lo relacionado con las elecciones legislativas y municipales cometerla un profundo error.

Si, por el contrario, relegara el planteamiento reivindicativo consustancial a los convenios al hecho electoral, cometería el mismo error, aunque de distinto signo.

La función social de los sindicatos no puede confundirse con la de los partidos. La experiencia demuestra que a la larga, para los fines que deben cumplir los sindicatos, no se debe convertir a éstos en correas de transmisión de los partidos.

Pero tampoco puede olvidarse que los partidos obreros y los sindicatos de clase, que conjuntamente forman la expresión organizada de lo que llamamos movimiento obrero, tienen una serie de intereses y objetivos coincidentes. Contraponer sindicatos a partidos obreros es una de las grandes constantes de la propaganda burguesa. Pretender que los sindicatos se desentiendan de lo político es la más frecuente de las campañas ideológicas que el poder constituido desarrolla en las sociedades capitalistas.

Los sindicatos no deben hacer propaganda partidista. Pero si ignoraran que, en gran medida, las reivindicaciones de los trabajadores y la acción sindical están condicionadas por las leyes y disposiciones que se toman por los Parlamentos y Gobiernos, traicionarían de hecho los intereses generales de la clase social que representan.

No corresponde a los sindicatos presentar candidaturas a las elecciones políticas. No tanto porque las leyes no lo tengan previsto, sino porque desnaturalizarían su cometido. Pero sí deben preocuparse con especial atención de que en e- Parlamento y el Senado haya auténticos portavoces de los intereses de los trabajadores.

Resumiendo lo dicho, los sindicatos deben favorecer que los trabajadores comprendan que cuanto mayor sea la presencia de hombres y mujeres representativos de su clase en las Cortes más fácil será conquistar sus reivindicaciones. Esto les obliga a propiciar que el marco social y político sea el más idóneo para que el voto vaya a los partidos obreros.

Un clima social de huelgas prolongadas por programas maximalistas, de imuposible satisfacción en las coordenadas económicas y políticas de un momento dado, al saldarse con frustraciones colectivas, no sólo es perjudicial en primer lugar para los propios trabajadores y sus sindicatos, sino que supone un cal. do de cultivo para el abstencionismo y la decepción. No hace falta decir que el abstencionismo de los trabajadores favorece a la derecha.

Pero también puede favorecerse la indiferencia si los sindicatos no son capaces de movilizar a las masas para que sus aspiraciones más sentidas y razonables sean alcanzadas o alcanzables. La gran tarea es encontrar el equilibrio entre todos los factores que entran en juego y dar con la medida precisa a la hora de desarrollar la acción sindical. En esto no hay fórmulas matemáticas: es cuestión de habilidad, de experiencia y de sentido político. Es el terreno donde Jos dirigentes sindicales dan su talla.

De cualquier forma, es imprescindible que los sindicatos auténticamente de clase hagan ver a los trabajadores que el apoliticismo sindical no existe. Detrás de quienes se definen apolíticos está siempre, directa o indirectamente, «na concepción del mundo, de las relaciones sociales y de los intereses que subyacen en los grupos o individuos. Es decir, el apoliticismo es una política casi siempre coincidente con la de las minorías dominantes, con los detentadores del poder.

Todo lo dicho habrá de ser tenido muy en cuenta en este momento histórico Nos hemos dotado de una Constitución democrática, pero el período constituyente no puede decirse que haya concluido. De esa Constitución saldrán más de medio centenar de leyes, que serán las que regulen en la vida cotidiana las relaciones sociales. La Constituciónes abierta quiere decirse que las leves tendrán mayor o menor contenido, profundizarán más o menos la democracia según quien las elabore. Algunas de ellas van a afectar directisimamente al sindicalismo.

Economía y política es tan indisolublemente ligadas. Como también lo están en este momento la negociación colectiva y las elecciones. quien diga que no está haciendo demagogia o propaganda para los partidos burgueses.

 

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