Autor: Fuente Tarrero, Jesús Manuel de la. 
 El Movimiento ciudadano. 
 En la encrucijada democrática  :   
 Su inactividad actual responde, en parte,a la preparación del proceso de adaptación a las nuevas estructuras políticas. 
 Pueblo.    18/02/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

EN LA ENCRUCIJADA DEMOCRATICA

Su actual inactividad responde, en parte, a la preparación del proceso de adaptación a las nuevas

estructuras políticas

QUE pasa con las asociaciones de vecinos? ¿A qué responde su actual y generalizado ostracismo? Hace

apenas una semana, y después de mucho tiempo, la Federación Provincial de Asociaciones de Vecinos

volvió a dar señales de vida. Desde hacía más de dos meses, el antes siempre palpitante movimiento

ciudadano madrileño guardaba un sepulcral silencio. Un sintomático silencio. Tan sólo una pequeña y

comedida nota de repulsa por los todavía frescos actos criminales que han azotado la capital, nos recordó

por ese tiempo que las reivindicativas asociaciones de vecinos seguían funcionando. ¿Por qué entonces

ese silencio? ¿A qué es debido? Sólo una consideración segura: el movimiento ciudadano vive también en

su seno la encrucijada democrática.

Evidentemente, dentro de las causas generadoras del actual cambio político que vive España, hay que

colocar en lugar privilegiado al movimiento ciudadano. Su importancia en este sentido ha sido

fundamental. Y más en el caso concreto de las grandes capitales como Madrid, Barcelona o Bilbao Pero

precisamente en este momento clave de tránsito surge la duda: ¿Qué baza van a seguir jugando las

asociaciones de vecinos en un contexto político democrático, como el que parece puede llegar a

instaurarse en España? Ahí está la gran incógnita, para la que no es que no haya respuesta, sino todo lo

contrario: demasiadas respuestas. Una complicada madeja de posibilidades, que, en el caso concreto de

Madrid, ni los propios protagonistas consiguen aún deshilar.

• POLITIZACIÓN

Nos comentaba recientemente un destacado dirigente del movimiento ciudadano madrileño que desde que

los partidos políticos actúan con casi total libertad su asociación está perdiendo socios. El dato es

fácilmente generalizable. Durante años las asociaciones de vecinos han sido el único cauce legal posible

—están amparadas por la ley 191/64, de 24 de diciembre— de reivindicación de masas. Su nacimiento,

primero, como entidades cuyo único fin se centraba en aglutinar intereses con vistas a mejorar el entorno

urbano —extremo éste tampoco del todo exacto, como más tarde analizaremos—, se convirtieron al poco

en una buena baza política, que algunos partidos se han apresurado en aprovechar, si no lo hicieron ya

desde el comienzo.

Si bien en un principio, las propias asociaciones han defendido de uñas su apoliticismo, en cuanto

confesarlo hubiese supuesto perder ese gran respaldo popular de aquellos que se solidarizaban con

reivindicaciones concretas de sus barrios, pero no de otro tipo, últimamente parecen más asequibles a que

se las identifique ya —al menos a sus dirigentes— dentro de determinadas corrientes políticas. De

posturas tan radicales como la mostrada hace apenas unos meses por la Federación de Asociaciones de

demandar judicialmente a un colaborador de «Informaciones», por asegurar en un reportaje que el pleno

que dicha Federación iba a celebrar a primeros de noviembre de 1976 podría suponer un abierto

enfrentamiento entre los miembros pertenecientes al P. T. E. y a la O. R. T., se ha pasado a una posición

mucho menos rígida, que ha permitido que el mismo vespertino publicara recientemente una lista en la

que se especificaba con todo detalle la ideología política de todos los miembros de la Junta directiva de la

Federación, en su mayoría miembros del P. C. y del P. T. E. Por toda reacción, Antonio Villanueva, su

presidente, comentó al mismo periódico que dicha lista estaba llena de inexactitudes, y que él

personalmente no se había definido todavía ideológicamente.

Esta aversión de las asociaciones de vecinos por ser identificadas hasta ahora con los partidos políticos ha

conocido también otros interesantes episodios. Cuando el verano pasado, miles y miles de vecinos de

Vallecas recorrían el barrio en manifestación autorizada y en un momento determinado fue izada una

bandera republicana, los propios miembros de la asociación encargados de mantener el orden se

apresuraron en hacerla desaparecer. Algo similar ocurrió en la monstruosa y ejemplar manifestación que

las entidades ciudadanas convocaron en Morataiaz. Al final de la misma, varios miembros de partidos

políticos de la oposición entonces todavía denominada Coordinación Democrática, se sumaron a la

cabeza dé la marcha, tratando así de capitalizar los logros de la concentración. La propia Junta directiva

de la Federación mostró sin tardar su disconformidad. Todavía era demasiado pronto para poner todas las

cartas sobre la mesa

Pero no siempre el movimiento ciudadano ha tratado de aparentar un apoliticismo absoluto. El contexto

donde se desenvuelven y su campo de acción implican, inevitablemente, la necesidad de adoptar muchas

veces una postura social concreta. El carácter reivindicativo de este tipo de entidades, las lleva a chocar

siempre, primero, con las estructuras, y más tarde, con el propio Estado, para terminar, finalmente,

cuestionando, incluso, la política de ese Estado.

Consecuencias prácticas de esta idea se han repetido con frecuencia en Madrid. Cualquier asociación de

vecinos ha reivindicado, primero, las necesidades de su barrio y se ha enfrentado después abiertamente

con la Administración, al comprobar lo inútiles que resultan los actuales canales de representación

vecinal. Así, el caso de que a finales del verano del 76 las Asociaciones de Vecinos, de Pequeños

Comerciantes y de Amas de Casa de San Blas confeccionaron el denominado «Manifiesto por un

Ayuntamiento democrático», que ellos mismos leerían al concejal del distrito. Fue, en realidad, la primera

jugada innegablemente política del movimiento ciudadano. A partir de entonces, todo ha sido una

sucesión: «Madrid por las libertades», «Los vecinos ante el referéndum», etcétera...

FUTURO

El futuro de las asociaciones de vecinos está aún por descifrar. Decíamos al comienzo que ni los propios

protagonistas saben todavía cuál será el encuadre exacto dentro de un marco democrático. Hay, eso sí,

opiniones para todos los gustos; desde la generalizada de que seguirán jugando una baza esencial, hasta

los más radicales, que apuntan por su desaparición paulatina.

Como regla general, hemos apuntado que el nacimiento de las asociaciones de vecinos ha sido motivado

ppr la necesidad que los vecinos de las zonas periféricas tenían de organizarse para mejorar su entorno

urbano (San Blas, Palomeras, Orcasitas, por ejemplo). Sólo en casos muy aislados han surgido

asociaciones en zonas donde no había planteados auténticos problemas (Parque de las Avenidas, Retiro,

etc.). Pero en ambos casos, una característica común": casi todas las juntas directivas de las asociaciones

están copadas por militantes de partidos de ideología comunista. Según la lista recientemente publicada

por María José Martínez de Tejada en «Informaciones», y a la que ya nos hemos referido antes, sólo un

miembro de la Junta directiva de la Federación se define como políticamente independiente. Que luego

cada uno actúe en sus correspondientes asociaciones de un modo claramente, identificado o no con su

ideología, es algo ya más complicado de determinar algunas veces. Ellos, por lo menos, no sueltan

prenda.

Este factor debe tenerse muy en cuenta a la hora de aventurar posibilidades de encuadre a las asociaciones

de vecinos en un marco democrático. Lo que si parece seguro es que, de momento, se antoja ilógico

hablar de su desintegración.

Dando, pues, por sentado que las asociaciones seguirán por un tiempo su pujante singladura, lo primero

que debe plantearse con vistas al futuro es la articulación de una ley que las regule. La de diciembre de

1964 huele a desfasada. Es precisa otra mucho menos rígida. Pero ¿cómo será esa ley? ¿Igual a la que

regula los partidos políticos? ¿Igual a la de las organizaciones sindicales? Evidentemente que no. Deberá

tener identidad propia. Y en ello está la Administración. El Ministerio de la Gobernación, por un lado, y

la Secretaría General del Movimiento, por otro.

Sobre el papel, pues, si la ley debe ser diferente, diferentes deben ser también las funciones y cometidos

de las asociaciones de vecinos en relación con los partidos políticos y centrales sindicales. Pero

especificamos que sobre el papel, porque en la práctica no será tan sencillo que esto ocurra. Ya hemos

dicho que las reivindicaciones ciudadanas son muchas veces más políticas que cualquier discurso

pronunciado con ese fin. Y la petición que parece más inmediata y lógica: democratizar los

Ayuntamientos sin duda de ningún tipo.

Vistas así las cosas, surge en seguida la pregunta: ¿serán en el futuro las asociaciones de vecinos simples

movimientos de masas sin ideología concreta? O, por el contrario, ¿se convertirán en filiales urbanas de

los partidos? Todavía resulta arriesgado dar una respuesta En. Italia, concretamente en Roma, ha sucedido

esto último, y en París se está repitiendo el proceso. Las asociaciones de vecinos romanas y parisienses

están innegablemente manejadas por los partidos de izquierda. Ahí está, si no, la dramática batalla que el

comunismo está dando por copar la Alcaldía de París (ya ganada en Roma), respaldado por el movimiento

de barrios, mientras el resto de la nación sigue comulgando con la conservadora línea del Presidente de la

República y su Gobierno.

¿Podría repetirse la jugada en España? No es en absoluto aventurada la hipótesis. En el momento en que

la democracia sea una realidad, las Alcaldías de las grandes capitales, como Madrid, Barcelona o Bilbao,

podrían ocuparse por líderes de claro matiz izquierdista, salidos precisamente del movimiento ciudadano.

Si siguen las cosas como hasta ahora, no hay mejor campaña electoral de cara a la masa que el haber sido

directivo de una asociación de vecinos. Además, hay que tener muy presente el poderoso proceso de

concienciación —con logros, además— que el movimiento ciudadano ha conseguido, y está consiguiendo

en los barrios. Mientras, hay quien piensa, claro, que en un futuro democrático no debe ser éste el fin de

las asociaciones de vecinos («eso debe quedar para los partidos»), sino la de ser simples receptoras y

aglutinadoras de las iniciativas ciudadanas para posteriormente hacerlas llegar a los Ayuntamientos.

Como siempre, sólo el tiempo puede clarificar del todo las cosas.

Jesús DE LA FUFNTE Foto SANTISO

 

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