El Movimiento Ciudadano     
 
 Arriba.    08/03/1977.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

EL MOVIMIENTO CIUDADANO

QUIZA el combate político de mayor hondura y alcance no esté situado en las próximas elecciones

generales que se configuran como constitucionantes del régimen democrático, sino en las elecciones

municipales, cuya celebración podría tener lugar en el próximo otoño. Una especulación plausible

respecto de las primeras, permite augurar un triunfo mayoritario de las fuerzas políticas de derecha y

centro, con una presencia que deseamos significativa y suficiente para la izquierda, no por afán de

armonía cromática, sino porque representa en este país una caudalosa y henchida corriente de renovación

de actitudes y soluciones que la nación y el sistema democrática de la misma precisan. Ocurre que la

azquierda no está todavía cuajada, vertebrada organizativamente, y su entidad política puede resultar

inferior a su entidad sociológica y cultural. Cuanto menor sea el margen de desviación entre una y otra, su

representación y su real significación, será mejor para la estabilidad del régimen y el funcionamiento del

sistema social.

Puede señalarse igualmente que las opciones de derecha y de centro no se encuentran consolidadas y las

junturas, quizá prematuramente instrumentadas, han rechinado, en recientes y poco edificantes episodios,

estrepitosamente. Con todo, es preciso convenir que juega a favor del centro-derecha el instinto de

prudencia de una gran parte de la población, una buena medida de la experiencia político-administrativa

existente en el país, el peso gravitatorio de la inercia y una imagen de madurez y responsabilidad política

tranquilizante para tiempos de desasosiego. Y, naturalmente, el 90 por 100 del establishment, económico,

político y administrativo. A nivel provincial y local la izquierda, por razones explicables, carece de caras

y voces conocidas. La desbordada proliferación de siglas tampoco la favorece, porque la perplejidad

laberíntica puede inclinar al elector a decidirse por la votación a personas conocidas y no a partidos de

perfiles poco netos y en la conciencia de la mayoría innecesarios.

Es fácil perder la cuenta, pero si una superficial contabilidad no es infiel, el número de grupos políticos

legalizados y legalizandos se aproxima a ciento treinta.

Las elecciones municipales pueden presentar un espectro muy diferente, política y esperitualmente, a las

legislativas, particularmente en las grandes ciudades. La clave de esas elecciones, cuyos resultados

pueden contraponer municipalidades de izquierda radicalizada a Gobiernos de centro-derecha, reside en el

movimiento ciudadano. Las consecuencias que pueden derivarse en el plano político de la fricción

operativa entre Gobierno y Parlamento de una parte, y los Ayuntamientos de Madrid y Barcelona y sus

políticas de otra, merecen, cuanto menos, una llamada a la reflexión. El movimiento ciudadano, hay que

convenirlo a través de todas sus connotaciones, es hoy un fenómeno de izquierdas. Las Asociaciones de

Vecinos, que en otros países encuentran su razón de ser en la necesidad de superar las imperfecciones y

desviaciones ópticas de las soluciones partidarias a problemas que lo son de toda la comunidad, están hoy

gerenciadas por la izquierda y más todavía por una izquierda con hábitos y maneras de clandestinidad,

una izquierda que ha hecho de la obligada simulación una segunda naturaleza. Los reparos y escrúpulos

de la Administración para la legalización de estas Asociaciones podrían estar motivados por la presunción

de desviación de su actividad hacia ámbitos políticos sugerida por las muchas veces notoria identificación

ideológica de sus cuadros directivos. Esta aprensión administrativa adquiere clara consistencia lógica, por

cuanto la actividad política y su ejercicio se encuentra en abierto proceso de normalización democrática, y

la justificación de politización de cauces inapropiados por no disponer de los idóneos empieza ya a

carecer de necesidad y de conveniencia.

La izquierda puede inventarse utopías y alucinógenos, pero no se ha inventado la situación carencial de

millones de personas acumuladas en los aledaños de las grandes ciudades como su prolongación

deformada y deformadora. En una misma Entidad Municipal han ¡legado a tomar cuerpo físico y moral

dos ciudades, dos poblaciones, casi las dos naciones platónicas que constituyen la penosa constante no

superada del análisis y denuncia marxistas. Pobres y ricos, hacinados y residenciales, ajardinados y

polucionados, con educación subvencionada o de control de precio vulnerado. La desigualdad en los

medios de educación, la sanidad, el medio ambiente, el transporte y la vivienda constituyen el hecho más

clamoroso e hiriente de nuestras ambiciosas metrópolis. Nuestra población suburbial constituye una

denuncia urgente y ejercita una apelación moral a la solidaridad que difícilmente puede desoírse. El

movimiento ciudadano y los hombres que le han dotado de conciencia movilizando tanta razón como

insatisfacción se ha convertido en adelantado de una actitud que está cambiando esencialmente la

naturaleza de las relaciones intracomunitarias, del vecino con su vecindad, con los Ayuntamientos y con

los servicios públicos. Está germinando una nueva y fecunda posición ante las responsabilidades sociales

y la propia organización social.

Una vez más, en la dialéctica socio-política, la izquierda ha iluminado sombras que ocultaban injusticias,

preterición y profunda insatisfacción en el ejercicio de derechos humanos y en la constricción de vida

cotidiana, posibilitando una toma de conciencia moral que enriquece y obliga a toda la sociedad.

La Administración debe permeabilizar sus estructuras y albergar holgadamente una fuerza que apunta su

destino a influir en la gestión ciudadana. No niega al Ayuntamiento, quiere estar presente en el

Ayuntamiento, quiere que su voluntad y sus ideas y su responsabilidad cuenten para cuanto concierna a

sus intereses. La vida ciudadana no puede cohonestarse con el régimen político democrático si no es a

través de la participación en las decisiones y el control democrático de la gestión de los servicios. La

participación es mucho más que la representación. Legalizar las Asociaciones de Vecinos es el primer

paso para la descolonización ideológica de esa nueva fuente de energía cívica, el segundo es una

integración política y solidaria en las tareas municipales que, sin duda, beneficiará a las Corporaciones y a

la vida local.

Es preciso convertir una potencialmente muy peligrosa herramienta política en un instrumento

democrático en servicio de la comunidad.

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