UCD ya no sirve     
 
 Diario 16.    25/05/1982.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

UCD ya no sirve

Al margen de que el pueblo andaluz se la tenía guardada desde hace dos años a la UCD y ha terminado cobrándole al Gobierno Calvo-Sotelo la deuda de zafiedad contraída por el Gobierno Suárez, hay que reconocer que los centristas le han facilitado la revancha con el enfoque equivocado de su campaña.

El primer error fue elegir a un semidesconocido y poco atractivo burócrata, llamado Luis Merino, como candidato a la presidencia de la Junta. Para fabricar un líder hace falta más tiempo y más materia prima.

El segundo error fue orientar la campaña como un constante duelo a cara de perro con los socialistas, como si de verdad estuviera a su alcance la disputa de la hegemonía regional. Mientras la desprestigiada UCD chocaba día tras día con la sólida credibilidad del PSOE, por su flanco derecho iba avanzando una Alianza Popular a la que nadie hostigaba, a pesar de tener sus armarios atestados de todo tipo de suculentos «cadáveres».

Téngase bien en cuenta que una de las grandes premisas en las que se asentaron los pasados triunfos de UCD fue su carácter de dique de contención frente a la eterna derecha de los egoísmos y del látigo.

Hay quienes opinan que tal papel ya no lo puede cumplir el partido de Calvo-Sotelo porque su propio viraje a la derecha ha provocado un absurdo solapa-miento con las posiciones políticas de Fraga.

A nosotros nos parece que más que una cuestión ideológica es un problema de falta de brío político.

Cuando llegó al poder hace quince meses, Calvo-Sotelo parecía el hombre capaz de ejercer la autoridad al servicio de la libertad. Tal ¡dea ha quedado desvanecida por completo, como consecuencia de la pusilánime inhibición de su Gobierno frente desafío golpista, antes y durante la vista del juicio del 23-F.

Hoy por hoy, la UCD ya no sirve ni como ese mal menor, al que la derecha entrega a regañadientes su voto útil, ni como la alternativa de progreso sin intervencionismo capaz de movilizar a sectores de la juventud, a capas profesionales y urbanas y a porciones de la izquierda burguesa.

Quienes ahora sueñan con un relanzamiento del partido sobre la base del retorno a la vanguardia política del duque de Suárez no merecen sino compasión por su falta de perspicacia, o repudio por su exceso de cinismo.

Por muchas que sean las cabriolas de los políticos, la democracia —es decir, el libre juego del mercado de los votos— termina siempre produciendo una adecuación entre la realidad sociológica de un país y las alternativas electorales que se barajan.

Las actitudes de los ciudadanos españoles indican hace tiempo que desean contar, por un lado, con una izquierda moderada, en la que encaja a la perfección el Partido Socialista, y, por el otro, con un partido conservador europeo, y a este respecto hay que decir que Alianza Popular no terminara de serlo nunca mientras continúe hipotecando al permanente conflicto entre el racionalismo cerebral de Fraga y sus brotes de fascismo emocional.

En medio de ambas opciones queda un espacio modesto pero decisivo, que es el del llamado partido bisagra, un partido que no puede ya denominarse UCD y que es preciso construir combinando el idealismo del liberalismo más radical y el pragmatismo de la socialdemocracia, menos obsesionada con la conquista o conservación del poder.

 

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