Autor: Tusell, Javier. 
   La desvertebración cultural     
 
 Diario 16.    14/07/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

•JAVIER TUSELL

Director general del Patrimonio Artístico.

La desvertebracion cultural

Ya no es necesario decir con voz engolada hasta qué punto se respeta la identidad de los pueblos de

España. Pero es necesario decir que las autonomías se han planteado de una forma incorrecta. Y uno de

los peligros es la amenaza que ahora mismo pesa sobre la cultura española. En los últimos años del

franquismo era habitual en todo tipo de iniciativas surgidas en los círculos de la oposición contar lo que

podríamos denominar como la «cuota de regiones y nacionalidades». Para lo que fuese era necesario

siempre tener en cuenta la necesidad de añadir un vasco y un catalán porque, púdicamente, se consideraba

que de lo contrario se daba una visión en exceso centralista. En el fondo esta teoría de la cuota, que, por

ejemplo, se aplicaba también al sexo femenino, no era sino precisamente el mejor indicio de aquello que

pretendía evitar. Ha pasado el tiempo y ya no es necesario decir con voz engolada hasta qué punto uno

respeta la identidad de los pueblos de España. Más que en ningún otro punto se llegó al consenso

constitucional en lo que respecta a ¡a organización territorial del Estado a través de la imprecisión y la

confusión. El primero era necesario; las consecuencias de la segunda las estamos sufriendo ahora cada

día. Porque es necesario repetir fy no se ha hecho todavía suficientemente) que ias autonomías se han

planteado de una forma por completo incorrecta: se ha venido repitiendo con insistencia que era más

autonomista quien exigía para su región una mayor porción de la tarta nacional. Llegar a la autonomía por

la inflación de las exigencias era y es en el fondo suicida porque aboca a hacer imposible cualquier

organización del Estado, autonómico o no.¿Quién ha tenido la culpa? La respuesta es aquella de Montero

Ríos ante el desastre del 98: «Lo mató Meco», es decir, entre todos. Curiosamente el autonomismo era en

su origen una reivindicación de parte de la clase política; o poco a poco lo ha sido de toda ella y,

finalmente, de una parte de la sociedad, La verdad es, sin embargo, que estamos ya posiblemente en la

pleamar: un Estatuto que sólo ha sido votado por uno de cada cinco habitantes de una región es la

demostración palpable de que hay algo que no funciona.

La cultura, amenazada

Nos ha faltado hacer caso a la voz de la experiencia, que exigía, por boca de Tarradellas, claridad y

singularidad para lo singular. Vista la acumulación de organismos que se va a producir en la geografía

peninsular cabe preguntarse no si las decisiones van a ser más autónomas sino, más bien, si va a ser

posible tornar alguna decisión. Pero, además, no se ha tenido en cuenta que Cataluña no es la Mancha y

que esto no quiere decir nada en detrimento de la segunda; más bien quiere decir que la primera debe

tener mayor decisión propia en determinadas áreas, pero que esto también le ha de costar más. ¿Vamos a

fundar el «Estado de las autonomías» o más bien el «Puerto de Arrebatacapas» permanente que concluye

en ningún Estado y, por supuesto, ninguna autonomía? Es preciso y urgente un debate nacional al

respecto, pero hablando de problemas concretos, no de esotéricos verbalismos acerca de la federalización,

versión nueva e inesperada de los cantos regionales. Porque da la casualidad de que se pueden poner en

peligro cosas importantes; por ejemplo, la cultura española, que a primera vista no parece cosa baladí.

La amenaza que ahora mismo pesa sobre la cultura española, producto dela obligación en que se siente la

clase política de promover a ultranza una peculiar visión de las autonomías podría concretarse en dos

fenómenos: la horterada y el caciquismo.

¿ Autodestrucción ?

Algún dia (y ojalá que se pueda hacer con ironía) será posible hacer un catálogo de las necesidades que el

autonomismo fervoroso ha provocado como consecuencia de la necesidad de crear una cultura regional

con frecuencia ficticia. Pero es hora de decir que convertir a Al Mutamid en fundador del andalucismo,

denigrar a los Reyes Católicos como persecutores del mismo o identificar al bisonte de Altamira como

carta de identidad de la nacionalidad cántabra es puro dislate. Todas estas cosas, que se han dicho y

seguirán diciéndose, por desgracia, se presentan a veces como afirmaciones progresistas cuando no son

más que provincianismos, horterada pretenciosa. Porque, en electo, aaemaa se ajia con el caciquismo. La

clase política parece dispuesta a engendrar una infinidad de cargos en materias culturales —supongo que

para acogerlos luego al seguro de paro, como ya ha sucedido— y colocar paniaguados a miles. A la vuelta

de muy poco tiempo podemos encontrarnos con una España con veinte semiministros de cultura..., y cada

vez peor dotada nuestra infraestructura cultural y nuestro personal técnico que es, por supuesto, lo que el

país necesita. La pregunta es: ¿puede un país como el nuestro, el de Juan Ramón y Picasso, la catedral de

León y las cuevas de Altamira, ponerse al borde de la autodestrucción en lo que es su motivo principal de

orgullo?

 

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