Autor: Domingo, Xavier. 
   La crisis en Tren     
 
 Diario 16.    04/02/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

XAVIER DOMINGO, LA NACIÓN.

La crisis en tren

Mientras don Adolfo Suárez imitaba al Gallo con una «espanta» histórica, miles de españoles, y un

servidor entre ellos, recorrían España de punta a punta, mecidos por el traqueteo del tren.

Para nosotros, los que tuvimos, a fin de acudir a nuestras obligaciones, que recurrir a la Renfe, la

suspensión del congreso UCD de Palma de Mallorca alegando el mísero pretexto de una huelga de

controladores del aire, í´ue la gota de agua cínica que hizo desbordar el vaso. Desde luego no era más que

un pretexto, pero no era el bueno, podíamos decir, con toda razón y llenos de sentido común, los

comensales que la huelga de controladores había reunido casualmente en la primera mesa entrando a la

derecha de] vagón restaurante del Barcelona-Madrid, es a saber: la señorita Emma Cohén, actriz; don

Antonio de Senillosa, diputado CD; don Juan Benet, escritor e ingeniero, y este periodista. Sopa de

fideos, bacalao fresco (o sea, congelado) con salsa verde y muslo de pollo con guisantes. Medias botellas

de tinto Coroñas y hartos botellines de whisky y de anís del Mono (éstos, para los señores Benet y

Domingo). Invitó don Antonio, rumboso y chapado a la antigua.

El fin de Suárez

Es el fin de Suárez, se estimó, en medio de los equilibrios necesarios para llevarse la comida (sobre todo

la sopa) a la boca, sin peligro para las camisas y de la constante lucha para mantener en pie un absurdo

florerito con tres claveles: uno azul, otro rojo y otro de un blanco muy desvaído. El azul acabó en el ojal

de la señorita Cohén. Y estos c..., decíamos, se bajan los pantalones por una huelga, como si no se pudiera

ir a Mallorca en tren y barco. Un Gobierno, un partido en el Gobierno, paralizado por una huelga

no puede continuar ni un segundo más. Claro que no es más que un pretexto, pero eso no se le puede decir

al público. Don Antonio, con las gafas clavadas en el plato y ojos saltando por encima de las gafas, del

rostro de la señorita Cohén al del señor Benet y al del señor Domingo, auguraba: es el fin de Suárez y

para mi esto es un asalto de la parte más reaccionaria del país contra la ley del divorcio, entre otras cosas.

Nuevo Gobierno

La señorita Cohén hizo al señor Senillosa escandalizados reproches por su alianza con el señor Fraga y el

señor Senillosa se defendió, mal. Los señores Benet y Domingo se dedicaron al anis del Mono,

observando que el rostro del episcopal primate de la botella es el del señor Darwin. A las ocho de la

mañana, el tren se detuvo en Torralba e hizo sus dos horitas de huelga. A las doce, llegamos a Madrid. El

señor Senillosa depositó, en taxi, al señor Domingo en la puerta de su casa. Hablamos de esa maravillosa

nueva tienda, el Gourmet de Palacio, vecina del domicilio madrileño del señor Senillosa y de cómo podría

producirse la caída del señor Suárez. Dos días antes había venido de San Sebastián a Madrid en el Talgo y

las dos horas de huelga me habían pillado en Aranda de Duero, lo que me dio ocasión de ir a cenar,

soberbiamente, al Mesón de la Villa, con Eugenio y Seri. Habíamos hablado de la crisis y de la necesidad

de un nuevo Gobierno. En la noche de la llegada a Barcelona, Recurrimos de nuevo a la Renfe papa íf a

Vigo. El fotógrafo de «Cambio 16>>, Luis Rubio, y yo cenamos {sopa de fideos, merluza salsa verde,

filetes con guisantes, medias botellas de Coronas, botellines de anís del Mono y de coñac Invencible) en

el vagón restaurante de un tren de noche parado en la estación Príncipe Pió, durante dos horas de huelga.

La noticia de la renuncia de Suárez nos pilló en San Miguel de Tabagon, risueña parroquia del valle de El

Rosal, en las bodegas de don Santiago Ruiz, que hace un prodigioso vino blanco. Hizo la noticia

exactamente el mismo efecto que el de una hoja de árbol cuando, juguete del viento, llega al suelo. ¡Ah!,

¡por fin!, y se siguió hablando de cosas serias: el problema de la pesca y la sequía..Por la noche, en Vigo

y en casa de don Manuel Fernández Tapias, en donde admiramos una soberbia bode ga de aficionado, nos

pilló la actuación del señor Suárez por la TVE, que juzgamos melodramática y de pobre calidad. Más

tarde, cuando cenábamos en el Chocolate, de Villagarcía de Arosa, se mencionaba ya el nombre del señor

Calvo-Sotelo para sustituirle. Alguien dijo: Teníamos el jefe de Gobierno más triste de Europa, ahora

tendremos el más lúgubre. No gozan de fama de finos, en los restaurantes gallegos, ni el señor Suérez

(café con leche y tortilla) ni el señor Calvo-Sotelo. Con la noticia de la renuncia de don Adolfo, llegó la

del fin de la huelga de los controladores del aire. No nos fue posible evitar, a los renferos anónimos de

estos días, establecer una relación de efecto a causa. Pero la culpa es del propio señor Suárez.

Por que, al fin y al cabo, viajar en tren tiene su gracia.

 

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