Autor: Tusell, Javier. 
   Reequilibramiento     
 
 Diario 16.    02/04/1981.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

JAVIER TUSELL

Director general de Bellas Artes, Archivos y Museos

Reequilibramiento

Tusell, desde su doble perspectiva de historiador y observador político cualificado, elabora una teoría del

«reequilibramiento» del sistema democrático, partiendo de un cierto examen de conciencia a realizar por

la clase política, afirmando que «cabe preguntarse qué hemos hecho entre todos para dotar

suficientemente de legitimidad y eficacia a nuestras instituciones». Durante decenios los científicos de la

política y los sociólogos han hablado de la democracia como un sistema político si no perfecto, sí

próximo a la perfección, producto inevitable del desarrollo económico, social y cultural y destinado a ser

el régimen de la totalidad del mundo cuando esas condiciones se dieran. Incluso en países que no tenían

régimen democrático (la propia España) se pensaba así; hoy en día, sin embargo, quizá, más que sentir la

prepotencia de la libertad palpamos su indigencia. La realidad política del mundo es que el pecado ori-

ginal del despotismo y la omnipotencia del Estado totalitario están cada día más presentes. Más que

cuestionarnos por la inevitabilidad de la democracia y la libertad tendemos a pensar en la fragilidad de

ambas; sabemos que son perecederas y que, incluso si se dan condicionamientos históricos y económicos

positivos, la crisis de las democracias suele producirse. Pero sabemos también que el destino no está

escrito.Nada es más sencillo, «a postericri», que escribir por qué no fue posible la libertad en un

determinado país y momento, simplificando las causas o designando a los culpables con el dedo. La

experiencia histórica, sin embargo, demuestra que es posible «reequilibrar» un sistema democrático en

peligro, conducirlo por una nueva senda de estabilidad tras un periodo tormentoso. El historiador alemán

Meinecke concluía su examen del ascenso al poder de Hitler con un «todo esto no era necesario».

Dónde estamos

Los españoles, en el grave momento de crisis de las instituciones que vivimos, tenemos por lo menos un

punto de partida positivo: ya sabemos dónde estamos. Hemos cometido probablemente errores, pero no el

de creer que no han existido. Esa es ya una imprescindible condición para el «reequilibramiento».

Un régimen democrático y, en última instancia, cualquier tipo de régimen político puede sobrevivir

manteniendo dos condiciones esenciales; la legitimidad y la eficacia. Es muy posible que no hayamos

hecho todo lo deseable para que ambas funcionen. Ningún régimen carece de oposiciones contra sus

mismas bases, ni es por completo eficaz en el cumplimiento de sus objetivos. Pero cabe preguntarse qué

hemos hecho entre todos para dotar suficientemente la legitimidad y eficacia a nuestras instituciones.

Kennedy decía que el verdadero medio de que la ley se respetara no era sólo la Policía sino la capacidad

del ciudadano de obedecer a las leyes, tanto las que le gusten como las que no. A estas alturas cabe

preguntarse; ¿No habremos jugado en exceso a la deslegitimación? ¿Hemos respetado los resultados

electorales, las vías normales de acceso al poder o hemos descalificado sistemáticamente al adversario y

caricaturizado sus posturas? Un sistema político debe, Kennedy hablaba de la capacidad del ciudadano de

obedecer las leyes, tanto las que le gusten como las que no. también, ser eficaz, resolver los problemas.

¿No los habremos multiplicado innecesariamente, por el afán de superar al contrincante, o habremos

negado su existencia que es la mejor forma de impedir no que existan sino que se resuelvan? España

necesita muchas cosas, hasta el punto de que no le vendría mal algún milagro, pero sobre todo y ante todo

tiene ansia verdadera de tres cosas; Administración, administración y administración.

Van por delante

Todo esto puede parecer demasiado teórico. Concretemos, pues, algo más. Hay por lo menos tres

lecciones de la historia de la autodestrucción de regímenes democráticos que resultan perfectamente

aplicables al caso español en este momento. Todos estos procesos son semejantes; en un ambiente

crispado y tenso en el que los acontecimientos van siempre por delante de quienes tenían que regirlos se

llega de forma imperceptible a un punto tras el cual ya no hay retorno. Después sólo queda el

reequilibramiento o la catástrofe final. Para evitar lo segundo, la historia nos señala al menos tres

evidencias. La primera es que no es frecuente (más bien resulta inesperado) que la violencia política

produzca directamente el colapso de la democracia: Mussolini llegó en coche cama al poder, no a tiros.

Pero la presencia de la violencia, la complacencia de una parte de la población respecto a ella y la pérdida

del monopolio de la fuerza por parte del Estado crea un clima en el que todo resulta posible.

Autenticídad

Hay que destruir a los asesinos de ETA no sólo porque van a seguir derramando sangre, sino porque con

su sola existencia cada día matan un poco la libertad de cada uno de nosotros. La segunda enseñanza es

que los regímenes democráticos colapsan por centrifugación. En tiempo de crisis, sonreír a quien está en

los extremos no es más que un necio suicidio. De ahí lo positivo de la postura de Fraga en las últimas

semanas, a pesar de sus pasadas jeremiadas. Y, finalmente, la tercera evidencia, que quizá lo es menos, es

que en una democracia la renuncia al principio de la autenticidad y de la normalidad suele no ser una

solución, sino un testimonio de definitiva descomposición. Se suele pensar en Gobiernos de técnicos, en

coaliciones, en pretender mezclar, para dar autoridad, a cantidades y calidades heterogéneas. Pero eso

(que es lo que sucedió en Alemania poco antes de Hitler) no aumenta la legitimidad, sino que impide la

decisión. Porque —y con ello concluyo— «reequilibrar» una democracia o presenciar su irremediable

caída es cuestión, en gran medida, de liderazgo. El Rey de España lo ha ejercido y lo ejerce, pero en sus

obvios límites; no creo que nadie pueda decir que el presidente del Gobierno no lo haya demostrado en

tan corto periodo de tiempo. A la clase política le toca decir la última palabra.

 

< Volver