Autor: Martín Oviedo, José María. 
   Un tesis para UCD     
 
 El País.    22/05/1980.  Página: 21. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

EL PAÍS, jueves 22 de mayo de 1980

POLÍTICA

NACIONAL/21

TRIBUNA LIBRE

Una tesis para UCD

JOSÉ MARÍA MARTIN OVIEDO

Latente durante varios meses -más de los que a veces se piensa—, ha estallado ya a los cuatro vientos la

crisis de UCD. Nadie se ha llamado a engaño: la reciente remodelación del Gobierno no ha solucionado

tal crisis, ni acaso pretendía tampoco hacerlo; antes bien, una vez despejadas las insólitas y duraderas

brumas que en su transcurso se levantaron, ha servido para poner al desnudo, en toda su profunda

dimensión, la verdadera crisis, que no era la del Gobierno: que era y es la del partido que sostiene a aquél

—sigamos por comodidad el tópico-; que era y es la de la forma de actuar de UCD, no sólo en el área

gubernamental propiamente dicha, sino también en cuanto a lo que podríamos denominar su peculiar

estilo de afrontar las responsabilidades que hace un año echaron a sus espaldas más de seis millones de

españoles. La crisis de UCD tenía que venir. Si todo partido político atraviesa, pronto o tarde, su crisis de

identidad, las circunstancias que determinaron el nacimiento de aquélla conducían forzosamente a un

rápido planteamiento de cambio. Por muchas y muy fuertes que fueran las exigencias políticas y sociales

que llevaron hace tres años a intentar otra vez en nuestra historia la creación de un partido «de centro» —

y así lo creía y así sigo creyéndolo—, hay que reconocer que UCD fue fruto del maridaje entre el poder y

la oportunidad, y semejante origen, aun cuando los progenitores subsistan, no podía sino producir un fruto

raquítico y parasitario, que o busca su propia identidad al margen de aquellos condicionantes o muere con

la previsible extinción o, cuando menos, profunda transformación de aquellos factores. Para que UCD

cobre por sí misma la convicción de que constituye una pieza indispensable en el juego de un sistema

democrático consolidado, la crisis era necesaria y urgente. Alegrémonos quienes, con una voluntad y un

entusiasmo no siempre fáciles de alimentar, optamos un día por formar parte de ella. Pero de lo que ahora

se trata es de que UCD salga de esa crisis: salga bien y además salga pronto. En pleno corazón de tal

crisis, los signos —hay que reconocerlo— no son alentadores, y el recurso a la utopía constituye el mayor

engaño, empezando por los propios miembros de UCD. Aquel partido que el 1 de marzo de 1979 recibía,

por voz de las urnas, el exigente mandato de gobernar continúa sumido en la sombra del olvido, e! rincón

del apartamiento, la burocracia que se alimenta tan sólo de su propia inanición. Las tensiones a nivel

regional son numerosas, y aun cuando con razón se aduzca que ello es normal en cualquier partido

democrático, hay que reconocer que la cuantía y la intensidad de algunas de aquéllas, en particular

últimamente, exceden con holgura los límites de tal normalidad. La comunicación entre sus órganos y —

lo que es más importante— entre aquéllos y las bases ha abocado a un largo paréntesis, produciendo

como efecto lógico el desinterés, la desconfianza y hasta el rechazo, en un ritmo progresivamente crecien-

te. Y no en último extremo saltan a la calle disidencias de fondo y hasta la puesta en cuestión de su líder...

Las reacciones a tal estado de cosas, hoy tan patentes como la crisis misma, vienen en buena parte

lastradas por la consecuencia natural de una situación que se pudre en su misma pasividad: el

oportunismo, decuplicado, también por razones fáciles de comprender, en un sistema que sigue gozando

del poder, por cierto con la irrebatible legitimidad que le dio una victoria electoral. No debe engañarnos la

machacona apelación al II Congreso Nacional del Partido: cuanto de razonable, de correcto y de obvio

tiene queda oscurecido, a poco que bien se mire, por los verdaderos móviles de quienes encabezan tal

demanda, que no son otros que recuperar (sic) las posiciones que creían tener cuando, en mayo de 1977,

integraron sus grupúsculos a la coalición centrista, subiéndose al carro del vencedor a cambio de un

asiento en el Gobierno, que ahora se les ha antojado un simple «transportín» indigno de su ejecutoria.

Cuando los llamados «barones» de UCD reivindican su pasado, ¿lo extienden, muchos de ellos, a la etapa

anterior al 22 de noviembre de 1975? Pero, sobre todo, cuando reivindican las fuentes ideológicas, ¿no

paran a pensar que el «humanismo» (cristiano), la «concepción liberal progresista» y el «sistema de

economía de mercado corregido y socialmente avanzado» son bienes mostrencos que a nadie en exclusiva

pertenecen y que UCD hizo suyos, con el beneplácito de todos aquéllos, con ocasión de su primer con-

greso? Nadie tiene autoridad, ni menos legitimidad histórica o mora!, para retirar como suyos ios

principios en que se asienta ¡a ideología de UCD, y sólo puede y debe, si en verdad los comparte, exigir

que tales declaraciones informen en la realidad la trayectoria de aquélla en todos los ámbitos de su actua-

ción, comenzando por el propio Gobierno. La base ideológica de UCD no puede ser secuestrada, sino tan

sólo reafirmada y —si preciso fuera— corregida en un congreso democráticamente organizado y

democrático también en su desarrollo. Sólo desde la coherencia moral de cada uno se puede afrontar la

apremiante tarea de consolidar y relanzar UCD. Y sólo cuando y cuantos muestren tai coherencia podrán

denunciar otros secuestros mucho más solapados y arteros, cual es el intento de mediatizar los foros

naturales de la discusión interna o sustituir éstos por organizaciones paralelas, sin otro fin que la

perpetuación de los dirigentes ni otro cimiento que las antaño conocidas «adhesiones inquebrantables».

Síntomas preocupantes de esto tampoco faltan en los últimos tiempos, pero sí resultasen ciertos no

faltarían quienes, con legitimidad de origen, pero además con legitimidad de ejercicio, se levantarían

unidos tanto contra unos «padres fundadores», que mantuvieran tercamente la propiedad exclusiva y

excluyente de sus dogmas, como en contra de una asonada que, desde círculos íntimos y herméticos,

pretenda servir el caramelo envenenado de una concepción carismática y solipsista del liderazgo que

excede los límites de la tolerancia de cualquier sistema democrático. Sin el menor deseo de escándalo a

los creyentes ni propósito irreverente, yo me permitiría, como colofón, traer aquí algunas palabras de la

primera epístola paulina a los corintios, donde, a propósito de la «variedad en la unidad», pueden leerse:

«Pues a la manera que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, con

ser muchos, constituyen un solo cuerpo, asi también Cristo, porque en un mismo espíritu todos nosotros

fuimos bautizados, ya judíos, ya griegos, ya esclavos, ya libres... y a todos se nos dio a beber un mismo

espíritu. Si dijere el pie: «Puesto que no soy mano, no soy del cuerpo», no por eso deja de ser del cuerpo.

Y si dijera el oído: «Puesto que no soy ojo, no soy del cuerpo», no por eso deja de ser del cuerpo. Si todo

el cuerpo fuera ojo. ¿dónde estaría el oído? Y si todo oido, ¿dónde el olfato?... Mas ahora muchos son ¡os

miembros; uno, empero, el cuerpo». La traducción —y la moraleja- me parecen innecesarias, pero no por

ello evitables.

José María Martín Oviedo es diputado de UCD por Avila.

 

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