Autor: Arias-Salgado Montalvo, Rafael. 
   La "democratización" de UCD     
 
 El País.    19/12/1980.  Página: 14. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

14/NACIONAL

POLÍTICA

ELPAIS,vie;

TRIBUNA LIBRE

La "democratización"de UCD

RAFAEL ARIAS SALGADO

Corre en estos días mucha tinta sobre la democratización interna de UCD. Y hay mucha afirmación

simplista y poco rigor en el análisis. En todo caso, creo que están, consciente o inconscientemente,

falseados los términos del debate. UCD es un partido democrático, en la misma medida en que lo son los

demás partidos políticos españoles o extranjeros. "Y no es difícil demostrarlo. Los requisitos sustanciales

para calificar a un partido o a un régimen político como democrático son, básicamente, los siguientes:

Primero. Posibilidad estatutaria de elecciones internas competitivas. Y digo posibilidad, y no necesidad,

porque en el seno de una organización partidaria puede prevalecer, según la coyuntura política, ia

conveniencia compartida de unas candidaturas de consenso o integración o Ja conveniencia de una

pluralidad de candidaturas que compitan entre sí para conseguir la dirección del partido en función de

alternativas y posiciones diferenciadas sobre los problemas del país, a los que todo partido tiene

obligación de dar una respuesta dirigida a su electorado real y potencial. Falta a la verdad quien sostenga

que en UCD no existe libertad de presentación de candidaturas. Ni a nivel provincial ni a nivel nacional

existe la más mínima cortapisa estatutaria para que, quien lo desee, presente sus candidaturas a la

presidencia del partido, al comité ejecutivo nacional o al consejo político. El temor a perder la elección y

a dar un paso al frente fijando posiciones sobre los problemas reales no puede ampararse en la afirmación

de que, desde esta perspectiva, UCD no sea un partido democrático. Segundo. Periodicidad de ¡as

elecciones. Desde el momento mismo en que todo órgano de poder en el seno de un partido ha de

someterse periódicamente —en UCD cada dos años— a una elección libre —y la libertad está garantizada

por la posibilidad de competitividad interna, por el secreto del voto y por la intervención en las mesas

electorales de las distintas candidaturas posibles—, ese partido es democrático. Tercero. Libertad de

critica y control de los órganos ejecutivos por los órganos de representación: consejo político y Congreso,

en el caso de UCD. El carácter democrático o no de un partido, como de un régimen político, no está

tanto en el número de atribuciones que se confieren a los órganos ejecutivos, unipersonales o colegiados

del partido como en la exigencia de su carácter electivo directo y en la posibilidad de controlar su

ejercicio y someterlos a crítica en su gestión. En UCD no sólo existe una gran libertad de crítica, sino que,

posiblemente, estamos incurriendo en una actitud de autohipercriticismo, que, a la postre, podría ser muy

positiva, si no se convierte el debate en un juego maniqueo de buenos y malos o si no se utiliza para

impedir una discusión sobre problemas reales que decantase y descubriese posiciones ideológicas que

podrían resultar contradictorias o no congruentes con la pertenencia a un partido centrista en la realidad

española. Bajo esta óptica, por tanto, tampoco cabe poner en tela de juicio el carácter democrático de

UCD. Lo que sí debe ser objeto de crítica es el deficiente funcionamiento de los órganos colectivos del

partido. Pero en este terreno —una vez reconocido el hecho— no cabe simplificar. Las causas de esta

deficiencia son diversas, aunque, desde luego, no están en los estatutos, siempre perfectibles, que rigen la

vida de la organización. Es como sí dijéramos que el todavía insatisfactorio funcionamiento del

parlamentarismo español encuentra su causa en la Constitución o en el reglamento de las cámaras. Toda

Constitución, todo reglamento o cualquier tipo de estatutos, por buenos que sean en abstracto, permiten,

en principio, un mal funcionamiento práctico de los órganos e instituciones que regulan. Y todo esto, que

es lo que realmente define la existencia o inexistencia de democracia interna, nada tiene que ver con el

carácter más o menos presidencialista del partido y con el sistema de elección de ios órganos colegiados.

Por lo pronto, se ha venido silenciando cuidadosamente que el consejo político de UCD se elige por un

sistema de representación proporcional pura, justamente para asegurar que las posiciones minoritarias

representativas tengan un cauce institucional y puedan hacer oír su voz en el seno del partido. Se ha

venido igualmente ocultando, con no menos cuidado, que los compromisarios al congreso del partido se

han elegido también por un sistema de representación proporcional pura en las asambleas provinciales,

para que todas las corrientes internas de opinión tuviesen la posibilidad de estar presentes en el órgano

soberano del partido —el congreso— que se celebra cada dos años. También se ha omitido, con singular

cuidado, que las llamadas minorías críticas están hoy sólidamente presentes en el comité ejecutivo

nacional, elegido por sistema mayoritarío en el primer congreso del partido, a través de una lista de

integración. Y, finalmente, se ha incurrido en una notable contradicción: la minoría critica que defiende la

necesidad de democratizar el partido viene manteniendo sus posiciones libremente en el seno del comité

ejecutivo. Que sus propuestas sean democráticamente derrotadas prueba a las claras la posibilidad real de

funcionamiento democrático sin cortapisa alguna. Pero hay que añadir que la democracia consiste

también en aceptar ía derrota sin poner en riesgo la unidad del partido y la estabilidad política del país.

Y unas pocas palabras sobre el sistema electoral. La polémica sistema mayoritario-sistema proporcional

tiene más de cien años de existencia. En todo este tiempo, la sociología política ha generado espléndidos

trabajos sobre regímenes y partidos políticos. La conclusión de todos ellos es prácticamente unánime: la

representación proporcional tiende a crear una dinámica de disgregación y fragmentación generadora, no

ya de corrientes de opinión, sino de clientelas. La representación mayoritaria tiende a crear una dinámica

de pacto y de integración sin perjudicar la mayor homogeneidad que demandan los órganos ejecutivos

colegiados. En todo caso, en UCD, y por razón de su origen plural, se combinan, a mi juicio

equilibradamente, ambos sistemas en función de la nauraleza ejecutiva o representativa del órgano. Lo

que no cabe, en ningún supuesto, es afirmar —si se quiere mantener un nivel mínimo de rigor— que un

sistema sea más democrático que otro, y menos aún, que los partidarios del principio mayoritario sean

antidemócratas. Quiere todo ello decir que el debate no está, en verdad, entre los que teóricamente

defienden la democratización y los presuntamente antidemócratas. La discusión está, en términos reales,

como en toda organización política, en ofrecer respuesta clara a las tres grandes interrogaciones que la

ciencia política plantea para definir regímenes y situaciones políticas: quién manda, cómo manda y para

qué manda. Y no cabe aislar caprichosamente estas tres importantes cuestiones, por naturaleza

complementarias e interdependientes. Tal debe ser, en mi opinión, el contenido y alcance de la

confrontación para someter después las distintas posiciones al veredicto inapelable de los votos.

Rafael Arias Salgado es ministro de la Presidencia y diputado de UCD por Toledo.

 

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