Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
 El Congreso de U. C. D. En profundidad. 
 El discurso del presidente     
 
 ABC.    28/10/1978.  Página: 3-4. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

EL CONGRESO DE U. C. D. EN PROFUNDIDAD

EL DISCURSO DEL PRESIDENTE

ADOLFO Suárez había interpretado diplomáticamente, parcialmente, ese suceso capital del Congreso que

fueron los votos en blanco; pero había captado bien, aunque no lo dijera, el mensaje de esos votos. Estoy

seguro de que le dolieron muy hondo los votos en blanco de Almería; nutrida delegación de 98

compromisarios, donde él había obtenido un éxito personal arrollador, y que depositó la mayor parte de

ese centenar largo de abstenciones a su nombramiento disimuladas púdicamente por las referencias de

televisión. Hablé esa mañana mucho con los hombres de Almería que no quisieron desviarse del

Presidente sino —en este caso sí— del escaso reconocimiento a la formidable labor de un partido

provincial con seis mil militantes. Fue una tormenta de otoño, que deja todo más claro cuando pasa; y ya

pasó. El Presidente había captado, insistamos, el mensaje. Una de las frases más intencionadas de su

discurso fue su compromiso para garantizar la democratización interna del partido. Que un año antes no

era un partido y que ha salido del Congreso enormemente reforzado; como un

Por Ricardo DE LA CIERVA

partido irreversible en trance, también irreversible, de democratización.

El Presidente había contribuido decisivamente a esa democratización con una finta poco comentada en la

lista de la Ejecutiva. Se había logrado, en su presencia, el milagro de la reconciliación de las facciones

canarias de U. C. D.: uno de los traumas permanentes del partido, con graves consecuencias para las islas.

Animado quizás con esa reconciliación —calificada por él mismo como el hecho más relevante del

Congreso lo cual puede ser exagerado pero demuestra su efecto desbordante por Canarias— Adolfo

Suárez desoyó los insistentes consejos de Fanfani y de Colombo que le instaban a no incluir en la

Ejecutiva a un solo ministro, y los metió a todos, sin dejar uno, en el paquete de los 35. ¿Por qué? No creo

que fuera solamente para evitar desaires ni para atender a tantas amorosas quejas como se le prodigaron

en el crepúsculo de las listas. El precio ha sido alto. En una eventual remodelación del Gabinete, la

cohorte de ministros cesantes seguirá en la Ejecutiva hasta el próximo Congreso. Uno de los interesados,

con clarividencia que le honra, me decía por los pasillos del Congreso que su misión, si cesaba, sería la

del perro que los expedicionarios de Julio Verne arrojaron al espacio camino de la Luna cuando murió; y

que siguió acompañando al proyectil durante el resto del viaje. Duro precio para el posible objetivo de

eliminar las banderías políticas residuales en U. C. D.; desde el Congreso ya no hay eso que se llamaba

antes «ministros políticos». Como en los nuevos Estatutos hay prevista una Comisión Permanente, tener a

todos los ministros en la Ejecutiva significa exactamente lo mismo que no tener a ninguno, como

aconsejaba Fanfani, que para algo es catedrático de historia. Si no vale esta interpretación no comprendo

cómo el Presidente pudo afirmar en su discurso que el Partido orientaría la política del Gobierno. ¿Cómo

podría hacerlo, con el Consejo de Ministros incluido en el supremo órgano de decisión de U. C. D.?

Adolfo Suárez, a quien tanto gusta la palabra «reto», se acercaba al micrófono con dos retos: el de José

Luis Alvarez y el de Margare! Thatcher. Por supuesto que eran retos de confirmación y flanqueo para él,

no de desafío; pero le pusieron muy alto ese listón del que hablaba aquí, para otras competiciones, ese

gran ausente del Congreso de U. C. D. que se llama José María de Areilza. La señora Thatcher fue la

estrella invitada del Congreso; su discurso fue una maravilla aunque con su presencia en medio de U.C.D.

descalificaba a otro gran ausente, Manuel Fraga Iribarne, cuyo vacío yo sentí, hipocresías aparte, en el

Congreso como si fuera una raíz arrancada todavía sangrante. En aquel famoso pieno de las angustias, el

de los dos discursos de Fernando Abril y los dos discursos de Adolfo Suárez, actué de aguafiestas

presidencial tras el primero. Donde, a pesar del gran contenido, dije al Presidente, rodeado de una nube de

halagos, que le falló totalmente la comunicación; y todo el mundo sabe que su gran triunfo en el segundo

—«Ahora sí, Presidente» decía Fraga— fue el triunfo de la comunicación sobre un contenido elemental.

Cuando conseguí, al anochecer de? sábado, abrazar al Presidente entre una marea humana que le acosaba

por los

 

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