Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
 El congreso de U. C. D. En profundidad. 
 Una dialéctica impuesta por las bases     
 
 ABC.    26/10/1978.  Página: 3-4. Páginas: 2. Párrafos: 7. 

EL CONGRESO DE U. C. D. EN PROFUNDIDAD

UNA DIALÉCTICA IMPUESTA POR LAS BASES

LOS organizadores del Congreso, el equipo de Rafael Arias Salgado, lograron su principal objetivo de

torma sorprendente. Trabajaron semanas y semanas, días y noches, sin vacaciones, contra reloj; abrieron

los cauces para la participación total de las bases de las ponencias y Comisiones; atrajeron a lo mág

granado de la democracia europea no sólo como invitados, sino como participantes y como garantes del

gran partido naciente; aseguraron, de maneta magistral la normativa y la mecánica del Congreso;

resolvieron sobre I» marcha problemas espeluznantes y cuajaron, en soma, una organización ejemplar.

Todo el mundo tenía su sitio y su función; la información interior y las conexiones con los medios de

comunicación fluían con naturalidad increíble. Haber logrado esto —la posibilidad formal del

Congreso— en tan poco tiempo es un mérito indiscutible que demostraba, por encima de los aspectos

materiales, la madurez estructural adquirida por Unión (Je Centro Democrático désele la designación de

Rafael Arias al frente de la ejecutiva anterior, y el acierto de sus colaboradores Luis {Gámir y Enrique

Galavís. Pero ni Jos organizadoras ni los colaboradores políticos del presidente que articularon, con ellos,

la dinámica del Congreso —Abril, Pérez Llore», Aza— pudieron anticipar la que sería, en mi opinión, la

gran sorpresa del Congreso: la disciplinada pero decidida reclamación del protagonismo político por parte

de las bases. D, C. D. natío —difícilmente, forzadamente, a veces traumáticamente— como un

conglomerado de corrientes (nominales unas, innominadas otras) a las que intentaban encauzar,

ingenuamente, los que el presidente del partido llamó cenáculos madrileños cuando pedia, en la primera

reunión conjunta de los grupos parlamentarios, su reducción. La dirección del partido, consciente de tal

realidad conglomerada, insistió, lógicamente, durante toda esta etapa previa, al Congreso, en la

articulación autoritaria del partido; en establecer la comunicación desde arriba, porque hay que empezar

por donde se puede; y al proponer con energía las normas de funcionamiento pretende, a riesgo d«

incurrir en apariencias y actitudes autoritarias, asegurar las primeras pruebas de una comunicación

política nueva. Pero las bases y los cuadros regionales del partido dieron la gran sorpresa a los dirigentes

centrales, aunque no a quienes vivimos entre esas bases y hemos surgido políticamente de ellas: la

sorpresa fue —repitamos— la reclamación del protagonismo. Que se reveló, primero, en la sesión

inaugural con una matización de aplausos a los participantes extranjeros muy aleccionadora 7 con la

entrega total de los compromisarios al discurso de ese colosal comunicador que se llama José Luis

Alvarez, proclamado la víspera candidato oficial de U.C. D. al Ayuntamiento de Madrid. Algunos

comentaristas, emperrados en el anacronismo, creyeron ver en las ovaciones al al&il-áe la rúbrica de un

liderazgo conservador para U. C. D, e incluso (¡oh, disparate!) 1* expresión de una protesta

democristiana. Y no. No aplaudían las bases de 17. C. D. en José Luis Alvarez ai conservadurismo, sino

al populismo; no consagraban a un líder de facción, sino a un político que se identifica d«

Por Ricardo DE LA CIERVA

manera ejemplar con la idea del Centro y que presentaba a cuerpo limpio ante la. base del partido unas_

ideas r una actitud que comunicó la víspera al propio presidente. Más que a las ideas se aplaudía la

posibilidad y La valentía de expresarlas. Eso sí: la reacción de la base en favor de José Luis Alvarez no

estaba prevista; el mérito de los organizadores —quizá no reclamado por ellos— estuvo en hacer posibles

los imprevistos. Las críticas que vinieron después nacíais más de la emulación que de la objetividad.

La segunda intervención colectiva, intuitiva, de ías bases de U. C. D. sucedió en la larga noche de las

ponencias. Ya verán ustedes, cuando se publiquen, la calidad de las ponencias. Tengo delante las actas de

todos los Congresos de partido celebrados este año y puedo asegurarles que las ponencias para el

Congreso de U. C. D, forman el conjunto doctrinal de partido más importante en la historia ¿e la

democracia española. Pero durante más de diez horas esas. ponencias fueron profundamente modificadas

por los compromisarios qae se habían adscrito libremente a cada Comisión; unos 350 por grupo de

trabaja. Se admitieron alrededor del 10 por 100 de las enmiendas y, tras debates intensos, so llegó en casi

todos los casos a una fórmula final de compromiso y de síntesis. Habrá quienes viendo no ven y oyendo

no oyen; pero, ¿no advertimos la profunda lección de ponencias tan delicadas como la de principios

ideológicos, la de defensa nacional y asuntos exterioras y la de política cultural, que fueron aprobadas por

virtual unanimidad en Comisión y en Pleno, y no de manera impuesta o mecánica, sino tras un debate

agotador? Aquella madrugada del viernes se disolvían ideológicamente los tenaces cenáculos y nacía,

entre el silencio del Madrid dormido, la estructura política e ideológica del Centro. Los cenáculos sólo

quedaban —ya vaciados de contenido y de futuro— como residuos tecnocráticos para el mantenimiento

de posiciones personales de poder. Aquella madrugada se declararon, por el esfuerzo de las bases, como

un recuerdo a extinguir. ¥ su último estertor se materializó, como un ectoplasma, en las famosas listas

únicas. Las bases no participaron en la confección de las listas únicas. Las bases no querían

confrontaciones ideológicas ni listas de tendencia; pedían listas abiertas o. por lo menos, listas plurales.

No las forzaron cuando advirtieron que el presidente respaldaba al designio restrictivo de la directiva,

pero votaron masivamente en blanco. Este cronista estaba en medio de las bases; escuché cientos de

conversaciones; vi cómo y por qué delegaciones enteras decidían el voto en blanco a la Ejecutiva o al

Consejo Político. Y estoy absolutamente seguro que no se trató, salvo sectores muy minoritarios, de una

protesta democristiana ni de exigir una proporcionalidad provincial. Cada una de estas actitudes arrastró

solamente un 10 por 100 de los votos en blanco, que se dirigieron decididamente, disciplinadamente,

contra el método de las listas únicas. Ya sé que formalmente no eran únicas, pero vamos a mantener un

mínimo de seriedad: eran únicas. Y las bases del partido sólo quisieron anunciar a la dirección del partido

que su grado de madurez política era muy superior a lo que pensaba, con prudencia lógica aunque

demasiado recelosa, la dirección del partido. Y lo consiguieron: ya verán ustedes cómo desaparecen las

listas únicas de la metodología de U.C.D. Una vez que las bases de U.C.D. tuvieron la seguridad de que la

dirección captaba el mensaje, descendieron del Aventino y llenaron otra vez el foro, que tampoco habían

abandonado. Para un historiador era clarísimo. Alentaba allí el liberalismo moderado de los doceañistas;

las gentes que creyeron en Bravo Murillo cuando construyó este Estado; la ciudadanía de Cánovas y de

Maura; la esperanza de Canalejas; el ímpetu de la C.E.D.A. en su conjunción con los radicales; el macizo

de la raza interpretado por Dionisio Ridruejo; las clases medias que creyeron en Franco y en Azaña antes

de los años de la degradación; la tercera España, que por primera vez en la Historia asumía el

protagonismo político. Tras esa maravillosa alucinación histórica hecha realidad se levantó, ante una

enorme expectación, el recién confirmado presidente del partido, Adolfo Suárez.— R. DE LA C.

 

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