Autor: Garrigues Walker, Joaquín. 
   Se busca un mesías     
 
 ABC.    29/07/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

Se busca un mesías

Por Joaquín GARRiGUES WALKER

EN algunos escritores políticos late el deseo manifiesto de que un nuevo mesías nos conduzca

mansamente por el desierto hasta el oasis de la salvación. Fulano de tal o Mengano de cua!

tienen, según ellos, las condiciones objetivas y las virtudes carismáticas para salvarnos de este

torbellino de incertidumbres que nos arrastra inexorablemente hacia un final catastrófico. Sólo

sí Zutano toma las riendas dei Poder, insinúan oíros, podremos superar las circunstancias que

nos abaten y sortear los riesgos que nos amenazan. Hay quienes pensamos, por el contrario,

que este ingente esfuerzo que estamos haciendo entre todos puede conducir a buen fin si

perseveramos y no desfallecemos ante las adversidades. Digamos una vez más, recordemos a

los desmemoriados, que los españoles como pueblo no tenemos casi experiencia ni tradición

de autogobierno. Que no hemos sido capaces de encontrar fórmulas de entendimiento válidas

y estables entre el Estado y las comunidades nacionales de esa entidad superior que llamamos

España; que trabajadores y empresarios se han enfrentado una y mil veces con la violencia y

se han negado a sentarse en una mesa de negociación; que los católicos hemos perseguido

con aire de cruzada a los miembros de otras religiones; que los conservadores han negado el

pan y la sal a los socialistas y viceversa. Es ésta una burda síntesis de nuestra historia como

nación, pero esos trazos reflejan en el fondo una gran verdad. Y ahora estamos intentando otra

vez superar ese clima que ha hecho imposible soldar en el pasado nuestro Estado y nuestra

sociedad. Se dice, por ejemplo, que el presidente Suárez no es el mejor entre todos los

teóricamente posibles; que no es el hombre que se necesita para esta etapa aunque se acepte

que hasta ¡a fecha no lo ha hecho mal; que le faltan condiciones de estadista; que se refugia en

la Moncloa y no da explicaciones. Cualquiera podría añadir más fuego a esa caldera de la

crítica. Pero, ¿dónde se esconden esos estadistas que ¡e sustituirían con ventaja? ¿Dónde

está ese mirlo blanco que tierte todas las condiciones y virtudes que se necesitan para el cargo

presidencial? Una crítica similar podría hacerse también de Felipe González, de Marcelino

Camacho, de Nicolás Redondo y de tantos otros líderes políticos y sindicales de la sociedad

española de 1979. Porque así, a primera vista, ninguno reúne —o reunimos— esas

condiciones excepcionales que se pintan como imprescindibles para el líderazgo. Cada quien

tiene su hándicap y todos tienen —o tenernos— muchos fallos humanos y profesionales.

Además, en ese análisis crítico, no hay por qué limitarse a los políticos. Nuestros banqueros,

industriales y comerciantes podrían ser desacreditados con ¡guales o parecidos argumentos

¿O es que acaso son comparables con sus homólogos europeos V americanos? Y asi

sucesivamente podríamos incluir en esta lista neqra de exclusiones a nuestros abogados, a

nuestros médicos, a nuestros ingenieros y a nuestros trabajadores de toda condición y oficio.

Desde algunos sectores de la opinión pública española se afirma ahora, por ejemplo, que los

políticos que negocian ¡os Estatutos no tienen la talla suficiente para la difícil operación de

transformar el Estado. Y es probablemente cierto que ni los ministros del Gobierno, ni los

parlamentarios de la Ponencia, ni los asesores y especialistas nocturnos sean los mejores

teóricos ni quizá figuren, en el futuro, en un libro de vidas paralelas de un Plutarco

contemporáneo. Pero todos los que están tienen el conocimiento y Ja preparación suficiente

para tratar de resolver los problemas con los que se enfrentan. Son, en cualquier caso, los

hombres que tenemos para llevar a cabo esta dificilísima misión. No hay otros, que se sepa,

con mejores títulos que ellos por malos que les parezcan a sus críticos y detractores. Esa es la

cuestión. Quienes en estos momentos desempeñamos un cierto protagonismo en la vida

pública, no somos ni mejores ni peores que nuestro propio país. Y para que nadie quede fuera

de este comentario tampoco los periodistas que nos enjuician y critican son el paradigma de su

profesión a escala internacional. Quienes dirigen los periódicos y quienes los escriben tienen,

cuando menos, tantas lacras como los políticos. Periodistas que hablan de nuestra economía

sin saber de qué va el asunto y otros que se han quedado anclados en la «democracia

orgánica» se suman por docenas. A fin de cuentas tienen ellos también tantas deficiencias

técnicas y profesionales como las que nos echan en cara. Habremos, pues, de llegar al

convencimiento de que este asunto que llamamos España nos compete a todos por igual. Que

no se trata de encontrar un mesías sino de ver cómo lo podemos hacer mejor siendo todos

como somos. Con nuestros errores y con nuestros aciertas —porque también a veces tenemos

éxitos—, con nuestros activos y pasivos, con nuestro temperamento que no es e) alemán ni el

sueco, podemos y debemos llegar a un entendimiento que haga definitivamente posible un país

para todos los españoles. No es éste, sin embargo, un canto anticipado a un posible éxito en la

solución que apuntan los Estatutos de autonomía. Debemos ser conscientes, por el contrario,

de que muchos problemas de todo tipo pueden surgir, y surgirán inevitablemente, en los

próximos meses y años que harán difícil nuestra aventura común. Los Estatutos tampoco

resuelven de golpe y porrazo tantos años de incomprensiones y recelos. Pero el simple hecho

de que nos hayamos sentado a negociar abre un camino a la esperanza. Nada más y nada

menos. Recuerdo que hace años un industrial amigo, ante la crisis de una empresa que tenía

muy difícil solución, me dijo algo que he guardado en la memoria: «Lo malo de esta asunto es

que lo tenemos que resolver personas tan poco capacitadas como tú y como yo»... Ese es

exactamente nuestro problema. A fin de cuentas somos nosotros, los españoles, quienes

tenemos que resolverlos, quienes tenemos que entendernos. No tenemos mejores gentes que

las que somos o, como se dice en mi demarcación electoral murciana, «sernos los que

sernos». Esta gran nación que se llama España y que hemos construido entre todos: catalanes,

vascos, asturianos, aragoneses, navarros, -extremeños, castellanos, cántabros, canarios

valencianos, murcianos, gallegos, leoneses, mallorquínes y andaluces (para que nadie se

quede en el tintero) podemos seguir haciéndola juntos y mejor ¿i somos capaces de dialogar y

superar nuestras diferencias. Estamos empezando a hacerlo y ya se ve que la cosa no es nada

fácil. Pero hay indicios de que avanzamos. Trabajadores y empresarios se han sentado juntos

estos días para iniciar el camino de un posible entendimiento. Carlos Ferrer no es el mejor

empresario del mundo. Tampoco Nicolás Redondo es e! mejor líder sindical. Y aun así ambos

figuran entre los más auténticos protagonistas de nuestra vida económica. Quizá haya quien

pine que son muy malos, pero no tenemos otros mucho mejores, El empresario Olarra, con su

personalidad conflictiva, ha dicho hace unos días que «de la misma forma que en estos últimos

tiempos no se aceptaba la existencia de graves problemas, en estas horas se piensa por

muchos que ya no hay solución. Ni entonces aquello era cierto ni esto de ahora lo es tampoco.

Los problemas tienen soluciones. Si tuviéramos un presidente mejor que el que tenemos, un

Gobierno mucho mejor que el actual, unos parlamentarios más sabios, una oposición y unos

líderes sindicales mejor preparados, unos profesionales y trabajadores de mejor condición y

oficio que los que tenemos y unos periodistas de mejor pluma quizá podríamos construir una

nación mejor Pero «sernos los que sernos». Y siendo lo que somos hemos hecho, a pesar de

todos los pesares, una gran nación que ha brillado con luz propia a lo largo de muchos siglos

de Historia.

 

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