Autor: Garrigues Walker, Joaquín. 
   La transición     
 
 ABC.    29/09/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

LA TRANSICIÓN

TODO cambio de régimen político supone, sobre todo y principalmente, un cambio de las

estructuras del poder. Pero este enunciado tan escueto, y en cierto modo tan abstracto, no es

suficientemente descriptivo y gráfico de ias consecuencias y efectos que implica un cambio de

esa naturaleza. Porque cuando hablamos del poder en este contexto lo hacemos sobre un

tema que enlaza con el origen del ser humano sobre la tierra, que mueve e impulsa los

acontecimientos más notorios, trascendentes y muchísimas veces sangrientos de la

humanidad entera. Así se ha escrito con razón que la historia de la Humanidad es en gran

medida, la historia de la conquista del poder. Bueno es, pues, para entendernos, tengamos en

todo momento presente que cuando se habla de la sustitución de un régimen político por otro

nos estamos refiriendo a ese cambio profundo que conlleva el establecimiento de reglas

nuevas y distintas en la distribución y e! ejercicio de! poder. Para enjuiciar un hecho de esta

envergadura hay que analizarlo desde esa perspectiva si se pretende un mínimo de objetividad

Objetividad que es tanto más cuestionable cuando quienes nos pronunciamos ai respecto

somos, más o menos, protagonistas de ¡os acontecimientos que conducen a ese cambio. Es

por ello por lo que el juicio final acaba siempre correspondiéndole a la Historia porque sólo

desde una cierta perspectiva se pueden objetivar los hechos y valorar el con ¡unto de las

circunstancias por encima de !as anécdotas, las tensiones y hasta !a sangre derramada en esa

profunda transformación. Esta verdad tan evidente no impide, sin embargo, que quienes de

alguna forma personalizamos ante la opinión pública ese proceso de cambio —cuyo verdadero

protagonista no es otro que la propia sociedad española— nos pronunciemos sobre las

dificultades que concurren en nuestro caso. En definitiva, que enjuiciemos ios hechos y ios

valoremos según nuestro leal saber y entender a conciencia de que forzosamente estos juicios

resultan necesariamente parciales y quizá en algun caso —del que no me excluyo—

interesados. u a transición política española ha sido juzgada por propios y extraños —y

fundamentalmente por estos últimos— como jn acontecimiento extraordinario y prácticamente

sin precedentes en la historia universal de este tipo de sucesos. Y en verdad no es para

menos. Hasta ios propios críticos de este tránsito —que no tengo inconveniente en reconocer

que crecen a medida que se suceden los acontecimientos sangrientos y las situaciones

conflictivas— tendrían que admitir que ni los más optimistas, el dia de :a muerte del general

Franco, aventuraban una solución tan satisfactoria como a alcanzada. Dirán algunos —y salgo

con ello al paso— que es un sarcasmo calificar la situación de satisfactoria. Y, en efecto, hay

muchos aspectos cíe esa transición que no son, en absoluto, satisfactorios. El problema, sin

embargo, es mucho más complejo que el que resulta del simple análisis individualizado de los

hechos por graves que sean algunos —que io son— fuera del contexto en el que se producen.

Salíamos al comienzo de esta etapa de tránsito de un larguísimo período de nuestra Historia

que tuvo su origen en una guerra de crueldad y violencia casi incomparable en la Historia

universal. No entro ahora a juzgar esa etapa, pero sí digo —e insisto— que aquel régimen se

estableció a un coste en sangre, sudor y lágrimas que no se necesita enfatizar. Ni siquiera

niego que aquel régimen tuviese un período de relativo esplendor —la década del sesenta— a

un precio, sin embargo, que no es cuantificable en cifras; la falta de libertades. Pero aquel

régimen tuvo también —aparte de su origen bélico— un larguísimo período neqro desde 1939

hasta finales de los años cincuenta. Para quienes pensamos, con Julián Marías, que el hombre,

simplemente para serlo, necesita ser libre, la valoración global de un régimen político que

ahoga y suprime esa necesidad vital es siempre negativa. Pues con esa otra óptica de manejar

las estadísticas como contrapeso del coste que supone suprimir las libertades se podrían

justificar entonces también unos regímenes como e! soviético y el chino. El caso es, repito, que

la violencia y la sangre han estado siempre, o casi siempre, presentes en la historia de la

humanidad cuando se han intentado modificar las estructuras del poder. Libero al Sector de

referencias históricas por ser tan obvias y evidentes y algunas tan próximas en el tiempo y en el

espacio. Pues bien, el proceso de transición ha permitido establecer con muchísimos proble-

mas un régimen de libertades en el que es teóricamente posible la convivencia de todos los

españoles sin otra excepción que la de los grupos que se automarginan por el terror y la

violencia. Y, sin embargo, son estos grupos marginales e infinitesimales los que pretenden

poner en entredicho la viabilidad del nuevo régimen por fallos y culpas que pueden ser

imputables a la clase política y por razones obvias y en primer lugar al propio Gobierno. Pero

en ningún caso al nuevo régimen político. Y aquí, sin embargo, está la trampa dialéctica o la

justificación golpista. El Gobierno es incapaz, la clase política es incompetente ergo,

destruyamos el sistema, volvamos a la» dictadura. Hemos construido —estamos

construyendo— un sistema político que permite que hombres ideológicamente tan dispares

como Carrillo y Pinar se escuchen en la misma sata y ante ¡a misma audiencia sin otra

violencia que !a verbal que permiten los usos parlamentarios. Un sistema donde empresarios y

trabajadores tienen que negociar sus diferencias; donde todos los españoles tienen voz y voto

para expresar sus opiniones y participar en la conducción de! destino común. Digo todos, hasta

aquellos que defendieron e! régimen anterior, hasta quienes negaron el pan y la sal a opciones

políticas que hoy tienen el respaldo y la confianza de millones de votos y donde tienen cabida

hasta los que desean un régimen político en el que se nieguen y destruyan las libertades.

No es. pues, nada fácil lo que estamos haciendo y tan no lo es, que los españoles hemos sido

incapaces, como pueblo, de consolidar, a lo largo de nuestra historia, un régimen político de

libertades. Lo estamos ahora intentando otra vez, lo estamos haciendo civilizadamente, aunque

haya brotes de sangre y terror que quieren impedirlo. Quizá este Gobierno y !a clase política

sean culpables de fracasos y errores por acciones u omisiones que contempla una Constitución

como !a nuestra. Procederá en ese supuesto sustituir a unas personas por otras, lo que es

perfectamente válido y viable en un régimen democrático. Mucho más viable, en cualquier

caso, que en una dictadura. Pero siempre y cuando se cumpla y se respete la legalidad.

Quienes lo intenten por otro camino tendrán que saber que somos muchos también los que

estamos dispuestos a defender, a cualquier precio, las libertades recobradas. Pero, ¿es que

acaso esas libertades no son compatibles con el orden público? .Es que el precio de la libertad

hipotética tiene que pagarse con el terror? Subyace en estas interrogantes una cuestión previa

que enlaza directamente con el concepto de autoridad. Ese es otro tema y será otro artículo,

Joaquín GARRIGUES WALKER

 

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