Autor: Moya Moreno, Arturo. 
   El ingreso de España en la OTAN     
 
 El País.    14/06/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

TRIBUNA LIBRE

El ingreso de España en la OTAN

ARTURO MOYA MORENO

Diputado de UCD por Granada. Miembro de la Comisión de Defensa

La segunda guerra mundial produjo resultados contrarios a los previstos en primera instancia por las

naciones vencedoras. Cierto que de ahí emergió como primera superpotencia la Unión norteamericana,

cuyo brazo disponía del terrorífico ingenio nuclear, pero de hecho la ventaja formidable del demoledor

invento —en régimen de monopolio— no fue aprovechada en la partida como era menester, y de esta

suerte el reparto bélico y la consiguiente ventaja política fue desproporcionada en beneficio directo de la

Unión Soviética. Tal fue el signo fatídico de la Conferencia de Yalta, consignado por los observadores

más solventes y perspicaces en aquella hora decisiva, y reconocido expresamente por alguno de los

protagonistas occidentales cuando comprobaron la realidad ominosa producida en toda la Europa del

Este, sacrificada casi de inmediato al yugo implacable del comunismo. De este doble fenómeno conexo,

es decir, de la consolidación de un imperio totalitario a caballo entre Europa y Asia —Ortega decía que el

ruso era un chino más joven, pero, a mi juicio, la sentencia tiene más gracia que veracidad—, un imperio

de nuevo signo sustentado desde el punto de vista ideológico en las tesis del marxismo-leninismo, surgió

una verdadera revolución en el mundo, traducida en el plano militar por la necesidad de atajar las

apetencias de un gigante insaciable y soberbio, seguro del triunfo, apoyado en la plataforma de todo un

continente, frente a una Europa desquiciada y en ruinas, protegido además por una barrera de víctimas

propiciatorias —los países del telón de acero, frase originaria de Goebbels y no de Churchill, como

hemos creído hasta ahora— que hacían más inexpugnable el reducto sacro de los antiguos zares.

Esto quiere decir que después de la segunda guerra mundial la política de defensa sufre modificaciones

sustanciales en virtud de la dimensión territorial lograda por la URSS en Europa, y del poderío bélico

conseguido por rusos y norteamericanos, ya que aquéllos supieron enjugar pronto la desventaja mortal de

las armas atómicas. A partir de entonces la lucha se plantea entre continentes —careciendo de entidad las

simples proclamas nacionalistas—, con referencia ineludible a las fuerzas nucleares, sin cuyo poder las

afirmaciones soberanas aparecen sensiblemente menguadas, por no decir irrelevantes, ya que en rigor sólo

es dueño de sus destinos aquel país que puede declarar y afrontar la guerra absoluta contra cualquier

enemigo. De esa realidad ineluctable nace, pues, la OTAN, concebida como organización mancomunada

para la defensa de los países libres de Europa, bajo el poder disuasorio de Estados Unidos; únicos, se

quiera o no, capacitados en aquella hora crucial para contener las apetencias imperialistas de la Unión

Soviética y su cohorte de potencias feudatarias. Aunque luego se superara el concepto estricto de guerra

fría, adentrándonos en una nueva época presidida por la distensión, lo cierto es que la vieja realidad de los

bloques surgida como secuela directa de la segunda guerra subsiste aún, pese a la introducción de algunas

modificaciones importantes en el panorama político y estratégico del planeta, como la disidencia china, el

tercermundismo, la proliferación nuclear, que no transforman sustancialmente por ahora el mapa del

poder, si bien pueden cambiarlo a fondo en el próximo futuro. Esto quiere decir que Estados Unidos sigue

encabezando el bloque de los países libres y democráticos del Occidente y que la OTAN no ha perdido su

razón de ser´, en virtud de la persistente amenaza soviética, puesta de relieve en la invasión de

Checoslovaquia (1968). A estas alturas, sólo las dos superpotencias tienen capacidad bélica para decidir

con autonomía su destino. Y aun así, este mismo dato frena sus tendencias exterminadoras, pues ambas

poseen la fuerza necesaria para responder en forma contundente al contrincante que se aventure por el

camino de la sorpresa... De ahí que, bajo la suprema amenaza de la aniquilación atómica, la guerra

adquiera en nuestro tiempo una dimensión nueva, que combina sutilmente los factores termonucleares

con la lucha convencional «controlada» y la guerra subversiva en sitios estratégicos, de suerte que la

ventaja militar y política proviene frecuentemente de elementos sociales y psicológicos, astutamente

explotados por auténticos profesionales que recurren a toda clase de artilugios con objeto de conseguir la

victoria, incluyendo, por supuesto, como recurso letal, el arma infamante del terrorismo y del sabotaje,

considerados por el general Cióse como medios capaces de coadyuvar a la parálisis de la respuesta

europea en caso de invasión por parte de la Unión Soviética. ¿Qué hacer en este contexto sombrío y

amenazador, cuyas consecuencias están ya a la vista en dos casos vitales como son el País Vasco y las

islas Canarias, parte irrenunciable de nuestra nación, donde se interfieren poderosos intereses

extranacionales? Ante todo, debemos optar por la integración de pleno derecho en el sistema de defensa

occidental y debemos hacerlo cuanto antes no sólo por la adecuación lógica de la situación estratégica y

política de la España democrática al marco defensivo del mundo libre, sino también por sentido de la

oportunidad histórica que cruza ante nosotros y que nos permitiría asegurar la integridad de la patria en

sus dimensiones actuales, recuperando, por fin, la soberanía sobre la Roca de Calpe. Considero, por

consiguiente, que entre las alternativas posibles, la más adecuada para España consiste en que ingresemos

en la OTAN, siempre que se cumplan las condiciones políticas apuntadas en el párrafo anterior. Esto

facilitaría, además, la modernización efectiva de nuestras Fuerzas Armadas, sin que suponga —como

alegan los abogados de un supuesto neutralismo, que en verdad sólo beneficiaría al Pacto de Varsovia,

cuyes miembros nos aconsejan con énfasis esta postura— un aumento insoportable del presupuesto de

defensa —la cantidad estimada por los expertos se cifra en ¡sesenta millones de dólares!—, convergiendo

en cualquier caso sobre una necesidad que debe ser atendida pronto si queremos de veras un ejército bien

dotado en todos los aspectos para cumplir las altas funciones que son propias. En este sentido, resulta

muy fácil culpar a los militares cuando la batalla está perdida o no puede plantearse como debiera por

imposibilidad material de hacerla. Azaña resaltó en su hora un ejemplo asombroso: ¡las huestes del

cabileño Abd el Krim disponían en el combate contra los españoles de los más modernos cañones que

existían entonces en Europa, cuyo alcance era de catorce kilómetros, mientras nuestros soldados

utilizaban un armamento vetusto, apto para conseguir un disparo máximo de ¡siete kilómetros!, esto es, la

mitad... Y luego nos quejamos de Annual... por no aludir a ejemplos más próximos que, mutatis mutandis,

denotan la precaria situación de nuestro equipo bélico, muy por debajo de las exigencias derivadas de

nuestra posición geopolítica. En consecuencia, y sin prejuzgar la política militar que se adopte en el

inmediato futuro, el punto clave radica en la modernización de nuestras Fuerzas Armadas, sea cual fuere

la alternativa, reforma tanto más necesaria y costosa si triunfa la tesis contraria a la OTAN, ya que ahora

ser neutrales en serio comporta algo más que palabras... e innumerables riesgos.

 

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