Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   Tres años     
 
 ABC.    03/07/1979.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

MARTES, 3 DE JULIO DE 1979. PAG. S.

TRES AÑOS

El 3 de julio se cumplen tres años desde aquella tarde de un sábado en que Adolfo Suárez González fue

designado por e! Rey presidente de) Gobierno, Espigar sobre las noticias de aquellos días puede ser el

mejor comentario objetivo del cambio que, presidido políticamente por Suárez y movido históricamente

por e! Rey, está a punto de cristalizar como historia de la transición. Transcribo algunos titulares de

Prensa. Uno ce julio de 1976: El Movimiento organización quiere sobrevivir. E eurocomunismo (entre

comillas) parece reforzarse. El PCE. contrario a su ¡legalización témpora!. Cárrillo rechaza el término

eurocomunista. Dos de julio: Gran, expectación por el cese de Arias. Cinco nombres posibles oara nuevo

jefe de Gobierno: Areilza, Fernández-Miranda, Fraga, Gutiérrez-Mellado y Vega Rodríguez. El Consejo

Nacional débale la reforma constitucional: el señor Fernández de la Mora indicó que debería agregarse al

dilatado período e> calificativo de fecundo. Día 3 de julio: La oposición contra la reforma otorgada y el

referéndum. No se admite la supresión de los cuarenta de Ayete. Et Consell de Forces Politiques de

Catalunya reclama un Gobierno provisional. Cuatro de julio: Adolfo Suárez designado presidente del

Gobierno en virtud de la Ley Orgánica de! Estado. Algún comentarista, que ha logrado, entre otras, una

admirable síntesis —participar en artículos colectivos contra Suárez y exaltarle a la vez con luminarias

históricas personales— dedica la mitad de su antífona a demostrar lo equivocados que están los demás

comentaristas. Prefiero, esta vez, pegarme al terreno y medir, por lo que le resta a Suárez de tarea, la mag-

nitud de su contribución histórica. Teóricamente le quedan cuatro años menos tres meses.

Experimentalmente ha rebasado ya todas las marcas de los gobiernos largos predemocráticos en España:

es posible, e incluso probable, que Suárez no llegue a cubrir totalmente esta etapa teórica de cuatro años

—Suárez se empeña en que sí—, pero ello no le impediría volver otra vez a presidir el Gobierno. Lo

realmente importante e» que durante el resto de su actual mandato —fijemos dos años como hipótesis de

trabajo— pueda construir una obra de gobierno que no desmerezca de su contribución esencial al

advenimiento de la democracia. Puede que Emilio Romero, cuya segunda navegación es mucho más

sugestiva y magistral que la primera, no se lo crea, paro mi única relación personal con Suárez, que es la

amistad lejana, me permite una actitud crítica mucho más dura en privado que en público; por eso escribo

aquí. Mi conocimiento prolongado de su personalidad me ha convencido de que no es un practicón de

supervivencias sino un politico con sentido estratégico profundo; de que no es un oportunista sino un

hombre con hondas convicciones que se desarrollan a través de una coherencia interior flexible, pero

unívoca; de que suple sus fallos de formación con un sentido político de primera magnitud y con una

voluntad de trabajo casi inexplicable. Su cohabitación política con la soledad y las pasadas de Stukas

(para decirlo coa frase de López Rodó) con que !e asedian toda clase de sectas políticas, y de personas

convencidas de que Suárez es meros inmune a la presión de lo que él mismo proclama, le han conducido

últimamente a situaciones de incomunicación política que han aflorado en tres auténticos marasmos: el

tristísimo forcejeo de la última crisis de Gobierno (que todo el mundo comparó con la elegantísima

rapidez con que Margaret Thatcher propuso, poco después, su equipo y su programa); el inconcebible

planteamiento de la investidura: y la tendencia, respecto det partido que preside, a superar ís lucha cegata

de los clanes madrileños mediante la sustitución del impulso democrático de base por una camarilla de

incompetencias lunares, agravado todo ello, y dejo fuera a Josep Meliá, por un equivocadísimo

tratamiento de ios flujos informativos entre Gobierno, partido, Parlamento, medios y clanes.

Suárez llevaba dentro mucho más de lo que, sin más excepción conocida que Pepe Armero, creíamos

todos —he dicho todos, y les ahorro los textos, que siguen, salvo en mi caso, sin retractaciones escritas

con la misma nobleza— et 4 de julio de 1976. Las relaciones entre el arquitecto (aquella maravillosa

viñeta de Máximo no el 4 sino e) 3 de julio) y el artífice de la transición no se han enturbiado durante el

célebre bache reciente; es que nunca fueron, porque nunca debieron ser, permanentes e inalterables. El

sobrecogedor envejecimiento en el rostro de Suárez refleja toda su capacidad de encaje pero también de

asimilación. Hoy, por ejemplo, no piensa sobre e! Partido Comunista lo mismo que el 3 de mayo de 1976,

aunque Nicolás Sartorius, con su reiteración suicida de amenazas revolucionarias, parece no haberlo

advertido. No creo que Suárez vuelva a montar una crisis sobre la Intocabilidad de Abril, lo que no quiere

decir que vaya a cesarle. Conoce ya mucho más de cerca la dialéctica entre Molinoviejo y Mateo Inurria.

Creo que aborda la negociación con los vascos y los catalanes no simplemente como representante del

Estado, sino como tan representante de los vascos y catalanes como puedan serlo Garaicoechea y Pujol; o

mejor, como tan representante de todos los españoles como es, de hecho, Tarradellas y me gustaría que

quisiera serlo Leizaola. Hoy comprende Suárez el problema tremendo que supone a UCO el hundimiento

de la derecha, y no me extrañada que estuviese trabajando a fondo, con experiencias giscardianas, para

plantear una salida democrática a ese veinte por ciento de españoles que no le votarán jamás a él. Hoy,

cuando a pesar de sus aciertos y sus errores ha cuajado el milagro personal de que todos —empezando

por U, Emilio, maestro— le sigamos midiendo mucho más por el futuro que por «1 pasado.—Ricardo de

la CIERVA.

 

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