Autor: Garrigues Walker, Joaquín. 
   El mandato presidencial     
 
 ABC.    06/07/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 14. 

EL MANDATO PRESIDENCIAL

UN cierto sector deI abanico que trata de conformar la opinión pública española ha empezado a especular,

de un tiempo a esta parte, con la designación de un nuevo presidente de Gobierno. Con este propósito se

construyen e imaginan complots, se urden operaciones de desgaste en las que aparecen insinuadas

circunstancias militares y se fabrican candidatos con técnicas impropias de! actual régimen de gobierno.

Esa estrategia de recambio presidencial acelerado responde a épocas pasadas y se juega a todas luces con

el ulterior propósito de liquidar, por una u otra vía, el régimen democrático. El actual presidente del

Gobierno, Adolfo Suárez, ha sido elegido para su cargo como consecuencia directa de las elecciones

celebradas hace escasamente tres meses. Desde la fecha de la investidura —e! 30 de marzo— tiene un

mandato de cuatro años, salvo que el propio partido le retire su confianza y se cumplan, en todo caso, los

trámites que establece la Constitución. No existe ningún otro procedimiento legal para sustituir al

presidente del Gobierno ni, desde luego, puede admitirse el relevo por otra vía. Quienes tenemos fe en la

democracia debemos, sin distinción de colores, evitar por todos ¡os medios que prospere esa otra corriente

de opinión. Porque estaría en juego no sólo la supervivencia política del presidente, sino la de la propia

democracia como sistema de gobierno. El período electoral se ha cerrado el 3 de abril con las elecciones

municipales, y simultáneamente se ha abierto un plazo de cuatro años, muy difícil y complicado, en el

que todos debemos tener como objetivo prioritario la consolidación del sistema político. Y para

consolidarlo hay que empezar por respetar las reglas del juego y rechazar las tesis de quienes al calor de

circunstancias tan difíciles como las que vivimos nos ofrecen sugerencias de liderazgo por vías

heterodoxas. Entre estas soluciones ninguna más condenable que la que trata de involucrar a! Jefe del

Estado. Porque entre las misiones que la Constitución le confía al Rey de España no figura la de sustituir

al presidente del Gobierno a impulsos de su sola voluntad. El Rey de España está y tiene que estar por

encima de la lucha partidista precisamente porque él simboliza valores muy superiores a los que se ponen

en juego desde las ideologías de los grupos políticos. No es ésta una recomendación al Rey ni muchísimo

menos una advertencia, porque nadie como él conoce el papel primordial de su protagonismo, ya que de

la neutralidad de su arbitraje depende en gran medida el futuro de nuestro empeño. Pero hay que invalidar

políticamente a quienes se dirigen al Rey con argumentos que encubren la amenaza de que si el Rey no

actúa y sustituye al presidente caerán sobre España y sobre él males incontables. Muy por el contrario, las

adversidades y los problemas para nuestro país y Su Majestad empezarían si se incumpliese el trámite

constitucional. Precisamente él que ha sido, entre todos nosotros, el principal promotor para restablecer

las libertades individuales y colectivas de nuestro país. Quienes patrocinan este clima de opinión tienen

además un segundo frente de ataque que consiste en extender la especie de que esta legislatura no

cumplirá el término de cuatro años. Acabamos de empezarla y ya se empieza a minar la esperanza de los

muchos millones de españoles que confiaban en un plazo de cuatro años para trabajar sin incógnitas

electorales. Período de tiempo que resulta imprescindible para consolidar nuestra democracia. Para que

unos y otros aprendan la función de gobernar y oponerse, tanto a nivel nacional como regional y local;

para que los partidos arraiguen en la opinión pública y se despejen las incógnitas ideológica? que todavía

confunden al electorado; para que la Administración pública se reestructure con eficacia y para atender a

los muchos problemas económicos y de todo tipo que amenazan al Estado y a la sociedad española.

No quiero decir con esto que haya que descartar de forma absoluta la posibilidad de unas elecciones en un

tiempo más corto. En épocas de tránsito ocurre a veces que, por circunstancias adversas, hay que renovar

la confianza de los electores en plazos menores de los legalmente previstos. Pero ésta ha de ser la

excepción y no la regla. Ya tuvimos unas segundas elecciones anticipadas hace tres meses, justificadas

por el nacimiento de la Constitución y por la necesidad imperiosa de renovar nuestros Ayuntamientos.

Pero superada esta fase de interinidad tendremos que acostumbrarnos a períodos regulares de consulta

electoral para que la vida pública española no esté siempre pendiente de las urnas. En este sentido todos

los intentos de buscar candidatos presidenciales, a cuatro años vista de unas elecciones, no pueden tener

otro propósito que desestabilizar el sistema político que acabamos de iniciar. Propósito que es tanto más

desestabilizador cuanto se proponen nombres, en ocasiones, que ni tan siquiera militan en los partidos

políticos, como si con ellos se quisiera desautorizar al sistema en virtud del cual se accede y se pierde el

Poder.

Que quienes no creen en la democracia fomenten este clima es explicable. Pero que lo hagan quienes

piensan —y han pensado en tiempos más difíciles— que la democracia es el menos malo de los sistemas

de Gobierno, es más preocupante.

Otra cosa distinta es que la Prensa, los medios de difusión y los otros partidos políticos le critiquen para

desgastarle, le acosen en su labor de gobierno y le pidan cuentas de su gestión. Igualmente lícita es la

crítica al presidente dentro de su propio partido, ya que Ja selección de candidatos alternativos forma

parte de la dinámica del sistema. Ese es el papel que les corresponde, a unos y otros, en un régimen de

libertades. Ahora bien, esta crítica, que es consustancial al Gobierno democrático, se ejerce siempre en los

países libres con gran respeto a la persona del presidente, al enorme esfuerzo y dedicación que representa

el ejercicio de su cargo y a la gravedad de las responsabilidades que asume. Si además, como es nuestro

caso, le llueven problemas acumulados de muchos errores antiguos y otros nuevos, sin tregua ni descanso,

no es desproporcionado pedir un margen de confianza y de tiempo. Adolfo Suárez ha cumplido tres años

de mandato presidencial. Tiene ahora otros cuatro años por delante para intentar resolver problemas ante

los que fracasaron los mejores hombres de la República. Problemas que no resolvió una guerra tan cruel

como la nuestra ni cuarenta años de silencio forzado. Vamos a ver si durante este cuadrienio de su

presidencia podemos, entre todos, encauzar las soluciones que no fueron posibles en el pasado.

Esta reflexión no tiene otro valor que la de venir de quien, a veces, discrepa de la estrategia y de la táctica

de su propio Jefe de Gobierno.

Joaquín GARRIGUES WALKER

 

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