Autor: Fernández Ordóñez, Francisco José. 
   La lucha por el gasto público     
 
 ABC.    22/07/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

LA LUCHA POR EL GASTO PUBLICO

Por Francisco FERNANDEZ ORDOÑEZ

Desde 1950. y con carácter general, el crecimiento de! sector público ha sido una característica

de las sociedades industriales modernas. En algún caso, como en Suecia. durante los últimos

veinticinco años el gasto público ha crecido a una tasa que es el doble de ia tasa de aumento

de la producción tot?l del país. El fenómeno se ha agudizado en ios últimos años en algunos

países cuyo sector público era relativamente pequeño y equilibrado, pero que está acusando

fuertemente e! impacto de la crisis. Como resultado de esta situación, en Italia el déficit clel

sector público se sitúa e" torno al 13 por 100 dei PIB. En España, aunque aún por debajo de! 3

por 100 dei PIB, la linea de tendencia se ha marcado claramente. Los factores

desencadenantes son:

— Las presiones del sector privado, que reclama mayor gasto público en forma de ayudas a

actividades o incluso a empresas en crisis, subvenciones de interés, desgravaciones fiscales

por encima de las cifras reales, compensaciones por elevaciones de precios de primeras

materias o por límites oficiales a las alzas de precios.

— Las presiones crecientes hacia un nivel mayor de atenciones sociales y servicios públicos,

coíncidentes con un grado mayor de sensibilidad hacia las prestaciones colectivas y una

valoración prioritaria por la sociedad de este tipo de servicios.

— Aumentos de burocracia que constituyen gastos recurrentes de inversiones públicas o que

son resultado de ia rigidez funcional del aparato administrativo. El 43 por 100 del presupuesto

del Estado son gastos burocráticos, sin que de ninguna manera pueria firmarse con carácter

general que el nivel de retribuciones de nuestros funcionarios es suficiente.

— Pérdidas de empresas públicas en progresión geométrica, generalmente como

consecuencia de limitaciones artificiales de tarifas o de! mantenimiento sin reestructuración de

actividades no rentables.

— Aumento de gastos por desempleo con un sistema todavía no perfeccionado en que ni

todos los parados cobran el desempleo ni todos los que cobran el desempleo están parados.

- Parkinsonismo administrativo por creación de servicios u organismos no estrictamente

justificados, con su secuela de teléfonos, secretarias, gabinetes y automóviles.

— Aumento de gastos locales por desbordamiento de la presión social en !a demanda

de servicios municipales.

Hace varios años escribí en esta misma página que la sociedad española estaba acumulando

sobre el sector público una sobrecarga de exigencias con enorme fuerza expansiva. Esta

sobrecarga de exigencias, que el Poder político trata difícilmente de contener; esta «revolución

de las reivindicaciones crecientes» de todos los sectores sociales, dramáticamente exasperada

por la crisis energética, nos plantea un problema político fundamental que. unido a otros

parecidos, se sitúa en el vértice de ía estrategia económica. El sector público puede convertirse

en el desaguadero de muchos problemas que la sociedad no ha sido ,capaz de abordar. Al

endosar los problemas al Estado no los estamos resolviendo, sino aplazando, porque, en

definitiva, como sabemos desde Fernández Villaverde. la Hacienda Pública no es algo distinto

de todos nosotros. El fenómeno ha sido analizado por algunos autores como Habermas u

O´Connors al definir el gasto público como el escenario de una nueva lucha de clases cuyos

protagonistas no son los capitalistas y los trabajadores, sino las diferentes esferas o sectores

de poder dentro de la sociedad. Cada uno de ellos, grupos de presión, sectores, regiones,

pugna por una parcela del gasto, y al final la asignación definitiva de los recursos públicos

depende, como es usual en la política, no sólo de razones científicas o técnicas, sino de la

efectiva correlación de fuerzas. Así, Bell, en su libro «The cultural contradictions of capitalism».

destaca cómo «el gasto público, y no el reparto de beneficios dentro de la empresa, se

convierte en el ámbito principal de las decisiones económicas». Esta realidad, característica de

los Estados modernos, justifica el papel fundamental que debe asignarse a la evolución

previsible de las distintas partidas del gasto público dentro de los programas económicos de los

Gobiernos. El problema es tan simple como esto: tenemos que construir un sistema económico

capaz de movilizar nuestro potencial de crecimiento y de progreso: pero no tenemos recursos

para alcanzar a la vez todos los objetivos. Si el ejercicio de las prioridades, es decir, saber

escoger, es el primer mandato de la política, en este momento la necesidad de optar es

inesquivable. Quienes hablamos de un programa de medio plazo para la economía española

estamos refiriéndonos a una técnica de clarificación que debe interpretar democráticamente las

alternativas que nos plantea una crisis mundial de proporciones gigantescas. En este cuatro

tiene sentido la programación flexible de la estructura de gasto, su contenido interno y su ritmo.

Porque el gasto público es una realidad instrumental y tiene sentido y legitimación en función

de los objetivos a que sirve. Desgraciadamente, los españoles tendremos que renunciar para

los tiempos que se acercan —que ya han llegado— a las delicias del Estado-providencia: cada

une para si mismo; eí Estado para iodos».

 

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