Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   La reconstrucción de la derecha     
 
 ABC.    25/07/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

U RECONSTRUCCIÓN DE LA DERECHA

Libra apuntaban ya suficientes indicios hacia una reorientación conservadora, los consejeros

políticos de Adolfo Suárez a versión más restringida de lo que se llamó la empresa, hoy en

cierto entredicho— le convencieron para que imprimiese a la naciente UCD una dirección

centro-izquierda, o, para decirlo con frase del propio presidente cuando licenció a su primera

ejecutiva de ambiente familiar, «una imagen claramente progresista». Las fuerzas políticas de

la derecha democrática, mediatizadas por la figura anticiclónica de Fraga, volvieron a perder

una gran ocasión. Para quienes tratamos de mirar a la actualidad con criterios históricos,

aunque se nos arquya de utilizar la Historia con fines políticos —sabemos que no es verdad y

nos basta—, Fraga metió las velocidades equivocadas en las dos últimas confrontaciones

electorales: en 1977 quiso ser derecha tras haber inventado, en 1969, el centro; y en 1979,

cuando la demanda política exigía una definición de derecha democrática, Fraga quiso

encabezar un centro subsidiario y vergonzante. El hecho de que Fraga sobreviva hoy como

político y como esperanza nacional depende de su colosal vitalidad política, de su talla

parlamentaria en un hemiciclo desentrenado, y de su admirable sentido del Estado cuando el

Estado sufre por todas partes acosos desintegradores. Sería inútil que Fraga buscase en la

hostilidad de los demás, ni menos en una fantasmagórica persecución por parte de Suárez y

sus hombres, la razón de unos fracasos que afectan a todas las fuerzas moderadas, y para los

que habrá que buscar interpretaciones menos emocionales. Abrumado por la responsabilidad

de su misión histórica, que ahora atraviesa por una zona de inflexión dificilísima entre la

transición reformadora para el cambio de régimen y la transición creadora para al arraigo de la

democracia; agotados inexorablemente algunos colaboradores beneméritos de la primera fase;

acosado por el terrorismo, la incomprensión europea pasada la hora de las endechas y por una

crisis económica que ya rebasa por todas partes los linderos de la angustia; empeñado en

consumar la reconciliación nacional teórica —es la importante, cuidado— de la Constitución en

una convergencia para los Estatutos, Adolfo Suárez ha exagerado su discordancia

metodológica con el ritmo polínico de demanda, y ha mantenido al partido que

indiscutiblemente preside como una máquina electoral de penúltimas horas más que como una

vanguardia activa de comunicación y penetración política. No le faltan a Suárez, dentro de su

partido, colaboradores que saben combinar, en público y en privado, la lealtad con la crítica. No

lo cree así algún comentarista, gran amigo de detectar — con pensamiento tan retorcido como

a frase— una «voluntarista ensoñación mitica» en el ojo ajeno, sin advertir el cómico arrobo

que anida en el propio cuando contempla a ciertos personajes Tan estimables como criticables;

y se enfada farisaicamente cuando les sorprendemos en flagrante fuera de juego (uno de ellos

ha vuelto brillantemente al juego limpio) sabe Dios movido por qué conexiones de compromiso

o de secta. Pero volvamos a la seriedad. La necesidad sociológica ante la que Adolfo Suárez.

en un movimiento de audacia y oportunidad política, arrebató e implantó la confusa iniciativa

centrista en la primavera de 1976 sigue tan claramente viva, y muestra tales visos de perma-

nencia, que la UCD no tiene peligro de desintegración; está cada vez más consolidada en la

sociedad política española; y su propia dinámica interna acabará por convertirla en el gran

partido político que su demanda electoral merece. Algún día sus dirigentes se convencerán de

que las tareas de formación y el trabajo de fondo son más importantes que la zancadilla

personalista como actitud; y de que un gran partido se construye desde la interacción de las

bases y la cumbre, no desde la lucha de clanes por el poder interno dentro de las murallas de

Bizancio. El problema interior de la UCD, que sigue muy vivo, se resolverá, pues, dentro de una

dialéctica natural; pero hay a la derecha de UCD un problema que, en forma de vacío, es el

gran problema político de la España actual; y que afortunadamente UCD empieza ya a

comprender como problema suyo. Es la urgentísima reconstrucción de la derecha, intentemos

aproximarnos a la raíz. Las confrontaciones electorales de la pasada primavera han mostrado

que la mitad de los españoles optaron por la abstención; as decir, han manifestado su

desencanto por la democracia. De esa casi mitad de la nación parece claro que casi otra mitad

—un veinte por ciento del total de electores— son la derecha sociológica que no ha optado ni

por la extrema derecha —Unión Nacional— ni por Coalición Democrática, ni menos por UCD.

En su rechazo —evidente— contra UCD hay, primero, una repulsa a la ineficacia del Gobierno

frente al terrorismo y frente a la crisis económica; un sector creciente de la nación valora ya la

seguridad ciudadana y la seguridad económica por encima de las libertades democráticas y

cree, nos guste o no, en el equívoco lema con Franco vivíamos mejor. Ese veinte por ciento de

electores rechaza netamente la figura de Adolfo Suárez, porque le cree primer responsable de

las frustraciones del Gobierno; porque no valora su enorme servicio político a la nación y a la

Corona; porque no comprende su evolución personal. Será, en parte, una actitud equivocada y

una transposición arbitraria de responsabilidades colectivas; pero es un hecho que será difícil

diluir. Y si se mantiene la abstención, aun si el Gobierno, como deseamos y esperamos

quienes estamos con él, consigue remontar el vuelo político de las realizaciones convincentes,

las próximas elecciones pueden contemplar ia absurda, v encima irreversible victoria del Frente

Popular en España. En su dramática crisis interna, mucho más peligrosa que la de la UCD, el

PSOE no tiene otra salida que recuperar a Felipe González, imán (en sentido físico) de sus

votantes; y meter a sus arriscados militantes en un cajón de sastre donde quepan, a la

portuguesa, todas las subdivisiones ideológicas, empresa no tan difícil si convenimos en que

sólo el diez por ciento de los marxistas españoles sabe quién es Marx; no digo que lo hayan

leído. Si se consumare la escisión del PSOE habría que cambiar todo el planteamiento de las

demás fuerzas políticas y la UCD sería la principal afectada en vez de, como parecería lógico,

la principal beneficiaría. No sucede- , rá así, seguramente. Pero en todo caso la misión histórica

de una renovada derecha democrática en España será canalizar activamente ese veinte por

ciento largo de votos que son suyos; que conforman su demanda real: que permitirían a la

UCD, como centrocentro, gobernar tácticamente hacia el centro-derecha o hacia el

centro-izquierda; que estabilicen definitivamente una democracia hoy inevitablemente escorada

a la izquierda por el peso de dos grandes partidos de izquierda; que arrincone al Partido

Comunista de España, hoy auténtico director de la dinámica política y del proceso

revolucionario en que nos. debatimos. Hay, a la derecha de UCD, personas de inequívoca

trayectoria reformista que pueden configurar, si superan sus personalismos, una gran derecha

democrática. Personas cuya preocupación básica —y nada más alejado de estas reflexiones

teóricas que el dar consejos a quienes saben mucho más— podría ser el rápido alumbramiento

de una clase política de relevo, como ha logrado ya la UCD, como ha apuntado Coalición

Democrática mucho más de lo que se cree. Pero sin caer en el error de formar también una

derecha para rectas finales; preparando ya, con trabajo de fondo, la próxima confrontación,

distrito por distrito, con metodología canovista. Y con emisión —compartida por UCD— del

quinto voto para la no agresión de las fuerzas moderadas, que formuló, en circunstancias

críticas, Ramiro de Maeztu. No cabrían en esa derecha democrática quienes han profesado,

con sinceridad que les honra, la teoría y la praxis de la antidemocracia; quienes, por convicción

o por oportunismo, juegan hoy a la involución para contrarrestar el proceso revolucionario.

Puede que Suárez deba patrocinar una especie inversa de la operación Giscard amparada

genialmente por De Gaulle. Hay para ello hombres-puente. como un Pastor, un Senillosa, un

López de Letona, varios senadores reales. Fraga tiene allí su sitio lógico, como motor y

vanguardia y pararrayos. No basta con que haya en la UCD una tendencia conservadora; la

UCD ha presentado en muchos puntos candidatos conservadores a las alcaldías que no han

conseguido romper la abstención de la derecha sociológica. Las elecciones están cada día más

cerca. No se puede retrasar un solo día ni la comprensión ni la siembra.

Ricardo de la CIERVA

 

< Volver