Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   Alfonso Guerra: La cultura como exabrupto     
 
 ABC.    28/06/1979.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

ALFONSO GUERRA: LA CULTURA COMO EXABRUPTO

PIENSO servirles durante este verano algunas reflexiones sobre cultura y política. Iba a empezar en serio;

pero no me dejan, hoy, Pedro Rodríguez ni Alfonso Guerra. Pedro, que viene de vivir unas noches

dantescas durante la innecesaria agonía de Arriba, sigue viendo visiones en mi actividad parlamentaria;

donde formulo preguntas y enmiendas desde la cultura y no desde la política; porque mi desacuerdo con

el actual ministro de Cultura, como sucedía con el anterior, es normal en un partido democrático; y ni

siquiera empaña la amistad porque se propone con nobleza, a cara descubierta, y en la misma linea

fundamental. De esta forma colaboro con el ministro por vía de sugerencia y estimulo; soy un profesional

de la cultura y un militante de partido; ésta es mi síntesis, y la ejerzo. Lo de Alfonso Guerra es más grave,

dentro de la amenidad; tanto que me obliga a iniciar estas reflexiones político-culturales por la catarsis, y

no por el clamor de las antorchas; por Aristófanes y no por Esquilo, que bastante Esquilo se nos ha colado

en la Comisión Constitucional. Les extrañará, pero Alfonso Guerra, en el fondo, me cae bien. En la

página 28 de la edición del viernes, 22 de junio, de un diario de la mañana fácil de adivinar, Alfonso

Guerra dice bastantes tonterías; pero se le escapan, también, algunas cosas sensatas. Por ejemplo, su

crítica a la ridicula teoría del refiejo, que él cree no marxista, aunque es marxista pura; por ejemplo, su

desautorización a los socialistas cerriles de Figueras por querer cambiar de nombre, de acuerdo con un

viento de la Historia particularmente imbécil, a la plaza de Gala y Dalí. Consumido tan rápidamente su

cupo mensual de sensatez, el señor Guerra se lanza a improvisar. Abróchense los cinturones, por favor.

De momento arremete contra los dos primeros titulares de la cartera de Cultura. «La cartera —espeta— la

han llevado dos personajes de contracultura, o, mejor, de anticultura.» Descartado de forma tan racional y

elegante el presunto adversario, el señor Guerra —«que confiesa estar en contradicción consigo mismo

porque lo suyo es la cultura» (y tiene razón; el señor Guerra es la prueba más clara de la tesis de UCD

propuesta por mí en el sentido de que cultura y educación son dos realidades diferentes)— propone su

alternativa y, en primer lugar, declara que su partido no sabe qué hacer con la cultura: «Plantearse —

dice— desde un partido político la actividad cultural o mejor lo que se llama la vida cultural de un país es

un proceso que lleva a la frustración.» Pero como la tesis resultaba hiriente incluso a sensibilidad cultural

tan tolerante como la suya, el señor Guerra nos propone, después de la tesis, la antitesis, en pura racha

hegeliana: y pone como ejemplo de política cultural «con interés, diría yo, antropológico», que la

agrupación socialista de Chamartín repartió varios premios culturales a participantes no socialistas. Y

después de transcribir la general sorpresa que provocó tan antropológica actitud, el señor Guerra,

dialéctico imparable, formula su síntesis cultural: «Pues bien; yo creo que por ahí van las cosas: por el

apoyo a la producción cultural de calidad, venga de donde venga.» No consta que den Alfonso Guerra

haya escrito libro alguno; sus garantías culturales provienen —se dice— de haber dirigido un grupo

teatral justamente llamado Esperpento, y lo que me parece más extraño, una librería; porque algo se pega

de convivir con los libros, aunque se lea más bien poco. El señor Guerra no tiene la menor idea de lo que

es la contracultura, actitud anárquica nacida en el seno de una inflexión cultural; ni de lo que es la

anticultura, aunque por sentido político, que no cultural, la naya detectado, sin saberlo, en sus compañeros

de Figueras. Los señores Cabanillas y Clavero han propuesto una política cultural discutible, pero una

poli-tica cultural como una casa; el señor Guerra debería meditar a fondo esas propuestas antes de

desbarrar groseramente sobre ellas. Pero en fin, el nombre de la librería del señor Guerra —me dicen— es

Antonio Machado; el señor Guerra se declara, con pasión, especialista máximo en Machado. Dice que

Machado es suyo. «Y le he estudiado —recalca— no académicamente, sino vitalmente, en los textos y en

la vida. En 1975, por ejemplo, me fueron prohibidas doce conferencias sobre él.» Y en pleno arrebato

machadiano cita los versos célebres: «Con tres heridas vengo: / la de la vida, / la del amor, / la de la

muerte.» La verdad es que quien sabe de versos en la UCD es Paco Fernández Ordóñez, que ahora va por

ios clásicos chinos; pero esta vez no he necesitado consultarle, aunque lo mío es Homero, y en concreto el

canto XIII de la Odisea. Porque aun sin conocer a Machado tan hondamente como don Alfonso Guerra,

confieso que tales versos, admirables, me sonaban; pero no así, ni como de Machado. Me sonaban así:

«Con tres heridas yo; la de la vida, la de la muerte, la del amor», y es que la métrica no debe reñir con la

política. Pregunté a mis amigos de la UCD soriana, que ya habían descubierto el gazapo, pero no se

decidían a presentar una interpelación, porque en el fondo Machado no quedaba mal con esos versos

admirables. Rebusqué un poco por mi biblioteca, fresquita de colocación reciente en esas semanas.

Encontré los versos, no faltaba más, gracias a la ayuda de mi hija Mercedes, que los recordaba de una

canción de Serrat. Ahí tienen la cita: Obras completas. Ed. Losada, Buenos Aires, 1960, página 364. Ahí

están, en transcripción correcta, los versos mal citados por don Alfonso Guerra. Pero la equivocación de

orden no es grave. Lo malo es que el autor de esas Obras completas y de los versos no se llama Antonio

Machado, sino Miguel Hernández.—Ricardo de la CIERVA. (Envió.—A Ciríaco da Vicente, sin em-

bargo.)

 

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