Autor: Cisneros Laborda, Gabriel Fernando. 
   España, esa incierta aventura     
 
 Hoja del Lunes.    25/06/1979.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

HOJA del LUNES de

MADRID Pag. 5 — 25/6/1979

ESPAÑA, ESA INCIERTA AVENTURA

ESTA semana comienza el itinerario parlamentario de los estatutos de autonomía catalán y vasco. La

presión de los partidos regionales y el sorprendente síndrome de culpabilidad que conduce a los que no la

son a actuar como si lo fueran se confabularon para introducir en la Constitución una extravagante

cláusula temporal en cuya virtud unas tareas tan hazañosas como las de poner en pie un Estado de nueva

planta, reorganizar territorialmente el poder, liquidar el centralismo e intentar poner término a ese

descomunal equívoco que ha sido tantas veces la relación entre los fragmentos de la realidad total

española, están sujetas a plazo, como si del vencimiento de una letra se tratara. En la República medió

más de un año entre el proyecto de Nuria—al que, por cierto, se le cambiaron algo más que las comas—y

el que sería Estatuto catalán. Y sólo la guerra civil—y la consiguiente necesidad republicana de movilizar

tras de sí a unas fuerzas de alineamiento equívoco—provocaron la tramitación del Estatuto vasco. Ahora,

en cambio, los parlamentarios y los representantes de las asambleas regionales disponen de dos meses

para alcanzar una formulación acordada de la organización autonómica. El descabellado emplazamiento

tiene una única virtud: la de poder despejar a corto plazo la más oscura incertidumbre de nuestro futuro.

Porque si se acierta, cabrá decir que se ha ganado la apuesta histórica de la reforma democrática, por

aguda que sea la crisis económica y por estremecedor que parezca el inventario de los problemas que nos

acechan. Pero si se yerra, ya podemos ir entonando todos el "gori-gori", por lo que después los

historiadores llamarán el "paréntesis democrático del 75". Ante lo dramático del emplazamiento no es de

extrañar que se adueñe de muchos lo que podríamos llamar el "espejismo Guernica". La voluntad de

pacificación, el afán legítimo de alejar de nosotros la pesadilla cotidiana del terror, el temor de pasar por

"duro", el deseo de no desperdiciar lo que algunos con maximalismo y desgarro se empeñan en presentar

como la última y única oportunidad y hasta la tentación de la comodidad—expresión de la inconsciente

convicción de que la "cuestión vasca" es insoluble—son otros tantos factores que influyen en el ánimo de

quienes postulan la aceptación íntegra, literal e incondicionada de las versiones estatutarias elaboradas

por las asambleas regionales. Entre las múltiles lecturas posibles de nuestra Constitución empieza a

abrirse camino la que bien podríamos llamar "lectura sueca", que consistiría en mirar hacia otra parte y

hacerse el distraído a la hora de votar los Estatutos. Pero semejante pretensión—relativamente facilitada

por el Estatuto catalán— no se ve, desde luego, allanada por los redactores del Estatuto vasco, a quienes

no parece haber inquietado el que la contradicción entre alguna de las prescripciones constitucionales y

las proposiciones de su proyecto sea estrepitosa y manifiesta. Tanto, que resulta difícil alejar la sospecha

de que ha sido buscada de propósito. Descalificar los argumentos de inconstitucionalidad de los Estatutos

en aras de la conveniencia de un entendimiento "político" del problema es una tosquedad inaceptable.

Oponer lo "político" a lo "jurídico" equivale, en último análisis, a aceptar la supremacía de la selva sobre

el Estado de Derecho. La Constitución es una norma jurídica, por supuesto. Pero esa norma es, sobre

todo, la traducción al derecho de una voluntad y una decisión políticas: la voluntad soberana de los

españoles de seguir viviendo juntos en paz y en libertad. Como son también decisiones políticas

amparadas por la Constitución las de organizar un Estado regionalizado, redistribuir territorialmente el

poder y atribuir un máximo de autogobierno a las distintas comunidades españolas que gozan de

diferenciación cultural e histórica suficientes. No se trata de acudir al examen de los Estatutos con óptica

de entomología jurídica y espíritu de cazador de brujas. Pero sí debe tratarse de concordar estas

decisiones políticas con la suprema decisión política de la continuidad histórica de España como nación

única y soberana. Sostener que la satisfacción de las aspiraciones de autogobierno de determinadas

comunidades españolas pasa por el precio obligado de hacer lecturas atolondradas, elípticas o cínicas de

nuestra Constitución equivale a reconocer a la "goma-2" el valor de un dictamen. Tengamos el coraje o la

decencia mínima de reconocer que cedemos ante la intimidación, antes de incurrir en la desvergüenza de

disfrazar nuestro miedo con ropajes de hermenéutica jurídica. Hay que acudir a la negociación estatutaria

con ilimitada paciencia, con ilimitada generosidad y con ilimitado valor. Con paciencia para dialogar

hasta el límite, para discutir con imaginación en la búsqueda de todas las posibilidades de entendimiento.

Con generosidad para otorgar cuanto se pueda siempre que se pueda, para romper los moldes mentales del

unitarismo en que hemos sido educados, para explorar al máximo las amplísimas posibilidades de auto-

gobierno que la Constitución posibilita. Pero también hay que negociar con el valor mínimo exigible para

decir "no". Y. desgraciadamente, habrá que decir no a los conceptos o a las formas de expresión esta-

tutarias que significan un desconocimiento de la infragmentabilidad de !a soberanía: que comportan—o

comportarían en su desarrollo—una quiebra del principio de igualdad de todos los españoles; que

significan un riesgo de insolidaridad entre todos los pueblos de España: que suponen un detrimento de la

cultura común y un privilegio para la propia; que quiebran la unidad sustancial del sistema económico;

que pretenden asomarse al terreno de las relaciones internacionales... A cuantos incurren en "el espejismo

Guernica"—"demos el Estatuto y que sea lo que Dios quiera"—convendrá recordarles, para apearles de su

ilusión, la sucesión inacabable de ocasiones en que se nos ha dicho—o hemos pretendido creernos—que

tal o cual acontecimiento iba a significar la pacificación del País Vasco: la desaparición de Franco, la

reforma, las elecciones, la amnistía, el restablecimiento del Consejo General... Todos y cada uno de estos

jalones se han ido sucediendo sin que sirvieran para otra cosa que la de degradar la correlación de fuerzas

en beneficio de la barbarie revolucionaria. Conocida la posición del terrorismo y de sus brazos legales

frente al proyecto de Guernica, no caben ilusiones al respecto. (Ya sé que hay energúmenos que

defienden, por ejemplo, la sustitución de las fuerzas de seguridad nacionales por fuerzas autóctonas,

desde la perspectiva de "preferir" que las víctimas sean naturales de Basauri o Deva en lugar de serlo de

Cáceres o Jaén. Esta óptica mental tan separatista como la de los etarras tiene que ser desterrada "a priori"

para evitar lo que a toda costa debe ser evitado: el que la discusión estatutaria sea propicia a eclosiones

antivascas o anticatalanas; o sea, antiespañolas.) Pero también hay que desterrar la creencia de que los

Estatutos son cuestiones de "ellos". En el Estatuto vasco está tan concernido y legitimado el peón del

campo del último pueblo andaluz como la cúpula de los partidos regionalistas. Con la primera

Constitución no centralista de nuestra historia en la mano podemos albergar la esperanza de construir una

España plural. Si abordamos el hecho estatutario destruyendo de entrada la arquitectura constitucional,

habremos proporcionado no ya coartada, sino razón y justificación suficiente a cuantos quisieran atentar

contra la Constitución. O a cuantos quisieran, simplemente, defenderla. Porque la unidad de España —por

la propia prescripción constitucional—es un valor anterior y superior a la propia Constitución que ésta se

limita a reconocer y proclamar. Los negociadores de los Estatutos han de ser gentes flexibles, audaces e

imaginativos. Pero, sobre todo, hombres a los que "les quepa" España en el corazón y en la cabeza.

Gabriel CISNEROS

 

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