Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   En el marco de la corona     
 
 ABC.    29/07/1979.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

EN EL MARCO DE LA CORONA

Por Ricardo de la CIERVA

Sobre el Estatuto vasco germinal puede internarse ya un comentario político y lo ha adelantado

magistralmente la línea editorial de este periódico con aplauso y con reservas. Es más difícil

improvisar una primera aproximación histórica, pero también tentador. Que la intuición sustituya

a la perspectiva. Dos datos —recogidos de las noticias de Piensa— deben centrar el

comentario: primero, el contenido. Segundo, las actitudes de los negociadores. Y sobre los da-

tos, el marco histórico del acuerdo. Ante el texto —con algunas dudas aún, que pueden, s´m

embargo, suplirse casi con seguridad— queda clarísimo el hecho de que no se vulnera ni

formal ni indirectamente la Constitución en el texto acordado sobre e! Estatuto. (Cuando hablo

de Estatuto me reliero a este acuerdo del 17 de julio; presupongo que la redacción definitiva

será, más o menos, ésta, después de todos los trámites; porque el proceso se puede controlar

por las fuerzas de la mayoría que han logrado el acuerdo, respaldadas por casi todas las

demás.) Hay, en el Estatuto, tres referencias expresas a la Constitución: dos a España, aunque

sea en forma de adjetivo, y una a la nacionalidad española. La famosa disposición adicional,

desactivada ya por un memorable artículo de uno de los hombres-puente en la negociación, el

senador Miguel Unzueta, conserva toda su fuerza histórico-simbólica para los vascos; pera se

convierte, gracias a la acertadísima redacción final, en lo que ha sido la historia de los vascos:

la enunciación de un proceso de convergencia hispánica. ¿Qué otra cosa hay en esa historia?

La divergencia sobre política cultural, que era clave, se salva en el Estatuto de forma

plenamente satisfactoria y de acuerdo con la Constitución, que recuerda al Estado su deber

esencial al servicio de la cultura común; que confía a las Comunidades autónomas el

protagonismo cultural, pero sin renunciar, porque ello atentaría a la suprema unidad de España,

a la presencia cultural dibujada en la propia Constitución. Cae por su base, ciertamente, la

concepción centralista del Estado; pero no estamos construyendo un Estado centralista, sino

un Estado inédito en España; un Estado regional de autonomías que no mermen la unidad

básica de la Patria ni la funcionalidad esencial del propio Estado. Si el contenido del Estatuto

resulta, pues, tranquilizador ante e! más desconfiado análisis, las actitudes de los negociadores

cargan de esperanza un ambiente que vivíamos, hasta unas horas antes del acuerdo, tenso y

enrarecido. Primero, por sentido común; si Viana, Pegenaute, Vizcaya y Bandrés coinciden en

la misma satisfacción, es que el Estatuto conviene a España. Espigo dos opiniones que me

parecen reveladoras. Una del propio Bandrés: «El Estatuto es la firma del tratado de paz

después de tres guerras civiles..> Protunda verdad, aunque las guerras civiles grandes fueran

cuatro; aunque la guerra civil de los ciento cincuenta anos fuera, en realidad, continua. Otra de

Rafael Arias Salgado: «Existia la voluntad política de llegar a un acuerdo.» Esta ha sido la

clave. La democracia no es solamente e! acuerdo formal, sino la voluntad de convivencia. Las

dificultades se han resuelto porque existía una voluntad común de coincidir. Lo que llama

Bandrés el tratado de paz civil, y que desde una perspectiva histórica puede ser el acto de

patriotismo más grande que se ha logrado en España desde la guerra de la Independencia.

Hasta la fecha ha ayudado a ia profundidad simbólica: en la noche del 17 al 18 de julio. Una

nueva evidencia de la transición como reconciliación. Este no es el final dei problema, pero es

el camino donde no había antes más que Constitución y angustia. Parece que por fin el PNV se

ha decidido a asumir su enorme responsabilidad histórica; y la Unión de Centro Democrático ha

abandonado ciertos inevitables resabios centralistas y ciertas explicable excusas tácticas para

lograr, en conexión con los demás grupos, esta convergencia providencial. Supongo que las

dos instituciones medulares —el Ejército y la Iglesia— han colaborado a fondo desde &u

omnipresencia institucional; no hay paz en el País Vasco sin una clara actitud de la Iglesia; y el

Ejército, por medio de su primer capitán general y tefe supremo, ha amparado el camino de la

concordia. Puede que ésta sea la más profunda clave de la esperanza, que Máximo —siempre

me lo encuentro e»i las revueltas de la Historia— ha plasmado en las ramas del roble de

Guernica dando sombra a la lachada neoclásica de las Cortes. Porque el anterior Estatuto

vasco fue una concesión d« guerra arrojada pot la República a través de dos lineas de fuego a

una España en disgregación, a una Euzkadi en agonía de guerra civil, no entre vascos y

españoles, como se ha dicho absurdamente, sino entre vascos y vascos, porque era una

guerra civil entre españoles y españoles. Ahora el marco ha variado. Ests no es un Estatuto de

guerra, sino una carta de paz. No lo ha otorgado arbitrariamente, sin Cortes, una República

agonizante; se ha logrado por una Monarquía joven, conectada con tas corrientes que unieron

libremente al pueblo vasco con el núcleo de España; y el marco de la Corona —cabeza del

Ejército— es la mejor garantía de que el Estatuto será nueva expresión de la unidad, no

peldaño para la ruptura. Si ahora la ETA continúa su lucha ciega atentará, con sus ráfagas, a la

unidad de España, como siempre; pero a través del corazón de Euzkadi. La organización

terrorista ha quedado moralmente desarmada, como la extrema derecha irracional. Como han

dicho los negociadores, no hay vencidos en este abrazo. Ha vencido, por fin, la historia común

de Vasconia y de España. Porque el pleito no surgió solamente en el siglo XIX; hasta hoy los

historiadores no nos atrevíamos a recordar el reiterado domuit vascones de Jos emperadores

romanos; ni el hecho singular de que don Rodrigo llegó tarde a ia batalla del Guadalete porque

estaba enzarzado en una guerra con tos vascos. Puede que en olro amanecer de un 18 de

Julio —la madrugada en que hace cuarenta y tres años había estallado el miedo— españoles y

vascos hayamos ganado fa primera victoria contra el miedo en toda nuestra historia

contemporánea. Seria absurda ingratitud no reconocer. &n este resumen, la labor del lendakari

Garaicoechea, ren tristísimas circunstancias familiares; y la nueva reválida política del

presidente Adolfo Suárez, Pero no será importante lo que yo pudiera decir ahora sobre Suárez;

lo importante es lo que han declarado sobre su actuación y su personalidad política los

negociadores vascos del Estatuto; los vascos del PNV y de la UCD. Ahora Cataluña, maestra

dei pactismo, tiene la palabra.—R. de ¡a C.

 

< Volver