Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   El portavoz     
 
 ABC.    18/07/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

EL PORTAVOZ

Por Ricardo de la CIERVA

Tengo delante el inconcebible artículo dedicado por don Francisco Umbral al documento episcopal sobre

la familia, sin habérselo leído. He esperado unos días para ver si alguien advertía el disparate y lo

denunciaba. El documento de los obispos, de momento, no existe. Hay unos anticipos, unas filtraciones,

unos borradores y un anteproyecto que en alguno de sus aspectos esenciales no se redactará

definitivamente hasta después del verano, me dicen. Pero el señor Umbral coge al vuelo un documento

que, por tanto, desconoce, y lo interpreta con el más puro resabio de incomunicación totalitaria, pobre el

telón de fondo de otro disparate: los macabros hallazgos de Llerena que él atribuye, sin más, a excesos de

la Inquisición. He colocado los trozos informativos del documento episcopal sobre la mesa, y me encajan.

Si, como espero, la forma final, incluidas las legítimas observaciones romanas —esto es, una Iglesia

universal, no una eurotrampa— responde a la convergencia de mis fragmentos, mi impresión de cristiano,

de historiador y de político es que se trata de una pieza admirable, profunda, enormemente respetuosa con

la libertad humana, comprensiva hasta el fondo de las situaciones de angustia personal y familiar, pero

también decisivamente exigente con el sacrificio personal y colectivo del cristiano. No hay en él una sola

imposición, directa ni indirecta, a los españoles que, cristianos o no, decidan prescindir de la orientación

pastoral. Alienta en el documento una reafirmación doctrinal profundísima, junto a un intento de cone-

xión, plenamente logrado, entre tradición y entorno, entre pasado y futuro, entre aceptación simultánea de

fe y de libertad. El documento no es un regodeo con la muerte, sino un canto a la vida. Pero no es un

decreto-ley, como cree el señor Umbral, sino la expresión humana de un magisterio sobrenatural que

sepera, en virtud de una fe concreta, libremente aceptada, y de la pertenencia consciente y también libre a

una comunidad de vida integral, los criterios de racionalidad, de egoísmo y de conveniencia simple por

los que se guían quienes carecen de la responsabilidad libre y lacerante de pertenecer a esa comunidad. El

historiador que ha criticado amargamente la degradación cultural de la Iglesia Católica desde el Barroco

al existencialismo comprueba ahora la convincente dimensión cultural del documento; la inserción de la

Iglesia española actual en las preocupaciones y en las coordenadas del hombre y la mujer de nuestro país

y nuestro tiempo. El señor Umbral no ha visto nada de esto. Esta colosal defensa y enraizamiento de la

familia es, para él, «el documento episcopal contra el aborto-píldora-divorcio». Este intento de síntesis

cristiana para la crisis íntima de nuestro tiempo es «la mitrada prosa, la negra negativa de la Iglesia

española (y supongo que romana); es un Llerena, una Llerena más actual y grave, es una tenue férrea

inquisición». Luego, en una especie de rigodón blasfemo y estúpido, se le desbordan nuevas ignorancias y

nuevas agresiones «marxopasotas» que tratan de salpicar a la misma f¡-fura del Papa cuando besa la tierra

que le recibe. Jamás se podrá comprender el ecu-menismo desde la escatología. El señor Umbral no tiene

la menor idea de lo que era la Inquisición, institución tçipica del Antiguo Régimen, y en cuanto tal

institución mixta Iglesia-Estado, enteramente puesta bajo el control político del Estado. El señor Umbral

no tiene la menor idea de lo que se ha descubierto en Llerena; un nombre precioso de pequeña ciudad que

ahora jenízaros de su cuerda tratan de añadir a la cadena de insultos contra ese archivo de nobleza

histórica llamado Extremadura. En Llerena no se ha descubierto nada; algún cretino sensacionalista se ha

enterado de la existencia —conocidísima— de un osario, depósito de restos desahuciados de un

cementerio parroquial; como hay centenares en la meseta, donse se practica aún la triste costumbre

denominada, con término que serviría de excelente subtítulo al trabajo del señor Umbral, «la monda».

Pero hay algo más grave. Sigo desde hace tiempo la trayectoria cultural y política del señor Umbral.

Reconozco sus cualidades literarias, su intuición creadora de formas, su capacidad de expresión, su en-

tronque con las vetas del clasicismo, su debate desgarrador contra sus vacíos interiores y su perezosa

tendencia a la brillante superficialidad. No voy a rebuscar aquí alusiones personales, como ha hecho el

señor Umbral con mi familia, al borde de la querella criminal que no he querido promover de momento

contra un miembro distinguido, aunque desgreñado, de la comunidad cultural española. Pero debo ade-

lantar a ustedes las evidentes concomitancias del señor Umbral con las campañas comunicativas y

culturales del Partido Comunista de España, del que el señor Umbral actúa como portavoz aparentemente

frivolo, pero tremendamente efectivo, entre torpones halagos a la presunta debilidad de los académicos;

entre podridos sahumerios de sus papanatas. Me divirtió su enfado cósmico cuando le tiraron al cesto su

trabajo —al dictado— contra la línea moderada del PSOE. Llegué casi a comprender el croar de las ranas

como risa bergsoniana cuando el portavoz prodiga, entre orines, su coba a Francisco Fernández Ordóñez

o Carmela García Moreno. Admiro lo que podría hacer un Umbral libre cuando sale del guiñol. Pero la

viñeta ridiculizadora de los obispos españoles —pobre monseñor Iniesta, «in partibus lunaribus»; pobres

compañeros de viaje de la pseudoteologa roja— con que «Mundo Obrero» culmina su campaña de alto

bordo contra el documento episcopal sera la mejor ilustración para el articulo del señor Umbral.

En un análisis elemental de contenido sobre los trabajos del portavoz se advierte una correspondencia

unívoca y sincrónica con las líneas de comunicación y las campañas de penetración del PCE. No me

obliguen, por favor, a demostrarlo; ahi tienen, en una semana, el atentado á los

 

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