Autor: Suárez González, Adolfo. 
   La alianza de una nueva hispanidad     
 
 ABC.    19/10/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

LA ALIANZA DE UNA NUEVA HISPANIDAD

LA noción de Hispanidad evoca en todos nosotros, en 300 millones de mujeres Y hombres de

habla hispana, connotaciones afectivas que nos dicen que nuestros pueblos no vienen de la

nada, que nos recuerdan una historia de siglos a través de la cuai se forjó un idioma, una

cultura y una manera de entender ta vida. Una historia sin la que es imposible comprender e!

mundo de hoy. Sin embargo, cuando dirigimos con realismo la mirada a nuestro alrededor

contemplarnos un panorama que es en parte contradictorio. Nuestras naciones, nuestros

pueblos, no son los más ricos del mundo, midiendo la riqueza en términos convencionales;

pero tampoco los más pobres. Nuestra presencia en el concierto internacional no es ni mucho

menos despreciable, pero tampoco resulta plenamente decisiva. Creo que tenemos la

obligación de preguntarnos por las causas de este balance, en una primera apariencia

mediocre, sobre todo si lo comparamos con la capacidad de sacrificio y la creatividad cultural

de los pueblos hispanos. La historia del mundo ha sido la historia de las ideas, de las culturas.

Y lo seguirá siendo en el futuro. Las ideas que mueven hombres constituyen el entramado en el

que se debaten, día a día, nuestros destinos y los de los que nos rodean; las ideas que

conducen al trabajo, a! esfuerzo y a la cooperación. La cultura hispana está colmada de ideas

creadoras que es necesario vitalizar, reforzar y movilizar en favor de nuestros pueblos. En un

contexto internacional progresivamente integrado en el que sólo tienen voz las alianzas, la His-

toria v la esperanza en el futuro reclaman que sedemos la alianza de una nueva Hispanidad.

Yo me considero un artesano más de la vida diaria de esta Patria y trato por ello de

enfrentarme, con humildad y tesón, a la realidad política y social del mundo que nos rodea. La

política no se hace en soledad. Los robinsones no hacen política. Yo no he pensado, en mis

viajes a Iberoamérica, que representaba a una comunidad, sino más bien que pertenecía a esa

comunidad y que mis interlocutores estaban en un caso similar. En realidad, mí imagen de la

política es la de una pasión que trata de entender la vida social ayudando a buscar respuestas

a los diarios conflictos entre el pasado y el futuro que, lógicamente, obligan a proponer solu-

ciones nuevas, abandonar fórmulas inútiles, rechazar, aceptar y, en definitiva, estudiar y

realizar. Pero sucede, además, que las relaciones internacionales son, con frecuencia, un

espectáculo vivo y contradictorio ante el cual suelen ser insuficientes los análisis que sólo

contemplan un factor dominante. Hay algo más: un político no es un maestro y no puede

obligar a nadie a amar lo que no ama. El conjunto de nuestras naciones ofrece un peso

económico, demográfico y cultural muy importante en términos cuantitativos, pero aún más

trascendente desde un punto de vista cualitativo. Nuestra presencia en cuatro continentes, la

variedad y complementariedad de nuestros recursos, nuestra tradición de paz y capacidad de

convivencia son valores que amplifican la fuerza y la razón de los números. ¿Qué puede

significar hoy la nueva Hispanidad? En primer lugar, la defensa el hombre frente a la

despersonalización y al desprecio de sus derechos inalienables. Somos muchos millones de

personas y cada una de ellas —su bienestar, su conciencia, su esperanza— es el protagonista

del quehacer de nuestro pueblo. Otras culturas han aprendido de nosotros —aunque hoy

parecen haberío olvidado— el valor de la familia, de la infancia, del respeto mutuo. Pero,

además, Hispanidad significa hoy capacidad irrtegradora y solidaridad; comprender que, más

allá de nuestros problemas domésticos, el sufrimiento y la alegría de cualquier comunidad his-

pana son nuestra alegría y sufrimiento. Una política centrada en el hombre solidario es el único

fundamento posible de la paz. La Hispanidad también es, por tanto, un proyecto de

pacificación. Y, finalmente, debemos recordar que somos pueblos jóvenes, que aspiran —que

exigen, me atrevo a decir— a unas mejores condiciones de vida, que luchan por el progreso

porque su vieja historia les ha enseñado que no existe libertad real si no se mejoran las po-

sibilidades de acceso a la cultura, si no se distribuyen mejor los frutos del desarrollo, si no se

crean unas condiciones de vida dignas para todos. No se trata de resucitar la retórica,

verdadera selva en la que se perdieron para siempre tantos proyectos y posibilidades. Es un

hecho reconocido que tradicionalmente nos hemos influido más —unos en otros— por lo que

hemos sido que por lo que hemos pretendido hacer. Nos seguiremos influyendo por lo que

somos, pero tenemos que emprender una acción deliberada y común, a la vez ambiciosa y

pragmática, que dignifique a nuestros pueblos, que defienda nuestros valores y nos permita

recuperar lo que en justicia nos corresponde. Se trata de una exigencia de nuestra Historia,

pero además de una necesidad imperiosa frente a las amenazas y los riesgos den vados del

predominio de otras culturas. Todos sabemos de culturas que se transformaron o

desaparecieron, de pueblos con una importante tradición hispánica que poco a poco perdieron

esta identidad cultural, por qué no decirlo, a causa de la ceguera de la propia política española.

Esta convicción la he percibido muy intensamente a ambos lados del Atlántico. Es muy

característico de las nuevas generaciones ia voluntad superado-ra de ese gran pecado que es

la separación entre saber cosas y hacer cosas. Lo digo porque, en muchas ocasiones, nuestra

política iberoamericana tradicional ha sido un notable ejemplo de esa debilidad. Ahora creo

adivinar un deseo de que tantas y tan continuadas aportaciones solitarias c o m o constituyen el

repertorio de nuestras relaciones se integren comunitariamente para una mejor proyección

general. La velocidad del amplio cambio que vive el mundo hace que la actividad política de

nuestro tiempo requiera una puesta en funcionamiento de todas o casi todas las facultades

humanas. Y para ello es preciso profundizar en e! conocimiento mutuo, ahondando con respeto

en todos los niveles. Frente a este reto sólo cabe una posibilidad: fortalecer lo que nos une, de-

sarrollar un entramado de vínculos políticos, culturales y socioeconómicos, y construir un

sistema de apoyos recíprocos para conseguir el mayor bienestar de nuestros pueblos con ei

menor sacrificio de nuestro patrimonio cultural e histórico, de nuestra particular manera de

entender la vida y la sociedad. Las posibilidades son muchas y están ante nuestros ojos. Citaré

sólo algunas a modo de ejemplo: debemos potenciar nuestra colaboración en las instituciones y

foros internacionales, desarrollando estrategias de interés común. Podemos aprovechar la

complementariedad de nuestros recursos naturales, humanos y tecnológicos. España, como

afirmé en el discurso de Investidura como presidente deí Gobierno después de las últimas

elecciones, debe hacer ver a las Comunidades Europeas que, en nuestra opinión, éstas

quedan mutiladas si abdican de establecer una estrecha relación de colaboración con

Iberoamérica. La comunidad hispana en los Estados Unidos de Norteamérica —el quinto país

hispanohablante del mundo— debe servir de nexo de unión y colaboración con esa gran

potencia mundial. Existen otros campos que sería prolijo enumerar —actitudes comunes en

asuntos geoestratégicos y de defensa, mayor cooperación educativa y de políticas científicas y

tecnológicas, intensificación de ¡os proyectos económicos e industriales multinacionales,

etcétera—, pero prefiero terminar estas líneas exponiendo mi firme convencimiento de que la

alianza para una nueva Hispanidad no es un proyecto autárquico o excluyeme. Por el contrario,

promete un aire renovador, una contribución de paz a! curso futuro de la Nave Tierra.

Adolfo SUAREZ GONZÁLEZ Presidente dei Gobierno

 

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