Autor: Cortezo, Jaime. 
   Acerca de los "defectos" de UCD     
 
 El País.    10/12/1979.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

EL PAÍS, sábado 10 de diciembre de 1977

OPINIÓN

TRIBUNA LIBRE

Acerca de los "defectos" de UCD

JAIME CORTEZO

En EL PAÍS del día 4 de los corrientes leo el artículo titulado Coaliciones electorales y alianzas para

gobernar, del que es autor don José María Gil-Robles, persona a la que siempre he guardado —y seguiré

guardando— un profundo respeto por su hombría de bien, su inteligencia y su trayectoria política en

defensa de los altos principios que siempre nos han sido comunes. Pero este respeto no es obstáculo para

haber disentido de él en algunas circunstancias, como es, ahora, la del articulo de referencia y que me

lleva a dos reflexiones muy concretas. La primera se refiere a su alusión al comportamiento de las

personas encuadradas en la Unión de Centro Democrático, a quienes se acusa «de apetencias de cargos,

formaciones precarias de profesionales de las disidencias y tertulias de aspirantes a ver sus nombres en las

columnas de la prensa», y «unidos simplemente por el cemento del interés». Bien sé que en todo partido

político pueden existir semejantes personas; pero me resisto a que se generalicen estas acusa-

ciones referidas a un solo partido y sin resaltar que también pueden militar en él personas con elevadas

miras, tan nobles como las que figuran en los restantes grupos políticos, ya que esta apreciación es

inherente a ios que defendemos el principio demócrata-cristiano de respeto a la persona y defensa de su

dignidad. La realidad es que el 15 de junio las personas de la coalición UCD nos derrotaron por una

abrumadora mayoría, circunstancia de decisivo peso para los que somos demócratas, pues fue el

electorado el que pronunció ese veredicto, habiendo debido de tener presente los pros y los contras de las

personas que formábamos las diversas candidaturas. Negar esta legitimación dada por el electorado nos

llevaría fuera de las coordenadas políticas a las que siempre hemos sido fieles don José María y yo; sin

que —ante tan estrepitosa diferencia de votación con nuestras candidaturas— sean «decisivos los resortes

del poder franquista, manejados sin escrúpulo por quien tan habituado estaba a utilizarlos antes de su

"conversión" a la democracia». Si esto tuviese la entidad que se apunta no encontraríamos explicación

para los lucidos resultados del PSOE, que era su contrincante electoral más temido. Mi segunda reflexión

se refiere a la afirmación de don José María respecto al «empeño (de UCD) de convertir en un partido

unitario lo que no es más que un conglomerado de ideologías mal definidas y, en gran parte,

contrapuestas, ligadas por el ejercicio del poder y sus consecuencias». Es evidente que para la existencia

de un partido político es necesaria una ideología y que la misma sólo se presentó a manera de programa

electoral antes del 15 de junio; pero hoy existe un borrador de programa, que es la síntesis de las

ideologías que concurrieron coaligadas. No sé si los miembros liberales y social-demócratas de UCD

verán plasmados sus ideales en el citado borrador; pero yo, como demócrata-cristiano, sí me veo reflejado

en tal ideología. Es verdad que la DC puede interpretarse de varias formas - dentro de sus propios límites

y prueba de ello son las diferencias programáticas de los numerosos partidos de Europa y América. Pero,

refiriéndonos a España, hemos de constatar la variedad democristiana que se apreciaba en los programas

de la Federación Popular Democrática e Izquierda Democrática y, más aún, en las de sus antecesoras, la

Democracia Social Cristiana y la Izquierda Demócrata Cristiana, respectivamente. Siendo que todos estos

idearios -junto con los del PNV, la UDC, la UDPV y el PPG— son verdaderos partidos DC. Lo anterior

no me lleva al simplismo de considerar que la UCD será un partido democristiano propiamente dicho, con

su correspondiente etiqueta, pero sí fiel a nuestra doctrina por su contenido. Ahora bien —ante un futuro

que nos fuerza a partidos de masas y al «suicidio» que hicimos de nuestra denominación—, creo que es el

lugar más adecuado para aportar nuestros esfuerzos, pues no encuentro dificultades en su ideología y son

superables los problemas personales, más que por nuestra parte, por la de ellos, según vengo apreciando.

No reniego de mi pasado, luché de buena fe en compañía de inmejorables correligionarios —como don

José María—, pero creo que en política no hay que confundir los deseos con las realidades y,

especialmente, ante momentos tan trascendentales como los que estamos viviendo en nuestra patria y que

conformarán su porvenir.

 

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