Autor: Tusell, Javier. 
   Oposiciones     
 
 Informaciones.    28/02/1978.  Páginas: 2. Párrafos: 6. 

OPOSICIONES

Por Javier TUSELL GÓMEZ

(Secretario de Acción Cultural, U.C.D. de Madrid )

SE han desatado las iras nacionales (aunque afortunadamente de tan sólo una parte de la nación) en contra

de ese sistema de acceso a la docencia que se denomina "oposiciones". En su día Unamuno dijo de ellas

que eran una fiesta nacional -y tan bárbara como la primera". Ahora los sectores que abominan de ellas

utilizan un lenguaje más sofisticado. Según ellos, las oposiciones no son solamente un sistema

memoristico para alcanzar la condición docente, sino destinado a reproducir la ideología de la clase

dominante de tal manera que esta estaria representada por ls catedráticos o, mas extensivamente ls

numerarios, mientras qe e proletariado serian los penenes. De toda esta forma de pensar se extrae la

conclusion que participar n ls oposiciones no es solo colaborar con l corrupcion; s, además, condenarse a

ser corrompido de na manera inevitable, de forma qe opositor triunfante viene a ser l mismo qe individuo

perdído para la ciencia, l saber y l misma inteligencia. En realidad, quienes esbozan esta teorçia, por

llamarla de alguna manera, son muy pocos. Todo un vicepresidente de las Cortes, el socialista Gonez

Llórente, tiene escrito que el proposito de las oposiciones es "acamelar" a quienes participan en ellas: de

acuerdo con esa tesis habría que decir que nunca hubo tantos casmçelidos en el P.S.O.E. En realidad,

sucede que, aunque los partidos de izquierda voten en el Parlamento en contra de los oposiciones, sus

afiliados participan en ellas y, ademas, las ganan, por lo que yo sé con justisimo merecimiento. Se actúa

así de una manera un tanto hipócrita: con el propósito de satisfacer a un sector social, que es muy

limitado, se esgrimen las maldades terroríficas de las oposiciones, que de alguna manera hacen mella en

la opinión pública, mientras que en el fondo no se piensa que exista un sistema de recambio fácilmente

viable. La sociedad española tiene que procurar informarse de en qué consisten, en realidad, esos terribles

ejercicios capaces de extirpar de raíz la capacidad de pensar de los docentes españoles. Puesto que las

oposiciones universitarias han sido las más especialmente destinatarias de ataques adversos, convendría

recordar en qué consisten. Se trata, en el caso de las de adjuntos, primer paso de la carrera docente

universitaria, de tres ejercicios. El primero, al que se da una especial relevancia, consiste en contar los

méritos («n definitiva, la vida) del opositor; en el segundo, se le pide que explique una lección de un

programa que él mismo ha- redactado, para lo que se le da la posibilidad de que utilice todo el material

que considere oportuno, y, en el tercero, se lleva a cabo una prueba práctica, para la que también el

opositor puede disponer de los materiales que considere oportunos. Resulta sorprendente que el efecto de

tales ejercicios pueda ser tan devastador como lo consideran los adversarios del sistema. Sin duda, hay,

sobre todo, ha habido y probablemente seguirá habiendo en las oposiciones, casos sangrantes, en los que

quienes están mejor preparados son marginados, porque en el Tribunal otros tienen mayores o menores

influencias. En mi opinión, casos como éstos eran mucho más frecuentes en una época en que, por un

lado, los puestos en la docencia universitaria eran mucho más escasos, y, por otro, existía una represión

ideológica, que, bienaventuradamente, ha desaparecido o está ya reducida a unos límites mucho menores.

Ahora bien, supongamos que las oposiciones sean no sólo un mal procedimiento para la selección del

profesorado, sino el Mal Absoluto. Lo lógico y lo natural sería tratar de enunciar un procedimiento para

sustituirlas. Pero esto parece superar la capacidad de imaginación de sus detractores, que (y esto es

importante que lo retenga la sociedad española) no han imaginado hasta ahora un sistema que reúna las

mínimas condiciones de viabilidad y eficacia que se requieren para seleccionar el profesorado

universitario. Hay penenes que tienen una idea muy clara al respecto: lo que quieren es simplemente

quedarse. Esa era una opinión muy lógica, que presume unos conocimientos y una capacidad docente

innata en los que están por el hecho de estar, pero que no necesariamente debe ser compartida, sobre todo

si tenemos en cuenta que tenemos profesores en nuestra Universidad, producto, por supusto, de la

imprevisión del franquismo, que llevan años y años sin hacer su tesis ni publicar una mísera línea y que

sustituyen el cultivo de una ciencia por unas cuantas vagas elementalidades. Entre paréntesis: ¿cómo es

posible que los socialistas pretendan sustituir la tesis doctoral, exigida en todo el mundo, por "un trabajo

similar"? Quiénes son capaces de esgrimir mayores argumentos, imaginan unas "comisiones de

contratación", por supuesto "democráticas", encargadas de seleccionar el profesorado. La palabra

"democracia", utilizada fuera del contexto que le es propio, que es el político, resulta peligrosa cuando no

demagógica: aquí y ahora significa la participación de profesores no numerarios, numerarios, alumnos y,

eventualmente, personal no docente. Otro paréntesis: que en las decisiones sobre la Universidad participe

este personal equivale a que en las Cortes participe el no parlamentario Con este sistema tendríamos

espectáculos como el que sigue: para contratar un catedrático de Derecho Político seria necesario un

Tribunal formado por otros dos catedráticos (no de la misma materia, pues para ella se le desea contratar);

dos ayudantes, que incluso pueden no haber hecho la tesis doctoral, y dos alumnos. Como es natural, esta

comisión tendría unos poderes prácticamente dictatoriales sobre el centro. Seleccionar al profesorado

quiere decir, en todas las partes del mundo, cooptarlo, dejando la decisión en manos de quienes saben

sobre las materias de que se trate. En esas condiciones de acceso a la docencia exige que se celebren

pruebas públicas, juzgadas por especialistas y de un ámbito necesariamente mayor del de un solo centro.

Gracias a ellas se debería acceder a la "venia docendi", no a una plaza concreta, y el paso a la categoría

superior no habría de exigir otras pruebas que las de un concurso. Las Universidades contratarían a los

profesores habilitados según este procedimiento, y se arbitraría un procedimiento para que la contratación

no fuera definitiva, sino después de un cierto período de tiempo. Los Tribunales encargados de conceder

la "venia docendi", se formarían por riguroso sorteo y serían irrenunciables. Debería existir un

procedimiento de contratación extraordinaria del profesorado para determinadas situaciones

excepcionales por la persona de que se tratara o por las necesidades específicas de cada Universidad. El

profesorado tendría la condición de funcionario, bien del Estado o bien, en su caso, de las instituciones

autónomas, y un procedimiento especial permitiría el acceso a la estabilidad de los actuales profesores no

numerarios. Esta es, ni más ni menos, una solución viable, necesitada de concreción, pero que creo que

puede alimentar esperanzas de renovación sin caer en demagogias que acabarían de destruir nuestra

Universidad. Pero importa que, si asi se piensa, los profesores numerarios de Universidades, esos

"camellos" de los que hablaba mi amigo Luis Gómez Llórente, se den cuenta de que su inicativa y su

movilización en pro de una solución sensata es imprescindible para que llegue a imponerse una verdadera

reforma.

Javier TUSELL GÓMEZ

 

< Volver