Autor: Orti Bordas, José Miguel. 
   La U.C.D. Y la normalidad     
 
 Diario 16.    23/12/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

FUNDADO EL 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA

LA U.C.D. Y LA NORMALIDAD

DESDE su nacimiento hasta hoy, laU.C.D. se ha visto ininterrumpidamente envuelta en una atmósfera

más o menos espesa de incomprensión. Me pregunto por la causa de semejante fenómeno. Quizá estribe

en el hecho de que la U. C. D. constituya en la actualidad la fuerza política más importante y poderosa del

país; quizá resida en su condición de partido del Gobierno; quizá no tenga otra génesis que la de estar en

cabezada por el presidente del mismo. Sea como fuere, lo bien cierto es que la U. C. D. se encuentra

necesitada de clarificar a fondo el ambiente que la rodea. Y de responder a alguna de las acusaciones que,

tanto desde fuera como desde dentro, se le suelen hacer con más frecuencia de la deseable, ya que los

verdadteros problemas de España son, si se me permite tan tajante afirmación, muy otros. Discutir sobre

la conveniencia, la legitimidad o ía propia viabilidad de ésta o de cualesquiera de las restantes fuerzas

políticas españolas puede terminar siendo una operación tan estéril y, a la postre, aburrida, como la de

discurrir sobre el insoluble problema deí sexo de los ángeles. Pero resumamos telegráficamente tas

imputaciones que a menudo se lanzan contra ta U.C.D., como si de auténticos dardos envenenados se

tratase. A la U.C.D. se ia inculpa, en primer lugar, de lo artificial de su nacimiento. Después, se la achaca

el ser una fuerza política que gira, si no en exclusiva, al menos primordialmente, en torno a la persona de

Adolfo Suárez. Cuando se va más allá se llega al extremo de echarle en cara el no poseer una verdadera

ideología. Y en cualquier caso, ya lleva colgado a la espalda el sambenito de constituir tan sólo un mero

complejo de intereses. Este es, en síntesis, el pliego de cargos que a diario se enarbola contra el partido

del Gobierno, Merece la pena detenerse en é! La acusación de haber tenido un nacimiento artificial no se

sostiene en pie. Es cierto que ia U.C.D. se formó, como coalición electoral, a instancias de la consulta del

15 de junio. Y no lo es menos que desde esa fecha ha venido actuando como coalición parlamentaria.

Pero ello no puede ni debe considerarse como un obstáculo para su recta y definitiva configuración como

partido político, como desde determinadas posiciones se mantiene. Muy al contrario, las fases de

coalición electoral y parlamentaria por las que ha tenido que atravesar lo único que han hecho es facilitar

y, si se me apura, reforzar su racional transformación en partido. Porque los partidos políticos suelen

nacer como fruto de una actividad parlamentaria o como consecuencia de un resultado electoral. En

mucha menor medida son producto de una previa creación ideológica, de la necesidad de

acompañamtento de un líder carismático, de conclusiones de conciliábulo o de la oportunidad que en un

momento dado puede llegar a constituir una homologación internacional vacante. A nadie medianamente

experto en la no excesiva intrincada cartografía de la ciencia política su ie ocurrirá jamás desmentir el

clarísimo origen electoral y parlamentario de los partidos. Los grupos parlamentarios y los

comités electorales constituyen fundamentalmente su génesis. El que, en el caso concreto de la U.C.D., el

comité electoral haya precedido al grupo parlamentario no altera ni desvirtúa la completa naturalidad de

su nacimiento. Nada, pues, encuentro de artificioso en sus todavía no demasiado téjanos inicios.

El que la U. C. D. gire en torno a Suárez no lo considero grave. Más bien lo encuentro perfectamente

lógico. Los partidos de nueva planta o los partidos históricos que emergen de largos períodos de

excepcipnalidad acostumbran a hacerlo en función o gracias a un liderazgo político efectivo que

naturalmente no tiene por qué ser carismático. Basta recordar la Europa de la posguerra, que era una

Europa de líderes, para darse cuenta cabal de la veracidad de este aserto. Por si fuera poco, la necesidad

de fiderazqos fuertes es una necesidad que experimentan hoy en día todos los partidos del mundo.

Aquellos que no disponen de un sólido líder nacional lo intentan inventar y cuando no lo consiguen se

lamentan. Lo que en absoluto deploran es contar con él; lo que ciertamente no les preocupa es que

constituya su centro de gravedad, siempre, eso sí, que el líder en cuestión sea de algún modo expresión

suya. La U. C. D. capitaliza en su beneficio ¡a autoridad que a Suárez le ha proporcionado el conducir el

tránsito de un régimen político a otro y el Poder que a Suárez le confiere su condición de presidente del

Gobierno. El que Suárez mantenga en la U.C.D. un acusado protagonismo —hecho que, por otra parte, se

produce sin ninguna excepción en el resto de partidos— no resulta extraño ni puede sorprender a nadie.

Nada, en consecuencia, de tentarse la ropa. En lo patológico sólo se entraría si las cosas, en una situación

como la presente, discurriesen de diferente manera. Bien sé, sin embargo, que un partido no puede

reducirse exclusivamente a una personalidad. Requiere otras muchas y muy distintas cosas. Estas, por

ejemplo; una «justificación ideológica; un mínimo de cohesión de grupo; un sistema de organización y

jerárquico; una técnica más o menos uniforme». Pero tampoco se me escapa que tanto e! componente

ideológico como la cohesión, ía organización y la técnica se obtienen las más de las veces gracias a la

propia andadura del partido de que se trate. Admito que en una sociedad tan —a pesar de las

apariencias— pofíticamen-te tradicional como la nuestra, en la que las ideologías están puestas y ios

partidos forman cotos cerrados, tal afirmación puede causar el escándalo de no poca gente y ser reputada,

en consecuencia, de heterodoxa. Pero la verdad es que, en más casos de los que pudiera creerse, la

ideología ha sido para los partidos justamente eso: justificación, impedimenta o logro posterior. Apelo a

la autoridad de Duverger para probario: •A priori, parece que la comunidad de doctrinas políticas

constituyera el motor esencial de ta formación de los grupos parlamentarios. Sin embargo, los hechos no

confirman siempre esta hipótesis. A menudo la vecindad geográfica o ta voluntad de defensa profesional

parecen haber dado e! primer impulso: la doctrina vino luego. En algunos países los grupos

parlamentarios fueron de este modo grupos locales que se transformaron posteriormente en grupos

ideológicos. El nacimiento de los partidos en el seno de la Constituyente francesa de 1789 es un buen

ejemplo de estos mecanismos.» Es decir, que factores tales como el local, el de intereses, el representado

por las aspiraciones ministeriales y el configurado por la mismísima corrupción parlamentaria han

prevalecido, en ocasiones, sobre e! elemento ideológico —que justísima, pero quizá un tanto

angelicalmente consideramos en general como el determinante— a la hora de la formación y

consolidación de tos partidos. De modo que tampoco resulta anómalo el que la U. C. O. se inscriba, en

este sentido, en !a más pura tradición. Prácticamente lo mismo podría decirse en relación con el cargo que

a la U.C.D. se le imputa de no pasar de ser un puro complejo de intereses. No se trata de que, en el fondo

y a la hora de la verdad, y por mucha y muy amplia que sea su carga ideológica, todos los partidos po-

líticos, de cuadros o de masas, representen y defiendan determinados intereses, sean o no de ciase. Se

trata de confesar paladinamente que, en efecto, todos los partidos, en cuanto maquinarias electorales, en

cuanto aparatos políticos, constituyen clarísimos complejos de intereses. En Europa no hay ninguna

excepción, pero en donde esa regla general queda más cumplidamente demostrada es en los Estados

Unidos de América. ¿A qué lamentarse entonces de que en España se siga el mismo camino? Con

hipócritas aspavientos no se clarifica ni se endereza nada. Admitidos los partidos hay que asumirlos con

todas sus consecuencias, nos gusten o no; con sus innegables ventajas y con sus defectos da bulto. ¿Acaso

Max Weber no dejó dicho que el fin de los partidos es doble: por una parte dotar a sus dirigentes de ta

fuerza que políticamente necesitan y, por otra, proporcionar a sus partícipes «situaciones en una

comunidad»? El problema de !a U.C.D. no está ahí, como bien se advierte. La U, C. D. ha nacido y está

creciendo y desarrollándose con normalidad. Su problema, que planteado lo tiene, es muy diferente y de

entidad ciertamente distinta. Pero esa es ya otra historia.

José Miguel ORTI BORDAS

 

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