Autor: Tusell, Javier. 
   Los errores de Semprún     
 
 Diario 16.    13/01/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Los errores de Semprún

Javier Tusell

Sobre Jorge Semprún. una vez ¡ue ha publicado su explosiva novela "Autobiografía de Federico

Sánchez´´, se han desatado las iras de la ortodoxia comunista. El procedimiento ha sido típicamente

franquista: se ha tratado de no darse por aludido por los ataques del disidente y, además, se ha intentado

reargüirle con razones tan personalistas como las que Semprún emplea en su escrito. Carrillo ha

demostrado en esta ocasión, como ya en muchas otras, que por lo menos se parece al franquismo de

Carrero en su deseo de huir de su propia historia. Desde luego hace bien, porque ésta puede proporcionar

a sus adversarios un número larguísimo de contradicciones con respecto a lo que es la postura actual del

líder comunista. Basta, por ejemplo, conocer muy levemente la historia contemporánea de España para

saber que Semprún y Claudín tenían razón en sus críticas a la dirección del partido cuando éste les

obsequió con la expulsión en 1964. Sin embargo, en mi opinión, también Semprún ´´como Claudín)

cometieron y cometen errores de apreciación en 1964 y en estos mismos momentos. No son los que dicen

los comunistas ortodoxos: aquello de ser aliados "objetivos" de la reacción, manido argumento

inquisitorial que, de puro esgrimido, resulla deleznable. Hay otros mucho más reales y también de infinita

mayor enjundia.

Disidencia y aceptación

Sorprende, por ejemplo, tanto en Claudín como en Semprún la incapacidad de romper definitivamente

con el pasado. El segundo ha descrito, de una manera que a mí me parece perfecta, la vida en ese sistema

cerrado que es siempre un partido comunista y la ha identificado con la de una iglesia, posesiva hasta el

extremo de ocupar la totalidad de la vida de cada uno de sus miembros. Sucede con frecuencia que la

reflexión intelectual de quienes han pertenecido a un partido comunista no acaba nunca de romper con él.

como si la heterodoxia no fuera sino una forma de hacer referencia a la ortodoxia original. Semprún y

Claudín salieron de un partido comunista cuya condición de estalinista era tan grave que lo describen

como un cúmulo de irremediables maldades. Sin embargo, el mero hecho de escribir sobre él, con los

mismos supuestos básicos, en muchos casos, de su forma de pensar, hace sospechar si no será que desean

un PCE semprunista o clauclinista en vez de carrillista. Esta no tan estricta ruptura con el mundo del

comunismo ortodoxo se aprecia también cuando descendemos al terreno de determinados aspectos

concretos de esta polémica: por ejemplo, el de la democracia interna del partido. Este no fue el tema

original de la disputa en >4 seno del PCE en 1964. La mejor prueba nos la da el propio Semprún al narrar,

como lo hace, que por aquellas fechas trató de mendigar el apoyo de otros partidos comunistas hermanos,

como mediador en la disputa con la dirección del partido propio y no trató, en cambio, de que sus

afiliados reaccionaran en masa contra ella. A Claudín y a Semprún sólo se les ocurrió hablar de la

exigencia de una democracia interna en el PCE en el mismo momento en que sufrieron en sus propias

carnes el centralismo democrático en su aplicación más ortodoxa, que consiste en marginar (en la época

de Stalin, ejecutar) al que disiente. Lo que verdaderamente no se entiende es cómo puede hacerse

compatible esa "disidencia" con la aceptación, mantenida a ultranza, del leninismo. En la época en que

todavía Lenin vivía es cierto que el Partido Comunista rugo mantuvo una efectiva discusión interna de su

táctica, pero el hecho de que ya se hubiera iniciado el terror contra el adversario demuestra sin lugar a

dudas cuál era el destino que hubiera seguido de haber durado unos años más.

Democracia y sustitución

Y es que el pensamiento leninista contiene un principio que es la misma negación de la democracia

interna y de !a misma democracia a secas. Si se considera necesario para cualquier tarea revolucionaria

que existe un pequeño núcleo de revolucionarios profesionales, "vanguardia del proletariado´´, en cuyas

manos ha de estalla dirección y que la deben ejercer de una forma ´•centralizada" y, en definitiva,

despótica, siempre el resultado será el mismo. Fue Trotskí quien lo advirtió por vez primera, entre otras

cosas porque lo había sufrido en sus propias carnes. La concepción de Lenin acerca de la organización de!

partido concluye en que primero este es sustituido por los miembros de la administración y de la

burocracia del mismo; la burocracia, en segundo lugar, es sustituida por el Comité Central y, finalmente,

el Comité Central es sustituido por un dictador. Otro error que, siempre en mi opinión, cometen Semprún

y Claudín consiste en que por un lado piden democracia interna al PCE y por otro combinan su crítica a la

actual dirección del mismo con la acusación de un ´´oportunismo" de derechas y anturevolucionario.

Sucede, sin embargo, que en pura teoría marxista-leninista ´y ambos se siguen considerando vinculados a

cila) eso resulta un perfecto modelo de contradicción. Precisamente lo que, en definitiva, puede hacer que

los partidos comunistas dejen de ser revolucionairos es la democracia interna. Ya Lenin escribió que el

"estado natural" del proletariado no era la revolución, sino la so-cialdemocracia, y que precisamente si el

partido bolchevique debía ser organizado desde criterios de "centralismo democrático" era para evitar esa

innata tendencia al reformismo.

Utopía y totalitarismo

Finalmente, el modelo alternativo que parece desprenderse de loa escritos de Semprún y de Claudia es

utópico en el sentido estricto de la palabra (no se da en la actualidad en ninguna parte) y también en el

sentido lato (tiene todas las probabilidades de no darse nunca). Lo primero no necesita demostrarse y lo

segundo casi tampoco. Un comunismo no totalitario es impensable desde el momento en que se admiten

como dogmas inamovibles dos principios: el de que hay una "ciencia" que se llama marxismo-leninismo,

en la cual se contiene toda la Verdad, y el de que, además, debe existir una minoría, llámese vanguardia

del proletariado o como se quiera, destinada a interpretarla. A partir de esos presupuestos, el totalitarismo

resulta inevitable, aunque para algunos puede resultar una sincera sorpresa. Zinoviev, en 1920, escribió de

todos los revolucionarios rusos que "jamás imaginamos que deberíamos recurrir al terror en la guerra civil

ni que nuestras manos iban a quedar ensangrentadas". Pero era el totalitarismo de su propia doctrina el

que lo hacía previsible. Y ya que hemos empezado con una asimilación de procedimientos del

comunismo y del franquismo, concluyamos estableciendo una diferencia. El franquismo en su lase final

era, desde luego, una dictadura, pero moderada por el cachondeo con que el pueblo español se tomaba los

principios en que se basaba y por el cinismo do una parte de sus políticos, que tampoco creía en ellos. El

totalitarismo de los regímenes marxista-leninistas, tanto en los principios como en la manera que se

practican por sus dirigentes, es mucho mayor. Por eso del franquismo se salió y ningún régimen del este

de Europa se ha "liberalizado" verdaderamente basta la fecha.

 

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