Autor: Meliá Pericás, Josep. 
   Para Marcelino Oreja     
 
 El Imparcial.    21/03/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

EL IMPARCIAL

PARA MARCELINO OREJA

SIEMPRE leo con enorme interés la columna de Pérez-Várela. Y hoy quisiera utilizar una frase de la del

pasado domingo para comentar algunos aspectos de nuestra política exterior. Concretamente, donde dice

que «don Marcelino Oreja Aguirre ha dado prioridad a su gabinete de Prensa para sacar punta y mejorar

la imagen con todos aquellos temas que pueda hacerlo». ¡Ojalá fuera cierto! Pero antes de dar prioridad al

gabinete de Prensa Oreja habrá tenido que crearlo. Me alegraría que al fin hubiera encontrado el hombre

capaz de desarrollar una tarea tan necesaria como ingrata en sordo paralelismo con la Oficina de

Información Diplomática. Esta última, como es bien sabido, es mucho más diplomática que informativa,

más estamental que vinculada al mundo de la comunicación social. A mi modo de ver necesita un

replanteamiento audaz a tono con lo que significa el periodismo en España y en el mundo. Y hasta ahora

el Ministerio de Asuntos Exteriores no ha sido capaz de plantearse rigurosamente este objetivo.

A mí me parece absolutamente desproporcionado que Marcelino Oreja reciba críticas injustas, que se le

cargue con errores diplomáticos que no existen y que esto sea, en gran medida, el recurso de un tipo de

periodismo que en escasas ocasiones plantea la información internacional en función de los intereses de

España. Quede claro que sobre todo en esta última afirmación hay más culpa en nuestra diplomacia que

en nuestro periodismo.´ Las grandes potencias consiguen siempre filtrar informaciones para que se sepa

qué hay detrás de cada pieza del tablero de ajedrez. En España, sin embargo, hemos caído en un modelo

de vida tan provinciana que sólo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena. Nuestra Prensa publica

una información internacional colonizada, tributaria de las grandes agencias de habla inglesa, o francesa

en todo caso, traducida al castellano, pero no contrastada con nuestra política diplomática. Y a fuerza de

padecer tales ataduras hemos acabado por adormecer nuestra sensibilidad. Si al ciudadano de filas se le

pregunta cuál es nuestra posición en el conflicto chileno-argentino sobre el canal o sobre la pugna

fronteriza entre Ecuador y Perú, lo más probable es que se sonría. Recuérdese, sin ir más lejos, el

problema que tuvimos con México a raíz del discurso real respecto a Belice. En fin. Creo que se podría

sustentar la tesis periodística de que sólo los países muy fuertes tienen una información internacional

tributaria de su propia cosmovisión. Nosotros carecemos de ella. Ergo somos todo lo más un país de

segunda división en la jerarquía mundial. Y esto es culpa del país, de su historia, de sus condicionantes

políticos, y no responsabilidad de Marcelino Oreja. Yo pienso que Oreja, como buen discípulo de

Castiella, ha sido el primero en instaurar, como dice muy atinadamente Ricardo de la Cierva, una política

exterior global, coordinada con el cuadro de todas las fuerzas mundiales. Castiella seguramente la pensó,

pero las servidumbres del franquismo no le consintieron ejecutarla. Oreja lo ha hecho. Este mérito debiera

reconocérsele, por lo menos. Pero el hermetismo informativo del Palacio de Santa Cruz hace que las

realidades de aquella casa sean mal conocidas en los periódicos y que no trascienda sino una pequeña

parte de su actividad. Con la particularidad, para colmo, de prestarse a menudo a juicios superficiales y

demagógicos. Me duele, por consiguiente, que críticas excesivamente severas caigan en el absurdo de

buscar una víctima expiatoria en lugar de reconocer las dificultades del proceso de normalización de

nuestra política exterior. Dar carnaza a las fieras es espectacular, pero frivolo. No lleva a parte alguna. Y

en un país en el que la política de partido prima por encima de la política de Estado, en el que no hay una

posición unánime, compacta de todas las fuerzas políticas ante la vida internacional, en donde los

esquemas responden a afinidades ideológicas y no a intereses nacionales, resultaba imposible hacer ¡as

cosas mejor. Cuando, por otra parte, yo estoy convencido de que en líneas generales se han planteado

bien, aunque sólo una mínima parte del país se haya enterado. Con esto, en resumidas cuentas, lo único

que quiero decir es que si fuera verdad lo que dice Pérez-Várela no habría que mirar el tema con recelo,

sino con entusiasmo. Sería grave que Oreja cargara con errores que no le corresponden simplemente

porque no consiguió que llegara a los periodistas el secreto del sumario. Sería una injusticia y

posiblemente, antes o después, el sacrificio de un buen político que todavía puede dar mucho juego si se

atreve a afrontar el cambio que nuestro servicio exterior necesita.

JOSEP MELIA

 

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