Autor: Tucumán, Jaime de. 
   Carrillo y el doctor Jekyll     
 
 El País.    01/02/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

EL PAÍS, miércoles 1 de febrero de 1978

TRIBUNA LIBRE

Carrillo y el doctor Jekyll

JAVIER TUSELL

Catedrático. Secretario de Cultura de UCD

Uno de los más conocidos heterodoxos del comunismo, Arthur Koestler, escribió en su autobiografía, que

los partidos de aquella significación a lo largo de la década de los treinta y hasta de los cincuenta

mostraron una característica duplicidad que él identificaba con la de aquellos dos personajes, en realidad

producto de un desdoblamiento de personalidad, de la novela inglesa: el doctor Jekyll y mister Hyde. El

«suave doctor Jekyll», decía ser, y todo parecía demostrar que efectivamente era, «un demócrata amante

de la libertad, de la paz», un antifascista ejemplar cuyos modales parecían «los de un médico de

cabecera». En cambio, siempre que los partidos comunistas adoptaban el aspecto exterior de mister Hyde

resultaba que venían a identificar la democracia con el fraude, cuando no con el mismo fascismo, del que

la democracia y los regímenes de la Europa occidental, democráticos y parlamentarios, no se diferen-

ciarían sino por la mayor sinceridad del primero, de tal manera «que no habría mucho que elegir entre

ambos». Lo verdaderamente característico de! comunismo en estos años no fue en realidad, que pre-

dominara una postura u otra, sino la rapidez con la que sucedieron, de manera alternativa, ambas. Durante

la época del Frente Popular !os comunistas adoptaron el aspecto externo del doctor Jekyll, identificándose

con aquella política de la «mano tendida» hacia los sectores conservadores de la que mejor expresión fue

la adoptada por Thorez, en Francia. Igual sucedió a partir del momento en que la Alemania nazi entró en

guerra con la Rusia soviética. Pero antes, en los años veinte, en la primera mitad de la década de los

treinta y luego durante la guerra fría, todos los partidos comunistas actuaron como mister Hyde. Para

estos rápidos cambios no hacía falta más que calificar de «sectarismo» a la postura inmediatamente prece-

dente, si era la de mister Hide, o de «oportunismo», si era la del doctor Jekyll. Incluso—apuntaba

Koestler— a veces los partidos comunistas adoptaban una actitud bifronte. Con frecuencia —escribió—

el doctor Jekyll y mister Hide «aparecían simultáneamente, se colocaban espalda contra espalda y se

dirigían con diferentes expresiones a las distintas partes del auditorio». En España, como en el resto de la

Europa occidental, los partidos comunistas llevan ya muchos años adoptando los modales del doctor

Jekyll. En mi opinión el eurocomunismo es más que una pura táctica, pero tiene que llegar a demostrar

verdaderamente cuáles son sus propósitos finales y está por el momento muy lejos de haberlo hecho. El

riesgo de que Santiago Carrillo sea tan solo un temporal doctor Jekyll, para retornar, cuando la ocasión se

muestre propicia, a adoptar los moaos de misler Hide, es demasiado grave como para ser despreciado

alegremente. Exigir una «prueba de democracia» al PCE tiene exactamente el mismo sentido que tendría

hacérselo a Camilo Alonso Vega, si, redivivo, pretendiera acaudillar un partido liberal. La historia estaría

en este caso, como en aquel, en contra de la demostración: uno de los más indudables aciertos de Jorge

Semprún ha sido recordarnos en el momento actual que Santiago Carrillo es el único dirigente de un

partido comunista occidental, que, procedente del estalinismo, se mantiene, sin embargo, a la cabeza de

su partido. El libro de Semprún, no es, obviamente, un buen libro de historia, pero las alusiones que hace

al pasado son lo suficientemente convincentes (y eran ya de hecho obvias para cualquier mínimo

conocedor de nuestro pasado más inmediato) como para que la credibilidad democrática del comunismo

no sea muy brillante. Además, Carrillo ha renunciado a referirse al pasado, como si el hacerlo supusiera

una posibilidad de romper con el programa de «reconciliación nacional» en que afirma apoyarse. Lo

cieno es, sin embargo, que la única reconciliación que está en juego es la de las afirmaciones comunistas

de ahora con las suyas propias del pasado. Es digno de poco crédito democrático el renunciar a examinar

la propia historia. Con su «no nos moverán» Carrillo ha venido a hacer lo mismo que dijo otro personaje

histórico ante sus detractores: «Todo el mundo merece que se le dedique una mirada, pero no todo el

mundo merece una respuesta.» El inconveniente es que aquel personaje era Goebbels.

Pero —podrá objetarse— si el pasado no demuestra nada el presente puede ser un suficiente sustitutivo.

Los comunistas —se piensa a menudo— no tienen un pasado democrático pero ahora si lo son y lo

seguirán siendo; a fin de cuentas algo parecido ha sucedido con los sectores reformistas del franquismo.

Sin embargo, estos últimos han demostrado ya que aceptaban los requisitos de ía democracia occidental,

mientras que la situación es mucho menos clara en lo que respecta a los comunistas. «Eurocomunismo y

Estado» no es ningún evangelio de la democracia, sino un alegato para convencer a comunistas de la

necesidad de cambio en la estrategia; el centralismo democrático y el leninismo son y seguirán siendo

siempre una contradicción palmaria con los propósitos democráticos de cualquier partido; los regímenes

de la Europa del Este no pueden en ningún caso ser considerados como un ideal y, en fin, es

imprescindible que los eurocomunistas se muestren muchísimo más explícitos en cuanto a sus propósitos

de futuro. Estos y otros requisitos son necesarios para que podamos creer en la sinceridad democrática del

eurocomunismo. De lo que el PCE diga y, sobre todo, haga depende, en exclusiva, la cuestión.

Pero lo que no podrá negársenos es la necesidad de la prueba. El propio Koestler, al establecer ese

carácter bifronte del comunismo, personificado en el doctor Jekyll y mister Hyde, decía que «sólo los

liberales de mentalidad confusa rechazan la existencia del camarada Hyde considerándolo un fantasma

inventado por los cazadores de brujas de la reacción». En los momentos de la transición abundan en

nuestra España esos liberales de mentalidad confusa, bien por pura desorientación o, en ocasiones, para

hacerse perdonar un no muy brillante ni democrático pasado. Por eso conviene recordar lo obvio: que, en

definitiva, en todos los países democráticos se ha exigido a los comunistas como prueba de sus

propósitos.

 

< Volver