Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   La República: Frustración y experiencia     
 
 El País.    14/04/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

VIERNES, 14 DE ABRIL DE 1978. PAG. 3

LA REPÚBLICA: FRUSTRACIÓN Y EXPERIENCIA

CARECEMOS, a estas alturas, de una buena historia de la segunda República española. Existen

estimables intentos, esperanzadoras monografías. Una historia profunda y fiable, todavía no. Algunas

síntesis parecen historias contra la República; otras, panegíricos republicanos. Y sin embargo los

materiales están todos o casi todos; falta la mirada limpia que, pensando en España, devorando si hace

falta el partidismo, dispuesta a reconocer el activo, el pasivo y la tragedia del balance, se ponga a la tarea,

¡Qué gran tentación.´ Y qué gran riesgo; porque la historia de (a segunda República comienza por 1922; y

termina, definitivamente, en 1939. Como el final sería por hundimiento, no hay estelas detrás; aunque sí

—crestas y valles— olas de fondo. La atractiva historia del exilio republicano, por ejemplo, no es una

obertura, sino un patético y prolongado final. La época histórica de la República está cerrada. No advino

la República —se advirtió a raíz de los mismos hechos— por el empuje de sus partidarios, quienes ei

mismo 14 de abril la esperaban un par de años después, sino por el hundimiento del régimen anterior y

por el empuje irresistible de los problemas de la España real, que desfondaron a la España oficial. Con ser

importante, y sobre todo sintomático, creo que se ha exagerado mucho el papel decisivo de tos

intelectuales en aquel cambio de Régimen. Cierto que la Monarquía de la primera Restauración perdió al

brillante estamento intelectual que acompañara su nacimiento. Pero los intelectuales al servicio de ¡a

República desertaron también de la República, que también agonizó lejos de la inteligencia andante y

colectiva. Elevemos la mira; ahondemos el planteamiento. La Monarquía de la primera Restauración

quedó herida de muerte por la agresión exterior de 1898; por la agresión interna del terrorismo selectivo

que la privó de tres de sus cuatro políticos con talla de estadistas, es decir Cánovas, Canalejas y Dato; por

la incomunicación política y social de sus clases; por su desconexión económica con Europa, y porque la

comunicación intelectual con esa Europa estuvo a punto, pero no logró, desgraciadamente, convertirse en

comunicación cultural, en el sentido popular del término, el único sentido que alcanza el término visto

desde la España real. ¿No se advierte entonces una estreme-cedora semejanza entre ia agonía de !a

Restauración y la agonía de la segunda República? ¿No habrá que evocar el hecho de que ia Resíauración

nació precisamente como horizonte para superar la agonia de otra República, !a primera, sima de ia

desintegración de iodo un siglo? Sí la historia de la segunda República puede resumirse en una sola

palabra, esa palabra es incomunicación. ES régimen de 1931 gastó sus energías nacientes en derogar al

pasado, más que en construir el futuro. Se enfrentó, inútilmente, absurdamente, con las instituciones

medulares: Iglesia y Fuerzas Armadas. Planteó los problemas desde el encono, jamás desde el consenso.

Los quiso resolver viscera!-mente, no racionalmente. (El Estatuto de Cataluña y la reforma agraria no

cobraron cuerpo hasta la resaca del 10 de agosto.) La Constitución de 1931 fue la de media España contra

la otra media. Cada una de (as dos Españas se alzó en lucha armada, antidemocrática, contra los

resultados electorales que habían dado la victoria al otro bando; no hubo elección alguna en la República

con victoria para todos. Ni los Gobiernos aunaron con el diagnóstico español de la crisis socioeconómica

mundial, ni Europa fue para nosotros apoyo democrático, sino que nos utilizó como válvula da escape y

campo de pruebas para su propia guerra civil. La República nació en el peor momento para la creación de

una democracia, cuando en todo el mundo la democracia cedía al acoso de los totalitarismos de derecha y

de izquierda. ¿Es que no hay activo en e! balance de la República? Naturalmente que si. Ahí está el

legado de una gran ilusión nacional; la seriedad en e! planteamiento de reformas vitales; la evidente

preocupación cultural; los numerosos aciertos parciales en varios terrenos. Pero, por culpa y sin culpa de

todos —esa es la tragedia— el nombre histórico de la República es frustración. Que al menos nos sirva

también como ejemplo y como experiencia.- Ricardo DE LA CIERVA.

 

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