Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
   Puede ser esto; Debe ser esto; Va a ser esto     
 
 ABC.    17/01/1978.  Página: 3-4. Páginas: 2. Párrafos: 8. 

M A R T E S, 17 DE ENERO DE 197 8.

PUEDE SER ESTO, DEBE SER ESTO; VA A SER ESTO

Por Ricardo de la CIERVA

DESDE que José Gómez Figueroa está al timón, la «Hoja del Lunes» se espera, cada alborada semanal,

con el mismo entusiasmo por ia clase política que por la clase deportiva. El mano a mano entre Carlos

Luis Alvarez —la maestría hecha delicia— y Jaime Campmany —la anécdota elevada a categoría— se ha

convertido ya en desayuno de trabajo para iniciar la semana; y cuando encima tercia un profesional como

José Ramón Alonso llegamos a la inmediata conclusión de que la crisis de la Prensa, por lo demás

evidente y gravísima, tiene que ver poco con los grandes periodistas. Por eso me preocupa que tanto

Alvarez como Campmany —aunque éste reserva el juicio llevado de su prudencia murciana— se hayan

apuntando a! general anonadamiento que provocó, unas horas antes, «la gran renuncia» de don Julián

Marías. ¿Cómo podría expresar ahora una actitud discrepante, profundamente discrepante, con el treno y

la filípica constitucional del insigne testigo y académico, sin que ni por un momento esa discrepancia se

interprete como desdén, ni mucho menos como ceguera de partido o desbordamiento de optimismo? Todo

lo contrario; esta meditación de urgencia es, por encima de todo, el reconocimiento de un magisterio; el

subrayado de una relevancia. El pasado fin de semana los grandes grupos parlamentarios se reunían —e\

nuestro lo hizo durante dieciocho horas— con dos textos delante: el anteproyecto de Constitución y el

artículo demoledor de Julián Marías. Que resuena en el centro de nuestra preocupación constitucional

como un eco del: No es esto, entonado por Ortega justo cuando nacía la Constitución republicana. Ahora

vemos con toda claridad que el Ortega de 1931 se sentía traicionado por el Ortega de 1930; el que había

sustituido su ilusión inicial ante Berenguer —la que nadie cita cuando se evoca el proceso— por su

imprecación catoniana contra la Monarquía y por su Agrupación al servicio de una República que,

evidentemente, no era aquélla. ¿Por qué no era aquélla? Resulta muy útil analizarlo; para comprender a

Ortega; para lograr un atisbo coherente de nuestra situación actual, embroliadísima. pero con solución, no

simplemente, cual hace dos años, como salida; y por supuesto para comprender a Julián Marías. Ortega,

que tanto había contribuido a alumbrar la República, rechazaba a fines de 1931 el proyecto constitucional

porque no era un proyecto sugestivo de vida en común. Primero, porque el irüelsctual puro —lo era

Ortega, lo es todavía más su reencarnación senatorial— se desilusiona, por definición, de toda ¡dea

cuando se convierte en realidad; segundo, porque el proyecto republicano ni se había hecho en común ni

se destinaba a presidir una comunidad sino un trágala. La Constitución de 1931, admirablemente pensada,

sectariamente dirigida, magistralmente escrita, frenéticamente discutida a golpe de abstenciones y

portazos, no fue la carta magna de una convivencia perdida desde 1815, sino el plano parcial para un

campo de minas intransitable. Empezaba con una solemne mentira: España es una República de

trabajadores. Se desarrollaba no como una Constitución para, sino como una Constitución contra. No

dibujaba un régimen para los españoles —al que quiso contribuir, en sacrificada expresión de patriotismo

el propio Rey antidemocráticamente despojado, don Alfonso Xlll, sino que una inconcebible estrechez

histórica, más que ceguera política, convirtió aquello en una República para los republicanos. Y ni

siquiera para lodos; porque el centro y la derecha de la República se alinearon contra la República en

1935. Emilio Romero, con amable indulgencia, puso oportunamente en sordina los optimismos de Julián

Marías al comienzo de la transición, transfigurados en entusiasmo a raíz de su merecídisima designación

real para el Senado. Quienes llegábamos al mismo puerto tras las tormentas de una campaña y una

elección popular nos manifestábamos, entonces, menos optimistas; y ahora menos desesperados. Puede

que Julián Marías, al tirar al cesto el anteproyecto de la Ponencia, haya olvidado, momentáneamente, que

la República ya lo hizo con el borrador constitucional de la comisión de expertos; y que el segundo

intento terminó, primero, en papel mojado; para degenerar después en pavesa de guerra civil. Lo que va a

discutirse en el Congreso no es un anteproyecto de Constitución», apostilla, raudo, Carlos Luis Alvarez.

Claro que no. Lo que va a discutirse es el proyecto; lo que hay ahora --el anteproyecto— yace desde el 5

de enero sobre la mesa de operaciones. «Este anteproyecto parece el resultado de una serie de compromi-

sos», dice Julián Marías, y convierte así en acusación lo que constituye la mayor gloria y el mayor logio

del texto presente; que está recosido, remendado, escrito de espaldas a la sintaxis, incompleto, plagado de

escollos; pero que es el primer consenso constitucional en la Historia de España. La actual Constitución in

lieri no es todavía esto; pero puede ser esto, debe ser esto, va a ser esto. Quien ha sido testigo durante

unas primeras dieciocho horas de la competencia, el patriotismo, el sentido de la responsabilidad, la

hondísima preocupación de una veintena de hombres y mujeres —presididos por Pérez Llorca, Lavilla.

Clavero, Herrero de Miñón— en torno a esa mesa de operaciones; quien adivina que algo parecido está

sucediendo en reuniones paralelas de los demás grandes grupos; quien posee, además, por profesión y

ejercicio, cierto sentido de la Historia, siente el duro deber de denunciar el articulo de don Julián Marías

como una comprensible pero innecesaria concesión personal al alarmismo; y como un enfoque puramente

filosófico que descuida los antecedentes y las circunstancias históricas del caso. La Constitución de 1812

se hizo por los liberales contra los serviles; la de 1837, por los progresistas contra los moderados; la de

1845, por los moderados contra los progresistas; la de 1856. otra vez por los progresistas contra los

moderados; la de 1869, poí los revolucionarios contra los reaccionarios: la de 1873, por los federales

contra los centralistas; el proyecto de 1929, por los centralistas contra los federales; la de 1931. por ¡os

republicanos contra los monárquicos; la de 1967, por los franquistas contra tos antifranquistas. He dejado

fuera a la Consiiíución de 1876 porque quiso ser síntesis de las dos Españas aparentes. Cierto que fracasó

al final por la agresión exterior, porque olvidó una tercera España —la España marginada— que entonces

surgía; y porque en el fondo no lúa pactada, sino otorgada e impuesta. Aun asi, duró casi medio siglo.

La Constitución de 1978, cuyo borrador es una verdadera pena —pero es solamente un borrador—, es la

primera Constitución por consenso en la Historia de España. Cuando en medio de su arremetida don

Julián Marías teme que esta Constitución pueda desorientar a España durante uno o dos siglos está

tejiendo, seguramente, su mejof elogio; su mayor esperanza.—R- de ta C.

 

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